El cuerpo actúa como un todo

El cuerpo actúa como un todo

La ciencia ha creado la noción de sistema para explicar los procesos globales de la vida altamente complejos, en los cuales todos sus componentes están en equilibrio, ordenados y en constante interacción, de modo que lo que afecta a un simple componente influye de inmediato en todo el conjunto, en su totalidad. En el caso de los seres humanos, se les considera que su organismo funciona como un sistema inteligente en el que todas y cada una de los noventa billones de células que lo componen interactúan entre ellas y colaboran activamente para mantenerlo en un estado óptimo de salud y vitalidad.

El cuerpo humano está constituido por millones de células que actúan del mismo modo que cualquier ser unicelular, con la propiedad de llevar a cabo entre ellas de manera constante interacciones colaborativas de carácter positivo.

Cuando un ser unicelular se encuentra en un medio favorable rico en sustancias nutritivas se abre y esponja para alimentarse, mientras que si se encuentra en un medio desfavorable con sustancias tóxicas o de alto riesgo, huye del lugar o se enquista y paraliza para protegerse.

Los billones de células del organismo humano actúan mediante estos mismos procedimientos de ahí la importancia de escuchar y sentir las reacciones del cuerpo, dado que todos los tejidos y órganos están formados por células.

El cuerpo humano, incluida la mente, actúa como un solo ser, como unidad indivisible que tiene características singulares y únicas que le diferencian de todos los demás, aunque su funcionamiento fisiológico sea muy parecido, similar. De modo que lo que ocurre en un recóndito lugar del cuerpo, una lesión, herida o congestión, afecta a todo el cuerpo aunque el dolor o la inflamación se localice en un punto concreto.

Sin embargo la mente humana, al tener grandes dificultades para captar e interpretar fenómenos globales, por estar más estimulado el hemisferio cerebral izquierdo que el derecho, se empeña de manera insistente en analizar y trocear la realidad pretendiendo de este modo comprenderla mejor, pero al actuar así la realidad, que se presenta ante la conciencia mediante fenómenos altamente complejos y misteriosos, se confunde y desvirtúa.

Conviene mantenerse en sintonía con el propio cuerpo y si se entrena diaria y convenientemente también en armonía, dado que el yo, por muy construído que esté por la cultura y la socialización es habitante perenne del organismo vivo, del cuerpo sintiente y palpitante.

Resulta de alto interés para la supervivencia, pero sobre todo para vivir bien, con calidad, detenerse a observar el propio cuerpo, escucharlo, sentirlo para saber qué conductas y hechos protagonizados le sientan bien y cuáles le sientan mal, qué alimentos le sientan mejor o peor que otros, qué se siente cuando se descansa convenientemente, qué sustancias y líquidos tienen consecuencias positivas para el cuerpo y cuáles las tienen lesivas o cuanto menos molestas, a pesar de que su sabor resulte agradable y su ingestión atractiva, qué ejercicios y prácticas motrices generan bienestar a corto, medio y largo plazo y cuáles producen fatiga, dolores y lesiones, a pesar de que gusten mucho y resulten divertidas.

Estar en contacto sensible con el propio cuerpo es estarlo con todo el ser, sin pensarlo, dejando pasar los pensamientos y quedarse percibiendo todas las señales sensibles que constantemente emite el cuerpo a poco que se le preste atención.

Pero si este contacto diario con el propio cuerpo sintiente resulta necesario para vivir mejor, lo más atractivo de esta experiencia sensible que tan solo requiere algunos segundos al día de atención, es que con su entrenamiento cotidiano resulta una auténtica delicia, un festín sensitivo como pocos en el decurso de la vida humana plenamente consciente.

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