Casa Fumenal, un proyecto de vida en el Valle de Lierp

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En esta época en la que el mundo rural parece abocado a una inanidad absoluta, cuando no a su completa desaparición, Óscar Garanto y Carmen Castany emprendieron hace unos años el camino contrario al de los cientos de miles de pobladores de la España interior que buscan su futuro en unas grandes ciudades cada vez más masificadas.
Tras pensarlo detenidamente, dejaron atrás una bien encauzada vida laboral y, liándose la manta a la cabeza, decidieron perseguir su sueño y emprender una aventura vital en el pequeño núcleo de Padarniu, a la sombra del imponente Turbón que enseñorea el territorio ribagorzano.
Biólogos ambos, trabajaban en Barcelona con temas relacionados con su especialidad pero buscaban algo más que pensaban encontrar en los espacios abiertos del corazón de la comarca ribagorzana donde planeaban crear una granja-escuela que, de momento, ha terminado siendo un atractivo albergue que se ha convertido en punto de encuentro de todo tipo de personas amantes del medio natural y centro de debate sobre la biodiversidad.
-PREGUNTA. ¿Cómo fue esa decisión de dejarlo todo para embarcarse en una arriesgada aventura en el mundo rural?.
-RESPUESTA. Fue en el año 2003 y no llegábamos a un territorio desconocido porque Óscar descendía de Padarniu, me había contagiado del amor por la tierra de sus antepasados y solíamos venir en vacaciones y períodos festivos. Él –comenta Carmen- estaba enamorado de la zona y consiguió enamorarme a mí de su proyecto de recuperar una casa familiar llena de historia pero que, por distintos problemas de herencias, estaba en ruinas; aunque, en el fondo, lo que realmente nos impulsaba a afrontar este proyecto eran las ganas de vivir en un entorno natural en el que pudieran crecer nuestros hijos.
-P. ¿Y cómo fue el desembarco definitivo en Padarniu?.
-R. Carmen –señala Óscar- fue mucho más valiente que yo a la hora de tomar la decisión; me dijo que nos veníamos aquí sin importar que al final pudieran fracasar nuestras expectativas porque era consciente de que, si no, yo no iba a ser nunca feliz. No obstante, la aventura, el sueño, de instalarnos en el medio rural nos generaba muchas dudas pero llevábamos en la ciudad un ritmo de vida muy intenso y estresante y el hecho de hacer un cambio radical nos apetecía muchísimo, aunque también nos daba mucho miedo. Es cierto que conocíamos el aspecto bucólico del valle en verano, pero también éramos conscientes de que la aclimatación definitiva podía ser muy dura. Aún así, nos gustan los desafíos y pensamos que podíamos probar; nuestros dos hijos mayores eran pequeños y no les suponía entonces un trauma el desarraigo de la ciudad, de Barcelona, algo que favorecía este paso vital. Ya aquí tuvimos al tercero.
-P. ¿Cuál era la situación en que os encontrasteis al llegar a Padarnuiu?
-R. Nos encontramos con una casa hundida, sin luz, sin pista de acceso… Empezamos viviendo en una caravana (eso sí, con calefacción porque si no hubiera sido imposible aguantar el invierno) y luego ya alquilamos un piso en Egea mientras avanzaban las obras de recuperación de la casa que iniciamos justo en el momento en que se había desatado el boom inmobiliario y estaba todo el mundo enloquecido en cuanto a precios y a plazos de aceptación de los trabajos, lo que lo encareció todo hasta límites insospechados y ha lastrado nuestro proyecto original de crear una granja escuela, al que no renunciamos pero que se retrasará más de lo que hubiéramos imaginado.
-P. No ha sido, pues, un camino de rosas.
-R. No; llevar el sueño a la realidad ha sido duro, muy duro por momentos, empezando por la propia rehabilitación de la casa y siguiendo por la adecuación a los ritmos y códigos del mundo rural «que muchas veces frustra las expectativas de quienes vienen a este espacio con unas ideas bucólicas. Pero creemos que hay cosas que se tienen que hacer, que tienes la intuición de que has de afrontarlas y si salen bien, de maravilla, y si no, al menos lo has intentado. Y este proyecto llegó en el momento oportuno; después de muchos esfuerzos habíamos conseguido comprar totalmente la casa y sentirnos ligados históricamente a ella y a lo que suponía nos ayudó a dar este paso que de otra manera no nos hubiéramos planteado.
-P. Y ahora, ¿cómo es vuestra vida en Padarniu?.
-R. Mucha gente llega al mundo rural con una idea idílica. Eso dura los primeros meses, hasta que empiezas a chocar con la realidad. Aunque luego, si te adaptas a los ritmos y no caes en la nostalgia de la vida urbana, te das cuenta de que es mucho mejor de lo que pensabas. Pero, claro, hay un proceso largo, y muchas veces costoso, de aprendizaje y una adaptación constante porque hay un montón de factores en el mundo rural que la vida urbana no tiene en cuenta. Por eso, si no vienes con una mentalidad abierta se hace muy difícil poder continuar con tu proyecto. En nuestro caso concreto, los primeros años estuvimos centrados en la recogida de datos, en hacernos a nuestro nuevo entorno y comprenderlo. En función de ello empezamos a organizar nuestro esquema mental y comenzamos a sentirnos a gusto con la zona. Tuvimos que adaptarnos a los inviernos largos, al frío, a algunos veranos muy secos, aprender a realizar trabajos que no habíamos desempeñado nunca como palear la nieve, manejar la motosierra o hacer leña, descongelar las tuberías para que llegue el agua a los animales…, asuntos todos ellos que desde fuera pueden parecer anécdotas pero que, cuando te das cuenta, son vitales para la vida en estas tierras y que son paralelos en nuestro caso al aprendizaje continuo de las lecciones que nos brinda la naturaleza. Muchas de ellas, por cierto, las hemos tenido que reaprender por la pérdida de conocimientos específicos que conlleva la emigración de estos pueblos.
-P. ¿Tan grave es la despoblación del mundo rural?.
-R. Uno de los mayores problemas que tiene el campo es la maquinización generalizada que implica que la gente no es necesaria en el mundo rural. Aquí mismo, ahora un par de ganaderos están llevando los ganados que no hace tanto daban trabajo a cuarenta familias. Un problema que se ve agravado por la industrialización de la agricultura que, además, conlleva una pérdida radical de la biodiversidad por los monocultivos y por la propia rapidez a la hora de desarrollar las tareas agrícolas que dejan a la fauna sin recursos de ningún tipo. Por eso pensamos que zonas aisladas como ésta del entorno del Turbón son los últimos reductos en los que deberíamos reiniciar una recuperación de la agricultura y ganadería ecológica que, entendemos, son la alternativa de futuro para este territorio.
-P. ¿Ha merecido la pena el paso que distéis en 2003?.
-R. Pensamos que sí, sin duda; sí como calidad de vida, sí como poder vivir plenamente el discurrir de las estaciones y el paisaje, sí como poder disfrutar de la familia y del crecimiento de nuestros tres hijos, Eva, Néstor y David, y sí desde el punto de vista personal y humano.

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