Seis altas en el padrón de Salas Altas. Una joven familia de Murcia se instala en el pueblo

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Dylan, con seis meses, corre de brazo en brazo entre las vecinas de Salas Altas mientras yo y sus padres charlamos con tranquilidad. Cuando Dylan cuente con carné de identidad en el lugar de nacimiento se escribirá Cartagena, pero cuando hable poco quedará del acento murciano. Sus padres y sus tres hermanos ahora parte de la comunidad de vecinos de Salas Altas.

Esta es una historia de amor, de dos amores y dos necesidades que felizmente se han encontrado. Por un lado, el programa Pueblos Vivos del que forma parte el Centro de Desarrollo del Somontano (CEDER) y Salas Altas y que pretende encontrar nuevos moradores para el medio rural y por otro, los sueños, la ilusión de esta joven pareja de buscar un futuro y una infancia mejor para sus hijos. Por su parte, Inma Subías, alcaldesa, no esconde su alegría por aumentar el padrón, la escuela y sobre todo “porque es una pareja encantadora y hay gente que opta por vivir en un pueblo, no sé las razones, pero los jóvenes de aquí se van” y añade “estamos en contacto con dos familias  más y, en principio, en enero una de ellas se instalará”.

La historia de amor entre David Reyes y Nuria García cuenta con un largo recorrido y cuatro niños. Pero su vida en Mazarrón no correspondía a sus sueños y el nacimiento del pequeño Dylan significó el punto de inflexión.

“Yo soy el que está en casa-explica David-y allá nuestro espacio se reducía al parque y al piso. No puedes salir a la naturaleza porque todo está seco, no hay animales, ni verde, ni árboles como aquí… y a mí la naturaleza me tira mucho. En el parque, todo lleno de niños y yo agobiado… que si no veo a David, que si no veo a Aitor… Nuria siempre trabajando en hostelería, hasta el martes, que era el día que libraba, la llamaban a veces. Y yo me preguntaba ¿qué vida es esta?”.

Ellos ya se habían mudado de Cartagena a Mazarrón (de 20.000 habitantes) buscando una vida más tranquila. Pero tampoco ahí la encontraron. Con ese peso en el corazón, David buscó en internet municipios del norte de España que pidieran vecinos y se toparon con el programa “Pueblos vivos”. Enviaron el mismo correo electrónico a tres ayuntamientos, dos en Galicia y a Salas Altas. Inma Subías fue la única en contestarles y en ofrecerles todas las  facilidades que estaban en su mano. En ese proceso de dudas ante una decisión de tal calibre, visitaron un día Salas Altas. Les enseñaron el piso, el municipio, la gente, comieron juntos en el bar “y unos días después ya nos confirmaron que se venían”, explica Subías. “Fue maravilloso, aquí te ayudan”, comentan. Ellos no contaban con familia cercana en Mazarrón. Y yo les pregunto si no echarán de menos esa vida del sur, más dicharachera, el sol, el mar frente a nuestras nieblas y este carácter más adusto del aragonés y me responden “allá todo el mundo es muy divertido cuando está en el bar, pero luego en casa, cada uno a lo suyo. Nuestra breve experiencia aquí resulta muy diferente, muy familiar, la gente se ofrece a quedarse con los niños, te echa una mano y allá eso no ocurría. No olvidaremos la primera noche. Qué tranquilidad sólo se escuchaban los pájaros y olías el humo de las chimeneas. De Salas Altas ya no nos mueven”.

David está cumpliendo un sueño, sufre una enfermedad degenerativa de la vista y desborda ilusión y ganas de hacer cosas con sus hijos en la naturaleza. De ir a la nieve, de jugar al fútbol en el polideportivo de la localidad. A Nuria le costó un poquito más, pero ya ha conseguido trabajo aunque sea a tiempo parcial. Los niños están encantados, ni consolas, ni móvil; balón y calle. Y ellos dos, felices de que sus hijos puedan, al fin, vivir su infancia en la libertad que solo ofrece un pueblo.

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