Cuarenta años del robo en Roda de Isábena

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Imagen de la silla de san Ramón antes de ser brutalmente troceada (Foto: Patrimonio de Huesca)

El pasado mes de diciembre se cumplían cuarenta años de uno de los más mediáticos, y tristes, robos vividos en Ribagorza; el del tesoro guardado en el museo catedralicio de Roda de Isábena del que, cuatro décadas después, apenas se ha recuperado una cuarta parte de lo sustraído.
El carismático párroco rotense José María Lemiñana siempre lo recordó como uno de los días más tristes de su vida. Él fue uno de los descubridores del robo del tesoro catedralicio cuando, el 7 de diciembre de 1979, al poco de despuntar el alba y acompañado por su amigo Delfín, comenzaban su jornada laboral y vieron tiradas sobre la escalinata de acceso a la catedral de Roda de Isábena varias de las tallas que entonces se guardaban en el coqueto museo de la antigua catedral de san Vicente, en el antiguo refectorio que abría al claustro.
Inmediatamente se dirigieron hacia la entrada a este recinto, en cuya puerta el gato hidráulico utilizado por los ladrones para reventarla había dejado unas manchas de aceite en el suelo. Y dentro, lo que vieron les heló el corazón y les dejó un permanente poso de amargura que ya no les abandonó; el museo había sido saqueado a conciencia y habían desaparecido sus piezas más valiosas, varias de ellas –como la singular silla de San Ramón- auténticas rarezas que no tenían parangón en el mundo.
Como ahora, en 1979 Roda de Isábena contaba en invierno con escasos residentes que se encerraban en casa al caer la noche. En el silencio nocturno, con el aislamiento de la catedral que corona el conjunto urbano y con las casi nulas medidas de seguridad entonces existentes, el trabajo de la banda de Erik el belga, uno de los más famosos ladrones internacionales de obras de arte sacro, fue hasta sencillo. Según se pudo saber posteriormente, llegaron hasta la plaza que antecede al templo catedralicio en un coche familiar con matrícula falsa y, tras un golpe rápido preparado de antemano, en él embutieron un sustancioso botín de enorme valor artístico e histórico que las crónicas de la época cifraron en “una silla de tijera, en madera esculpida, del siglo IX, llamada de san Ramón; la arquilla de san Valero, dos mitras del siglo XII, dos báculos episcopales del mismo siglo, uno metálico y otro en marfil; un tapiz, una campana del siglo XIV; varios cuadros de los siglos XVI y XVII, varias telas y sudarios de los siglos X y XII de origen visigótico y árabe; varios utensilios de plata góticos; dos casullas del siglo XVI; un libro de coro en pergamino; una cruz de madera tallada del siglo XVII; una imagen de la Virgen del siglo XVIII; una arqueta reclinatorio; dos peines de marfil del siglo XII y una capa encarnada del siglo XVII”.
La descripción, casi notarial, de lo robado esconde el importante valor económico, artístico y, sobre todo, sentimental, de lo arramblado en este golpe que supuso un mazazo para todos los rotenses. Así lo recuerda la guía de la catedral, María Ángeles Alins, entonces una joven estudiante que constató como un espeso manto de tristeza se cernió sobre el pueblo. «Fue tremendo; todos lo sentimos como si nos hubieran robado en casa y durante muchos días, además de una enorme sensación de impotencia e injusticia, teníamos todo una enormes ganas de llorar».
Algo más joven que María Ángeles es Luis Fillat, el hijo de Delfín, que se encontraba estudiando en Monzón y recuerda la sensación de abatimiento «y tremendo disgusto» que había en el pueblo. «Era una absoluta sensación de desamparo porque se pensaba que este tipo de robos, dado nuestro aislamiento, aquí no iban a producirse nunca», comenta Luis reconociendo que a su padre, fallecido recientemente, «el recuerdo del robo le acompañó siempre».
Preguntado sobre el robo, el hotelero Alberto Lamora, que durante varios mandatos fue alcalde del pueblo, puntualiza que, aunque supuso un fortísimo golpe para los vecinos «que todavía no se ha curado del todo», este de Erik el belga «ha sido uno de los robos que ha sufrido la catedral y no el más importante». Señala que el obispado de Lérida ha protagonizado a lo largo de la historia varios de ellos «con un botín aún más sustancioso», el último de los cuales se produjo antes de construir la carretera de acceso al pueblo, en los años cincuenta del pasado siglo. «Cuentan los mayores que, a pesar de la oposición de los vecinos, los enviados del obispo cargaron a lomos de ocho mulas una ingente cantidad de objetos que nunca más volvieron por aquí», comenta Lamora recordando además que «el mosen –José María Lemiñana- siempre decía que el Papa de la época, creo que en el siglo XVIII, excomulgó a un obispo de Lérida por saquear Roda y negarse a devolver lo que se había llevado pese a los dictámenes vaticanos». El ex edil rotense sentencia que pese a estos saqueos, «en Roda todavía se conserva una notable cantidad de obras de arte y objetos sacros, pero no hay nada comparado con lo que debería».
El actual párroco del pueblo, Aurelio Ricou, enseñaba el pasado día 7 la catedral a un grupo de setenta personas y les recordó el triste aniversario y que uno de ellos le comentó que lo sentía «como si hubiera ocurrido el día antes». Y el día de antes del robo, el 6 de diciembre de 1979 había estado visitando el tesoro catedralicio otra persona que volvía hace unas jornadas a Roda y le contaba a mosen Aurelio sus especiales recuerdos de entonces, ya que compartió visita con el mismo Erik el belga que, por lo que se ve, estaba ultimando los detalles del golpe.
«Se ha recuperado muy poco de lo robado; un treinta y cinco por ciento de la silla de San Ramón y varios de los esmaltes de la arqueta de San Valero, como elementos más importantes, y la polémica ha acompañado injustamente la vuelta de algunas de esas piezas como ocurrió con la talla románica de San Juan que regresó a la catedral después de su restauración, pero tras muchas demoras y demandas de nuestra parte», explica el párroco quien recalca que esa renuencia aún existe con el tapiz de San Ramón, expuesto ahora en Huesca «y no en el lugar para el que fue creado y en el que debería estar».
Mosen Aurelio ha dedicado buena parte de su ejercicio pastoral a los pueblos de Ribagorza y, aunque en 1979 no estaba en Roda, conoció entonces muy bien la «enorme tristeza» que embargó a todos los ribagorzanos por un robo que cuarenta años después se sigue sintiendo como algo muy doloroso entre los rotenses.

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