Por Lola García Casanova
Mª José Chinestra, nacida y criada en Barcelona, se trasladó a Frula hace casi 17 años. Se vino a Los Monegros cuando sus hijas ya eran mayores y en Frula pinta, trabaja y disfruta de sus puestas de sol, del paisaje y de la tranquilidad que le arrebataba su vida en Barcelona. También da clases de pintura a niños en Frula y a mujeres en Robres.

Su marido, usted y sus hijas dejaron Barcelona.

Soy de Barcelona, mi marido de Zaragoza, pero aquella vida, con dos niñas pequeñas nos resultaba un agobio, buscábamos tranquilidad, tiempo y decidimos trasladarnos a Huesca. Conseguí un local para pintar en la plaza López Allué, pero al cabo de un año lo tuve que dejar. Al buscar uno nuevo por casualidad, recalé en Frula en una casa de colonización que resultaba ideal … y optamos por trasladarnos aquí hace casi 17 años.

Aquí me puedo dedicar a mi trabajo de marcos y a mi pasión, la pintura.

¿Le resultó fácil adaptarse a la vida de un pueblo?

Hay que saber vivir en un pueblo porque otras personas necesitan jaleo, gente, ruido… Amigos míos han venido y algunos se acaban aburriendo. Para los niños, sin embargo, es fabuloso gozar de toda esta libertad. Aunque nosotros esa etapa no la vivimos como padres y la disfruto ahora con los nietos.

Sin embargo, una cosa resulta imprescindible para vivir en un pueblo: el coche y si no se tiene, uno siempre cuenta con los vecinos porque, al final, todos formamos una familia. Frula dispone de bastantes servicios y está a 30 minutos de Huesca. Así que me permite, además trabajar.

¿Qué inconvenientes le plantea trabajar desde un pueblo?

En mi caso resulta imprescindible disponer de agencias de transporte cerca. Por ejemplo, en un viaje que realicé por la provincia de Teruel me di cuenta que en muchos de aquellos hermosos pueblos yo no podría vivir porque, con sinceridad, el transporte para dar salida a mi trabajo estaba demasiado lejos. Desde Frula llegas a Huesca en media hora y yo he ido por trabajo a Zaragoza, no hay tanta distancia. Aunque observo que en los pueblos a veces hay comodidad… pero como yo vengo de una gran ciudad, el tema de los kilómetros lo veo diferente.

Pero los jóvenes abandonan el medio rural.

Llega un momento en que deben salir del pueblo, ver otros mundos y enfrentarse a la vida y ¡claro! volver si ese es su deseo.

¿Le gustaría vivir de la pintura?

La pintura es mi pasión y venirme a Los Monegros supuso, de algún modo `liberarme´. En Barcelona mis padres regentaban una tienda de pintura y enmarcaciones muy cerca de la catedral y pintaba muchas veces desde el punto de vista del turista. Ahora hago lo que quiero, lo que me sale porque yo pinto por necesidad… para no ponerme a gritar. Por mis colores mis cuadros no encajan muy bien con la decoración.

Defiendo además que todos podemos pintar. Esta idea básica es la que me gusta transmitir, sobre todo, a mis alumnas, ya adultas, del taller de Robres. El año que viene volveré a exponer en Barcelona y me enfrento a ello con el sentimiento de celebrar que sigo pintando, de encontrarme con amigos, no con la idea de vender.

¿Cómo ve el mundo de la pintura?

Masificado, hay demasiados pintores. Hoy en día resulta bastante fácil exponer. Y no todos los que exponen son buenos, ni son buenos todos los que venden. Pinta desde siempre pero no estudió Bellas Artes. Estudié Clásicas en contra de la opinión de mi padre que hubiera preferido Bellas Artes. Ahora yo también lo hubiera preferido. Pero siempre se me ha dado bien, me he formado y desde que me mudé a Huesca he desarrollado un gran interés por el arteterapia.

Además preside la Asociación de Amas de Casa.

Hace ya seis años. Me gusta porque te libera de tus preocupaciones cotidianas e impulsas actividades para animar la localidad y mantener a los vecinos unidos. Desde las asociaciones se desempeña una gran labor.

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