Pedro Borau es el presidente de las Asociación de Nabateros de la Galliguera. En abril, y principios de mayo, han estado celebrando las XVI Jornadas del Río Gállego, junto con la Coordinadora Biscarrués-Mallos de Riglos. Construcción y descenso de nabatas, actividades medioambientales, senderismo, comida popular, o un homenaje al Justicia de Aragón ya fallecido, Emilio Gastón, entre otros actos. Con él repasamos el descenso, y el oficio de nabatero.

Por Alfonso Sanz

¿Qué balance hace del descenso de este año?

El balance es muy bueno. Ha acompañado el tiempo, y el público ha asistido durante todo el recorrido. Creo que hemos superado el récor. El puente de Murillo (desde donde salen) o el de Santolaria (lugar de llegada), estaban llenos de gente. Respecto al caudal, había más que en otras ocasiones, y la velocidad también era mayor. Desde el embalse de la Peña retuvieron algo de agua para poder realizar el descenso.

¿Cómo nació la Asociación de Nabateros de la Galliguera?

En 2002 la creamos un grupo de amigos de los pueblos de la Galliguera. Antes ya íbamos a otros valles, (en Hecho o en el Sobrarbe también hay descensos), y quisimos hacer lo mismo en el Gállego. No había ya gente viva que hubiese sido nabatero, aquí desapareció a principios del Siglo XX, pero gracias a los del Sobrarbe aprendimos a construirlas y a navegar. Queríamos recuperar este oficio y poner en valor nuestra zona. Una forma de reivindicar que no queremos el pantano de Biscarrués, y que queremos vivir aquí, con un río Gállego vivo. Somos Bien de Interés Cultural.

¿Qué era el trabajo de nabatero?

Empezó en la Edad Media, y continuó en los Siglos XV, XVI y XVII, hasta el XX. En ciudades como Huesca y Zaragoza se empezaba a construir mucho, y la mejor madera era la del Pirineo. No existían carreteras como las actuales, y se dieron cuenta que la forma más rápida de transporte era por los ríos. Usaban también carros con caballos. Por aquella época los hombres cortaban y limpiaban los troncos, comenzaba el descenso hasta llegar al Gállego, primero por los afluentes, y por los caminos, con la madera suelta porque no todos los ríos son navegables. Donde está actualmente el embalse de la Peña era el último punto antes de llegar a Murillo. Allí, en su playa, se enganchaban los troncos, creando las nabatas, de diferentes tamaños. Para Huesca capital se descargaban en Lupiñén-Ortilla, en la presa de Argusa. Los que seguían iban hasta Zaragoza, donde se encontraban con los nabateros del río Aragón y de Navarra. Si seguía quedando madera llegaban hasta Tortosa por el Ebro. Tardaban unos diez días en bajar desde el Pirineo, y la vuelta al punto de salida andando les costaba quince.

¿En el descenso de nabatas, qué es lo que se vive sobre ellas?

Es una sensación estupenda, en plena naturaleza. Tiene que haber mucho compañerismo. Una nabata puede pesar 4.000 kilos, o más, y no es tan manejable como una barca. Hay que evitar las ramas, las piedras, girar en las curvas…El remero de delante va mirando al frente, pero el de atrás va a al revés. Para indicar hacia donde hay que girar, ya que para cada uno es diferente la derecha y la izquierda, se dice hacia Santolaria o hacia Erés, según hacia donde es el giro. En cada nabata hay siempre uno que manda, pero todos son importantes y tienen que saber qué hacer en cada momento.

¿Las mujeres también podían ser nabateras antiguamente?

Cuando estaba el oficio en boga era exclusivamente para hombres. Pero nosotros desde que creamos la Asociación estamos abiertos a todo el mundo. No es habitual que haya mujeres nabateras, pero nosotros contamos con varias compañeras, estamos encantados y deseando que vengan más.

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