Por Ana Pascual, Ángel Gayúbar y Tamara Marbán Gil.
El crecimiento de las generaciones venideras tendría poco que decir si no fuera por el valioso quehacer de quienes las forman. Las condiciones laborales de maestros y maestras en el entorno rural convierte su carrera en una trayectoria llena de obstáculos, aunque confiesen, al pasar los años, que no la cambiarían.

En España, en Aragón, una de las profesiones que más cambios ha experimentado desde la década de los 70 el vaivén de los tiempos ha sido la de la docencia: de los últimos coletazos de 40 años de dictadura franquista hasta la transformación democrática sin ruptura política han pasado muchas cosas, especialmente en los colegios rurales, donde la cercanía de profesores y familias converge, a veces, en una rutina común que camina en una misma dirección: la del aprendizaje. A eso vinimos en Febrero, a traer de vocaciones, esencias, búsquedas, paisajes e historias de vida.

José Luis Capilla eligió este oficio por razones diversas, “aunque con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, estoy seguro de que no existe otra forma más afortunada de ganarse la vida”. Cree que se comparte “un tiempo muy importante en la formación de los niños, una fase crucial en el proyecto de las personas que ya son y serán en el futuro. Cuanto más pequeño es el niño más trascendencia tiene la influencia que recibe”. Capilla ya ha pasado por centros como el Colegio Rural Río Aragón de Ansó, el Colegio Rural Tastavíns de Peñarroya, el Colegio de Educación Especial Jean Piaget y Colegio Agustina de Aragón de Zaragoza y, por último, en el Colegio Rural Cinca Cinqueta de Bielsa desde donde nos cuenta sus experiencias. Durante su carrera, este maestro recuerda “el privilegio de conocer maestros magníficos como los del Jean Piaget, mi compañero de la escuela de Hecho, Francisco Balduque, Víctor Juan y, por supuesto, Alfredo Larraz y Mariano Coronas. Siempre digo que mis acciones acertadas en la escuela son responsabilidad de estas personas al casi 100%”. José Luis especifica: no hay anécdotas sino “meacuerdos” como “mi primer día con niños discapacitados, mi estado de perplejidad y asombro; el trabajo semanal con una niña con apenas movilidad que recibía el movimiento con auténtico entusiasmo; el grupo como tutor;  las despedidas; las cartas que sigo recibiendo de algunos niños a los que di clase en el pasado, la aparición de seis cachorros de perro para gran alegría de los niños y desesperación de la enfermera; los paseos por el bosque de Ansó… Me acuerdo, para acabar, de estar ayer con los niños de Bielsa y de Laspuña en la pista de esquí de fondo de Pineta, con Monte Perdido como testigo, verles, mirar alrededor… y seguir pensando, igual que hace diez años por primera vez, que soy profundamente afortunado”.

A Vicente Lacasta la profesión de maestro ya le fascinaba desde joven cuando acompañaba a pasear por su ciudad a los niños abandonados, una experiencia que hizo que no tuviera dudas a la hora de ir a la Universidad de Burgos para aprender el oficio. Vicente apuesta por que los niños y niñas “trabajen con alegría, disfrutando en su aprendizaje mientras que el maestro ha de ofrecerles actividades para descubrir, pensar, convivir y para aprender a respetarse a sí mismo y al resto de personas”. De su paso por municipios como Sabiñánigo, Barbuñales, Boltaña, Broto, Monzón, Jaca, Senegüé, Canfranc, Villanúa junto con el destino que le ha visto jubilarse, el CRA Alto Ara, Vicente recuerda especialmente nombres de maestros que le han ayudado como Joaquín Villa (con los medios audiovisuales y la radio), José Luis Murillo (con el software libre y sus aplicaciones en la escuela), varias maestras de Educación Infantil (con sus rincones y proyectos), Enrique y su ajedrez, las maestras de Sariñena (con los acuerdos de mediación entre iguales…). Aunque de forma especial recuerda a  Alfredo Larraz, con su generosidad para compartir y la reflexión sobre nuestra práctica docente en el grupo de trabajo que dinamizaba en el CEP de Sabiñánigo y que ha marcado la mayor parte de su trayectoria. La anécdota que recuerda Vicente es de cuando bajó a Zaragoza a vender los productos que habían hecho en la cooperativa escolar de la escuela de Torla y se acercó la tele a entrevistar a los niños: “yo estaba debajo de la mesa buscando unos juguetes de madera para ponerlos a la venta y les preguntan a los niños qué hacían diferente a otras escuelas y un niño les respondió que su maestro, que lleva una boina negra como los abuelos del Pirineo. El niño se dio la vuelta para señalarme pero al estar agachado no me vio y tuve que seguir escondido hasta que la tele se fue”.

Tomás Castillón, maestro grausino jubilado, ha sido un maestro vocacional en el pleno sentido de la palabra. Una persona que ha vivido como pocas, desde la entrega, su profesión docente y que ahora -jubilado desde hace cuatro años- no se ha dejado vencer por la nostalgia y encara nuevos proyectos con la misma ilusión que la que desempeñó durante casi cuatro décadas el bendito trabajo de enseñar a los más jóvenes. Nacido en Graus en 1950, en esta localidad inició su carrera laboral, en ella acabó su periplo docente y aquí vive una jubilación plagada de actividades, proyectos y estudios. “Cuando realmente sientes y vives la profesión con intensidad tiene algo que dan muy pocos oficios: el cariño de los alumnos. El contacto diario con ellos, el poder verles crecer e ir comunicándoles cosas, conocimientos y vivencias no tiene precio. Además, cada día la enseñanza plantea un nuevo reto, la rutina está desterrada. Y puedes comunicar y transmitir ideas y conocimientos, algo que es maravilloso”. Pasó por Graus, Barbastro, Huesca y Blanes (Gerona), aunque básicamente las dos localidades que lo marcaron han sido Blanes, donde estuvo 17 años, y Graus, en cuyo colegio, sumadas las dos estancias, permaneció otro tanto. “Pero si tengo que recordar algo en especial, es Blanes, ya que era un colegio nuevo, piloto, que inauguramos los profesores que de entonces, y lo organizamos con mucha libertad porque pudimos desarrollar planteamientos pedagógicos totalmente novedosos. Organizamos la planificación del centro de tal manera que por las mañanas dábamos asignaturas curriculares y dedicábamos las tardes a la realización de talleres –de cocina, química, electricidad, carpintería, huerto, plástica…- en una experiencia, francamente, extraordinaria, y muy enriquecedora para todos los que participamos en ella”.

Es curioso cómo con escasamente 8 años Jaione Irisarri ya tenía claro qué quería ser: mientras la mayoría de sus compañeros de clase cuando les preguntaban no sabían qué contestar o contestaban mil cosas, ella tenía muy claro que quería ser maestra. “Quizás sea porque mi padre es maestro y mi tía también, pero creo que está muy relacionado con la pasión que me genera ver cómo la gente puede aprender cosas y avanzar, desarrollarse como personas”. Al igual que la figura del padre o la madre son importantes en la infancia, la del maestro también. Asegura que los niños y niñas pasan casi un tercio de su vida en esos años en el colegio, por lo tanto, los referentes de que dispongan allí son muy valiosos. “El maestro es un ejemplo a seguir, un guía, un compañero, un apoyo y alguien que te ayuda a soñar. Sabemos que tener sueños e ilusiones es fundamental para ser feliz, y disponer de un guía en tu vida, que te va mostrando poco a poco los pequeños secretos, es un lujo. A veces no se le da la importancia que debiera… Jaione ha llevado sus pasos por el CRA Alta Ribagorza, el CRA Baja Ribagorza y en el CPEPA Ribagorza, aunque siempre ha desarrollado actividades relacionadas con el mundo de la docencia, desde ser monitora de esquí o natación, entrenadora de baloncesto, profesora de repaso… Y estas zonas se caracterizan por tener muchos centros rurales agrupados (CRA). Eso hace que en una clase puedas tener varios niveles juntos, cosa que dificulta el trabajo con los libros de texto -organizados de una manera lineal, es decir, curso por curso- y a la hora de programar, cuando tienes varios niveles, hay que agrupar temáticas para poder dar clase. Sin embargo, ver cómo los mayores de la clase pueden enseñar a los más pequeños es muy enriquecedor. La enseñanza entre iguales es un pilar que a veces se nos olvida explotar en aulas de un solo nivel. En este tipo de contextos surge de manera natural y espontáneamente”. Y se atreve, serena y rápida, a extender una invitación a los maestros y maestras en situación de interinidad, la de conocer el mundo rural: que lo sepan, “hay vida más allá de las ciudades grandes”.

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