Noventa y tres días y quince horas

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“¡Una vez más, el escalador de Priego, el español de Mont-de-Marsan, vuelve a poner la carrera patas arriba cuando la serpiente multicolor alcanza los pies del Col d´Aspin!”

El griterío me despertó de una siesta en la que el sol me iba comiendo terreno por los pies. Para entonces habían desaparecido las playas del pacífico, divisadas desde proa, en favor de la definida silueta de nuestros majestuosos picos; siendo aquellos cantos corsarios el espejismo de una noche muy larga.

Se me estaba bien empleado aquel terrible dolor de cabeza que me había ganado a pulso, y que solo encontró alivio cuando la muchacha, cuyo nombre no me atrevía a pronunciar, comenzó a acompañar a capella lo último de Robin Schulz. “¡Ya ha llegado la chica de la capital!” Me dije con cara de bobo. “¡Hola, Ca…!” “¡Como os coja!”Aunque para esto, para recordarme su nombre, ya estaban los sin sustancia de mis hermanos y sus amiguitos.

Porque en resumen este verano, con sus noventa y tres días y quince horas, será eso: la casa de los abuelos, las batallitas de tiempos pasados, el cine a la fresca, el primer amor, las verbenas de los pueblos, los domingueros, las tardes cicloturistas rumbo a las balsas, la carrera del pollo, los libros de piratas y otras muchas cosas más que ustedes podrán contarme a la vuelta de sus vacaciones.

A todos, ¡¡¡¡FELIZ VERANO!!!

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