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Asociación Ejercicio y Bienestar

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La inmensa mayoría de españoles adultos varones con una edad superior a los cincuenta años han sido formados como personas fuertes y seguras, como soldados aguerridos y competidores belicosos. Los preparaban para asumir la responsabilidad de ser el cabeza de familia, el líder y defensor del clan.

Todos los españoles que nacieron y crecieron durante el franquismo tenían que convertirse en hombres hechos y derechos. No se podía llorar, eso lo hacían las niñas, ni tampoco mostrar excesivo cariño por los demás, fueran estos familiares o amigos. Había que guardar una cierta distancia emocional y afectiva en las relaciones sociales.

Las expresiones más genuinas de la ternura se reservaba a las mujeres, aunque siempre estrictamente limitadas a la intimidad familiar. Sin embargo, la ciencia ha mostrado de manera contundente que la afectividad y sus expresiones más comunes (besos, abrazos, caricias…), forman parte del rasgo más sólido de la condición humana, constituyendo la materia prima básica para desarrollar una personalidad armónica, equilibrada y feliz.

 

 

Sentir amor supone una realidad cotidiana necesaria para sobrevivir desde el nacimiento, cuando la delicada ternura de la madre protege al recién nacido del choque tan brutal que supone el acceso a un mundo en el que el nuevo ser tiene que aprender a vivir de manera autónoma.

Nacer a la vida representa un brusco cambio ambiental, que algunos autores han denominado como el trauma del nacimiento. Pero con la protección de los brazos maternos, el toque delicado de sus dedos, el dulce arrullo de su voz o la serena contemplación de su mirada el recién nacido, gracias a la protección de la ternura materna, va adaptándose a la vida extrauterina.

De este modo, la ternura se presenta en la vida como la expresión más serena, bella y firme del amor, mostrándose como la protección incondicional por excelencia, puesto que es a través del cuidado y el afecto que se hace presente para comunicar al otro su confianza plena.

La ternura brilla con luz propia pues sus destellos muestran lo mejor del ser humano, sea la fuerza incondicional del amor, la generosidad como bien supremo o la dicha de compartir la vida con otros seres.

La calidad de una relación afectiva se expresa del modo más claro y contundente a través de la ternura, que requiere una buena autoestima y confianza en la vida para poderse expresar con libertad. Lejos de suponer un signo de debilidad, la ternura es indicador de la fortaleza interior y el coraje vital necesarios para lograr la dicha plena.

Cuando las personas se convierten en autónomas es el momento de consolidar el cuidado personal, pero para que fructifique y se haga fuerte requiere mucha ternura.

Dirigida hacía la misma persona que la genera, supone un excelente entrenamiento para reforzar la confianza personal, para que fluya con facilidad hacia otras personas y hacia toda la comunidad de la vida, naturaleza incluida.

Practicarla diariamente facilita alcanzar una vida plena de dicha y satisfacción, tan necesarios en estos momentos de encrucijada de la civilización humana que se encuentra sometida a múltiples cambios y tensiones, lo que requiere como nunca antes en la historia que se ejercite la ternura para cuidar de sí, de las otras personas y del planeta.

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La primavera supone el despertar de la vida. La energía que se ha acumulado durante el invierno en la parte interior de animales y plantas (médula ósea, raíces) tiende, por la acción del calor y la luz, a emerger hacia el exterior. Es la época de la regeneración natural, de la renovación celular, es por esto que la medicina china relaciona la primavera con la madera ya que en esta estación se produce una frondosa explosión de vegetación, lo que implica un rápido crecimiento de tallos y ramas, acumulándose una gran cantidad de energía vital en la madera.

La intensidad de la luz y el color verde tiñen esta época del año de fragancias y perfumes por doquier. Es la época dorada de los sentidos, de ahí que se considere la mejor estación para depurar el hígado, lo cual se puede lograr con una dieta natural a base de frutas ácidas típicas de este tiempo: fresas y cerezas. La naturaleza pone al alcance los mejores remedios para mantener y reponer la salud. Un día entero ingiriendo exclusivamente la cantidad deseada de estas frutas puede ser suficiente para notar una gran mejoría en el funcionamiento  de este órgano tan vital.

Excitados por la luz y por el verde de la clorofila los ojos son la parte sensible por excelencia en esta etapa del año. La vesícula biliar y el hígado también son muy sensibles y receptivos a los aromas y el color de la clorofila, de ahí la vinculación de los ojos con el órgano hepático. El mayor calor y dinamismo general predispone a una ejercitación más asidua (caminar, correr, viajar…), al activarse más se necesita estirar más y mejor, hasta sentados. La ejercitación diaria es necesaria, pero también hay que saber que a más ejercicio se produce mayor acortamiento y compresión, por esto se necesita descomprimirse y estirarse todos los días, especialmente en esta época del año.

La activación y dominancia de la pareja de meridianos de hígado y vesícula biliar, aconseja estirar los costados del cuerpo alargándolos desde las caderas hasta las yemas de los dedos de cada lado. A la vez que se estira un costado para descomprimirlo se pueden presionar o drenar lo órganos localizados en el otro lado, en especial el hígado, muy activo durante esta época del año.

Alargar y estirar el costado izquierdo puede suponer una excelente oportunidad para drenar el hígado mediante una suave presión sobre el costado derecho. Este proceso se puede llevar a cabo desde la postura bípeda, desde la postura sentada en una silla y también sobre el suelo. Cada persona tiene que explorar en sí misma el mejor y más eficaz modo de estirarse desde el lado izquierdo, para a su vez, drenar el órgano hepático encargado de filtrar y depurar la sangre del organismo.

Para llevar a cabo este necesario drenaje hepático tan solo hay que tener en cuenta algunas sencillas precauciones. Realizarlo siempre desde una postura estable y equilibrada, para lo cual puede apoyarse la mano y el antebrado derecho sobre una pared, sobre el suelo o sobre el muslo mientras el brazo izquierdo se estira hacia el cielo por encima de la cabeza mientras el tronco se inclina presionando suavemente el costado derecho.

También puede realizarse un drenaje hepático específico cuando se perciba algún tipo de molestia o se esté haciendo una dieta depurativa. Para ello se adopta la postura de decúbito prono (boca abajo) sobre un suelo protegido por una alfombra o una manta, se coloca una pelota de goma espuma o una toalla bien plegada debajo del hígado, en el espacio comprendido entre el ombligo, la cresta iliaca y las costillas flotantes del costado derecho, se apoya la mejilla derecha sobre el suelo y se flexionan las piernas sobre los glúteos para aumentar la presión. Mantenerse en esta postura durante cuatro o cinco minutos practicando la respiración diafragmática abdominal puede ser suficiente, aunque no está contraindicado permanecer más tiempo, el que necesite cada persona para mejorar y recuperar un excelente estado de vitalidad.

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¿Cuántas veces al día se sienta y se levanta de una silla una persona? ¿Cuántas veces lo hace prestándose atención plena y sintiendo con claridad los efectos producidos por esta acción motriz tan cotidiana?

En casa, en el coche, en el colegio, en el trabajo o en cualquier otro lugar y circunstancia que afecte a cualquier persona, son muchas las horas en que se permanece sentado, pero siempre precediendo a la adquisición de esa postura se ha producido la acción de sentarse y con posterioridad la de levantarse.

Sentarse en una silla, pero también en un taburete que tiene la ventaja de carecer de respaldo, para permanecer en la postura sentada unos segundos o minutos y levantarse, son acciones motrices que por cotidianas se realizan de manera mecánica e inconsciente, de modo que son millones las personas que desperdician momentos en los que, de estar atentos, podrían obtenerse grandes beneficios para mejorar la calidad de vida.

Por esto es de gran interés propiciar entre toda la población otros modos de practicar la postura sentada a diario, y a su vez, entrenar de manera consciente la acción motriz de sentarse y levantarse para explorarse motrizmente optimizando constantemente estas conductas motrices.

Para sentarse es preferible hacerlo siempre sobre una silla o un taburete cuyo asiento sea duro o suficientemente rígido, tratando de evitar los asientos blandos y mullidos para que el perineo, el suelo pélvico, se mantenga siempre con tono, de manera que la persona al entrar en contacto con el asiento perciba con claridad sus isquiones, la base sobre la que se asienta la pelvis.

Además, siempre conviene que los isquiones se asienten unos centímetros más altos que las rodillas para respetar la inclinación natural de la pelvis. Para lograr este efecto la persona puede utilizar variados objetos, dependiendo de cada circunstancia, para adaptar el asiento a sus necesidades (un libro, una toalla plegada, un corcho, una esterilla enrollada, un cojín duro…)

Al sentarse conviene tantear previamente el asiento con las manos para que éstas indiquen el mejor modo de acercarse. Las piernas se sientan en primer lugar flexionándose, a continuación se aposentan los isquiones, se alarga el espinazo y finalmente se acomoda la cabeza.

Con los pies paralelos a la distancia del propio pie, las plantas enraizadas en el suelo, las piernas también paralelas y flexionadas en ángulo recto y la pelvis pegada por los isquiones al asiento, la persona puede comenzar a respirar consciente y profundamente alargando su espinazo con cada exhalación estirándolo desde la coronilla o fontanela.

Para ajustarse de manera exploratoria y personal, dado que cada persona es un caso único, cada cual tiene que llevar a cabo un proceso de ajuste de la postura cada vez que se siente. Relajando la cara, el cuello y los hombros, sintiendo el contacto cada vez más estable y seguro de los isquiones sobre el asiento, experimentando armonía y equilibrio en todos los puntos del cuerpo. Para lograrlo y darse cuenta de lo que proporciona el ajuste de la postura sentada, es necesario permanecer alejado del respaldo, por esto es siempre preferible un taburete que el más confortable, aparentemente, sillón o sofá del mundo.

Para levantarse hay que deshacer el equilibrio estático de los pies, acercado uno de ellos a la silla y facilitar así el necesario impulso inicial de las piernas. Las manos se acercan hasta tocar el borde anterior del asiento facilitando así la orientación hacia arriba del tronco y la cabeza, la primera que sube y auténtica guía de todo el proceso, siempre en dirección al cielo para crecer desde la coronilla hacia la luz.

Conviene tener presente en cada entrenamiento, que para sentarse y levantarse de un modo sostenible, es necesario relajar la cara, el cuello y los hombros, dado que son los pasajeros invitados de preferencia cada vez que esta acción motriz se lleva a cabo en la vida cotidiana.

 

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Permanecer de pie implica estar en equilibrio permanente, de  manera que, aunque no se sea consciente, el cuerpo lleva a cabo procesos de reajuste constantes para mantenerlo. Si se desea vivir en equilibrio hace falta entrenar para sentir en cualquier situación de la vida cotidiana el tono muscular, especialmente en la cadenas musculares implicadas en el caso de la bipedestación, como son las que pasan por la pelvis y las piernas.

El tono muscular es el estado de contractibilidad ideal que tiene la musculatura para entrar en acción en cualquier momento, sin llegar a un estado excesivo de tensión, ya que la hipertensión puede resultar generadora de dolencias y enfermedades. El tono muscular adecuado para mantenerse de pie en equilibrio, es aquel que permite caminar o incluso correr de manera inmediata, es decir, mantenerse preparado para actuar en cualquier momento y circunstancia de la vida cotidiana.

No se trata de permanecer en tensión, lo que significaría un estado de hipertensión perjudicial, sino el hecho fisiológico consistente en llenar la musculatura de sangre, lo que permite un estado óptimo para actuar sin ningún síndrome de adaptación que lo impida. Es como un estado de alerta muscular tranquilo.

Para adquirir el tono justo para permanecer de pie es suficiente con prestarse atención percibiendo el tono habitual que mantienen las piernas para adoptar la postura bípeda en equilibrio. Los dos pies  paralelos apoyados de manera estable sintiendo la fuerza que hace el tendón de Aquiles, las piernas ligeramente flexionadas, la pelvis basculada en retroversión con tono en los glúteos y el recto anterior del abdomen, estirando la cabeza desde la fontanela o coronilla, a la vez que se sube el esternón y la primera costilla para estirar la parte posterior del cuello.

Con adoptar la postura bípeda de manera estática y consciente durante unos segundos es suficiente para adquirir tono, y lo más importante, para darse cuenta de que se tensa alguna parte más de lo necesario, por lo que conviene destensar y soltar esa zona hipertensa, sea la cara, el cuello o los hombros.

Cada persona tiene que llevar a cabo un proceso diario y personal de exploración motriz para sentirse ajustado en la postura bípeda con armonía, equilibrio y tono. De modo que a lo largo del día se presentan docenas de situaciones cotidianas en las que cada persona puede ensayar y entrenar el tono óptimo que requiere su cuerpo para mantener la postura bípeda ajustada.

Puede ser al caminar hacia la parada del autobús, en espera de que el semáforo se ponga verde, en una cola del cajero automático, limpiando la verdura en la cocina o simplemente cuando sale a pasear solo o en compañía, reservando siempre algunos segundos o minutos para entrenar, explorar y sentir el mejor modo de percibir el tono justo para estar de pie cada día un poquito más a gusto.

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Sabemos que el tono muscular justo, el que necesita una persona para cada una de las diferentes situaciones, es necesario para ejercitarse con seguridad, reduciendo en gran medida los riesgos de accidentes y lesiones.

Desde un suelo convenientemente protegido (alfombra, colchoneta, manta…) se pueden llevar a cabo infinidad de ejercitaciones con la finalidad de adquirir tono muscular, con la gran ventaja de que al permanecer tumbado en el suelo sin la presión gravitatoria, el esfuerzo es mucho menor y los resultados que se obtienen mucho mejores. Muchas personas están interesadas en tonificar la cuerda anterior (recto anterior del abdomen y pectorales) por la progresiva flaccidez que se adquiere con el paso de los años sin llevar a cabo de manera cotidiana el tan necesario ejercicio físico.

Es importante subrayar una vez más, que el ejercicio que surte los efectos esperados es aquél que se realiza de forma moderada, pero todos los días o al menos cuatro o cinco días por semana. Es la constancia sistemática en la realización de una o varias prácticas motrices, la que logra activar al organismo para que se vaya adaptando al esfuerzo, lo que realiza adquiriendo el tono muscular justo y necesario para mejorar la calidad de la vida.

Tan solo el hecho de bajar al suelo muy lentamente plegando la espalda vértebra a vértebra cada vez que se exhala, descargando tensión de la cabeza, sintiendo su peso, también el de la cara, del cuello, hombros, brazos y antebrazos para adoptar la postura cuadrúpeda, realizar algunos estiramientos y volver a adquirir la postura bípeda muy lentamente, es suficiente para mantenerse con el tono justo cada día. Hacer esto a cualquier edad, pero hacerlo cada día a partir de los cincuenta años representa un seguro de buena vida.

Pero si además una persona desea tonificarse porque a continuación va a salir a caminar o a correr, o porque simplemente necesita sentirse vital y con ganas de hacer cosas, lo puede hacer tumbado en el suelo, adoptando la postura de restauración (decúbito supino o boca arriba, con las piernas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas en el suelo) para desde esta posición comenzar a tonificarse.

Es una tarea motriz muy sencilla y amena de llevar a cabo, pero el practicante tiene que ser muy prudente y no llegar nunca al agotamiento, forzando más allá de sus límites. Este sobre esfuerzo acarrea a menudo accidentes y lesiones que perturban la calidad de la vida.

De modo que se puede empezar por tonificar una pierna, estirándola y elevándola del suelo apenas un par de centímetros. Se mantiene así durante unos segundos tratando de percibir el peso de esa pierna y las tensiones que provoca en los ligamentos y tendones de la musculatura que está actuando. Tan solo sentir cómo la pierna va adquiriendo tono progresivamente es más que suficiente. El practicante puede descansar siempre que lo necesite, no dudando jamás en hacerlo, pues forzar nunca tiene buenas consecuencias.

Se puede tonificar después la otra pierna, las dos a la vez, desplazándolas, bajándolas y subiéndolas, en una infinidad de posibilidades que están al alcance de cualquiera. Siempre es preferible no repetir los mismos ejercicios sino adaptarse a las necesidades que tiene el cuerpo en un momento dado, teniendo en cuenta que no hay dos días iguales. ¿Si cambiamos de menú diariamente porque no variar los ejercicios para estimular y enriquecer mucho mejor la adaptación del cuerpo al esfuerzo?

A continuación se puede hacer lo mismo con los brazos, posteriormente con los brazos y las piernas a la vez. A medida que va subiendo el tono muscular se puede dar protagonismo al cuello y la cabeza para finalmente incorporar también al tronco. Cuidado cuando se llega a esta situación, con brazos, piernas, cabeza y tronco elevados al unísono, pues representa mucho esfuerzo y con tan solo mantenerla unos segundos es suficiente. Se descansa y se vuelve a reemprender el intento.

Cada persona puede crear su propio catálogo de ejercicios, haciéndolo de modo práctico, en plena tarea, permitiendo que el cuerpo se exprese y se explore, pero esto sí, sin forzar la situación y tomando los descansos que sean necesarios. En diez o quince minutos cualquier persona puede estar ya convenientemente tonificada para disfrutar de su vitalidad en el decurso de la vida cotidiana. Es lo que todos deseamos, pero para lograrlo hay que entrenarse cada día un ratito.

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La práctica de ejercicio físico es necesario para poder gozar de una buena vida, pero antes de llevar a cabo cualquier ejercitación física, aunque sea moderada, como andar, correr, ir en bicicleta o nadar, es preciso preparar de manera conveniente al organismo para que se adapte lo mejor posible al esfuerzo que se va a realizar.

Para la vida cotidiana es necesario un tono muscular justo que se adquiere mediante un ejercicio físico moderado, mientras que cuando la tonificación es excesiva se produce hipertrofia muscular y ésta a su vez ejerce una compresión de las articulaciones añadida a la ya ejercida cada día por la fuerza de la gravedad, lo que no resulta nada aconsejable para la buena calidad de la vida.

En términos generales puede decirse que, para una ejercitación moderada, se necesita previamente abrir las articulaciones y tonificar la musculatura para prepararse de manera adecuada. Esta preparación previa siempre está en función del esfuerzo y la exigencia que viene a continuación, dado que se trata de una preparación para mejorar la capacidad de adaptación.

El proceso de preparación previo al ejercicio se conoce popularmente como calentamiento, es decir, producir un aporte de calor a la musculatura implicada tratando que las fibras musculares se llenen de sangre, pero en estricto sentido este proceso preparatorio resulta bastante más complejo.

Uno de los aspectos a tener en cuenta en todo calentamiento es adquirir tono muscular, necesario incluso para realizar ejercitaciones tan aparentemente tranquilas como la práctica del baile, caminar, tai-chi o yoga, además de abrir e hidratar las articulaciones.

Para tonificarse de una manera completa no son necesarios más que cinco minutos y en las estaciones de transición, como la primavera y el otoño, conviene hacerlo todos los días, aunque no se vaya a hacer ejercicio alguno, dado que con la tonificación general se prepara al organismo para adaptarse mucho mejor a los frecuentes e imprevistos cambios de temperatura. La tonificación de todo el cuerpo puede realizarse de pie o sentado, aunque si se va a realizar a continuación algún tipo de ejercitación conviene hacerlo de pie.

Para realizarlo se abren las piernas y con ambas manos se empiezan a dar golpecitos con las palmas por la cara interna del pie derecho, pierna, muslo, ingle, costado, pecho, hombro, brazo, antebrazo, mano, cuello, cara y cabeza y a continuación se baja desde la cabeza hasta el pie por el mismo costado, pero por la parte externa y posterior. Una vez se ha tonificado el lado derecho se aconseja cerrar los ojos y permanecer unos segundos sintiendo esa mitad del cuerpo comparándola con la otra mitad, atendiendo a las diferentes sensaciones percibidas. A continuación se hace lo mismo con el lado izquierdo.

Esta breve y sencilla tonificación es aconsejable hacerla siempre que se vaya a realizar cualquier ejercicio, por moderado que resulte, dado que cuanto mejor se entrene y prepare una persona para realizar cualquier ejercicio físico muchos menos riesgos de accidente o lesión se tienen, pero sobre todo porque se puede disfrutar mucho más del ejercicio, dado que la preparación supone unos minutos preliminares para que cuerpo y mente se adapten y estén en condiciones de disfrutar mucho más de las sensaciones que se desencadenan a continuación.

No se trata de un trabajo arduo y difícil, sino de un entrenamiento que consiste en una preparación previa de unos pocos minutos para gozar mucho más a posteriori de las propias sensaciones del cuerpo en plena forma, presto y dispuesto a ejercitarse con vitalidad.

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La pelvis constituye el caldero o recipiente en donde se alojan las vísceras, constituyendo además el centro energético del cuerpo humano. La pelvis es el centro de la vitalidad, el lugar en donde se gesta la vida, no en vano se ubica allí el aparato digestivo, el aparato reproductivo sexual y el músculo respiratorio por excelencia, el diafragma.

Los tres motores de la vida están ubicados en este centro: el soplo de la vida (oxígeno), el combustible de la vida (nutrientes) y la perpetuidad de la vida (sexualidad); por esto en el ámbito de la cultura física la atención y cuidado de la pelvis ha constituido una necesidad básica desde tiempo inmemorial, actitud imprescindible para lograr una vida de bienestar y confort, especialmente en la sociedad moderna en la que el sedentarismo se ha convertido en un comportamiento mayoritario por el desarrollo de la tecnología y el sector económico de los servicios.

Es necesario que las personas experimenten en su propio cuerpo la importancia y función de la pelvis como centro de su cuerpo y de su vida, por esto conviene entrenarse desde bien joven a sentirla, a amarla y a cuidarla. Un modo confortable y seguro de entrenar y explorar la pelvis es bajar al suelo, y desde allí, adoptar diferentes posturas para realizar las acciones motrices que mayor bienestar generen.

Se sugiere iniciar este proceso desde la postura base de restauración, tendido en decúbito supino (boca arriba) con las piernas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas en el suelo. Desde esta postura se puede rotar la pelvis hacia uno y otro lado, elevarla, balancearla, bascularla y cualquier otra acción, siempre con atención plena y lentitud para tratar de sentir y gozar de cada sensación.

Otra postura muy generosa con la pelvis es la cuadrúpeda, apoyando manos o antebrazos, rodillas y pies sobre el suelo. Desde esta postura conviene permitir que sea el propio cuerpo quien se exprese con total libertad sin condicionamiento previo alguno, tal y como hacen los bebés y los cachorros de la mayoría de mamíferos.

Finalmente, se puede adoptar la postura sentada sobre el suelo, para experimentar desde ella un sin fin de acciones motrices que permiten a cada protagonista darse cuenta y redescubrir puntos de su anatomía que tenía olvidados y que le pueden proporcionar sensaciones de bienestar profundo.

Estas exploraciones de la pelvis permiten al protagonista activar y tonificar multitud de inserciones tendinosas de músculos y cadenas musculares que allí fijan sus puntos de anclaje, procedentes de las piernas, la espalda y el abdomen, por lo que su estimulación también implica la fijación de calcio en la pelvis, proceso fisiológico necesario para disfrutar de una vida plena de bienestar y gozo, evitando de este modo accidentes y lesiones que merman la calidad de la vida, especialmente durante la ancianidad. Conviene tener a la pelvis bien entrenada siempre, pero muy especialmente a partir de los cincuenta años, para lograrlo nada mejor que bajar cada día al suelo un ratito. Así de sencillo.

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El descanso sacro lumbar es necesario para lograr una vida confortable presidida por el buen vivir. Es la zona más sobrecargada de todo el organismo, incluso para las personas sedentarias. De modo que, incluso para descansar, conviene darle a esa parte del cuerpo una atención especial. El sacro o hueso sagrado es el que soporta mayor carga de presión de todo el cuerpo, a su vez, toda su superficie está recubierta por  fijaciones tendinosas de varias cadenas musculares que allí asientan sus raíces y sujeciones. Es pues una zona surcada por múltiples tensiones en todas direcciones.

El modo más sano, seguro y sencillo de descansar y recuperar esa zona, practicando cada día una especie de higiene cotidiana, consiste en bajar al suelo y adoptar allí algunas de las posturas que ya se han descrito en esta sección: postura de restauración (tendido supino con las piernas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas en el suelo), postura de triple restauración (la misma que la anterior pero con una cuña debajo del sacro y elevación vertical de piernas), postura de descanso (la misma que las anteriores pero con los pies y piernas apoyados sobre una silla, sillón o sofá) y postura invertida entre el suelo y la pared (tendido supino con las piernas pegadas a la pared).

Cada persona tiene que ir explorando todos los días estas y otras posturas parecidas para ir descubriendo de qué manera descansa mejor esa zona, dependiendo de unos días u otros, de qué modo disminuye sus molestias y nudos o cómo es capaz de restaurarse mejor e incorporarse unos minutos más tarde con mucho mejor semblante y vitalidad.

Resulta indispensable para cualquier persona que se detenga a leer este artículo, probar y probarse, experimentar de modo práctico lo que aquí se sugiere para que después pueda sacar sus conclusiones y decidir si vale o no la pena esforzarse un poquito, sobre todo las primeras veces, a cambio de alcanzar estados de bienestar prolongados. Es simplemente una cuestión de entrenamiento. No es una píldora o un jarabe mágico, a los que frecuentemente se recurre para sanar una dolencia, sino un quehacer cotidiano que depende exclusivamente de la decisión y voluntad de cada cual.

La vida suele ser justa con sus compensaciones. Si se le da aquello que la beneficia, con toda seguridad, los resultados serán generadores de estados de bienestar, si por el contrario los comportamientos habituales provocan mayor cansancio y tensión, aunque estén disfrazados de confort y placer efímero, los resultados suelen ser muy dolorosos.

En resumen, primero bajar al suelo para contactar suavemente el sacro y dejarlo que descanse. A continuación, explorar la zona con atención y lentitud, desplazando la pelvis a uno y otro lado, balanceándola en anteversión y retroversión, rotando a uno y otro lado, elevando la pelvis y dejándola caer con suma lentitud vértebra a vértebra, hasta que cada persona encuentre el mejor modo de descansar, abrir y estirar la zona. Cada cual es el mejor maestro para guiar el proceso, tan solo es cuestión de decidirse y probarlo.

Por favor, pruebe a descansar y estirar su zona sacro lumbar cada día durante unos breves minutos. Muy pronto gozará de remedios eficaces para vivir mejor cada día, y de elaboración propia, de su propia cosecha.

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Resulta necesario entrenarse cada día para alargar la espalda, tanto el espinazo como las dos cadenas posteriores, logrando así descomprimirse, evitando de este modo convertirse con el transcurrir del tiempo en una especie de caracol humano.

Tan solo por el hecho de vivir bajo la presión de la gravedad todos los días perdemos talla, aunque buena parte de esa pérdida se recupera al permanecer de seis a ocho horas al día durmiendo en posición horizontal. Pero la recuperación de talla no es total, siempre existen unas micras que ya no regresan a la vida, a menos que se compensen estas pérdidas con entrenamiento específico para restaurarse y recrecerse.

En la medida que se pasan muchas horas al día de pie o sentado, la comprensión gravitatoria aumenta. Si además, la persona camina una o dos horas al día, aún se comprime más, y si practica habitualmente alguna modalidad deportiva, mucho más. De manera que mientras nos ejercitamos para estar en forma, si no acompañamos esta tarea motriz, excelente para el sistema cardio respiratorio, con un entrenamiento específico para restaurarse, no tan solo los estiramientos de rigor, la persona se irá comprimiendo inexorablemente acumulando por ello graves perjuicios para sus articulaciones.

Uno de los ejercicios recomendados para lograr la necesaria y diaria restauración, consiste en alargar la espalda entre el suelo y la pared. Para ello se sugiere bajar al suelo plegando la espalda muy lentamente, vértebra a vértebra. Un vez en el suelo, se adopta la postura cuadrúpeda, lo que se aprovecha para explorar infinitos modos de liberarse de los nudos musculares, abrir las articulaciones y estirar las diferentes cadenas musculares.

Desde esta postura, una vez el suelo está acondicionado con una colchoneta o una manta, se acercan las nalgas a la pared, se flexionan las piernas y los brazos para disponer el tronco sobre un costado y desde allí se hace una rotación del tronco elevando a la vez las piernas para apoyarlas en la pared.

Dispuesto con la espalda en el suelo y las piernas pegadas a la pared, procurando poner una cuña debajo de la cabeza, tan solo centrando la atención en la respiración lumbar (riñones) unas veces y la dorsal (escápulas) otras, es más que suficiente para lograr una excelente restauración en cinco o diez minutos. Pero una vez se ha adoptado esta posición, restauradora en sí misma, la persona puede desplazar los brazos o las piernas para ir explorando sus efectos benefactores en la espalda.

Lo importante es que cada persona vaya explorando y experimentando qué acciones le producen mejores beneficios a sus características y compensan mejor los efectos perversos del exceso de ejercicio o la exposición incontrolada a la fuerza ejercida por la presión gravitatoria. Lo ideal es que cada persona tome las riendas de su vida y se explore a sí misma para ir elaborando poco a poco el mejor entrenamiento posible para restaurarse y crecer cada día, sintiéndose mejor con el paso del tiempo, y no peor, como suele ser habitual lamentablemente.

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La naturaleza lo tiene todo previsto en su lento evolucionar a lo largo de millones de años. Se puede observar a los mamíferos que conviven de manera más próxima con los humanos, como gatos, perros e incluso caballos, que con relativa frecuencia se rascan la espalda con la ayuda del suelo. Es un modo muy sencillo de eliminar picores y a su vez una excelente terapia para acabar con los dolores de espalda. Todo el mundo sabe hacerlo pues todas las personas cuando eran bebés lo hacían de manera espontánea e instintiva. Ahora de adultos ya no se acuerdan, pero si saben hacerlo.

Es tan sencillo como desplegar en el suelo una manta o una colchoneta fina y bajar lentamente para una vez allí adoptar la postura base de restauración, en decúbito prono (boca arriba) con las piernas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas en el suelo. Desde esta postura se elevan las manos, antebrazos y brazos   desplazándolos lentamente para ir explorando la parte alta de la espalda, zona dorsal, que suele estar comprimida y sobrecargada de tensión, gracias al contacto del suelo y a la presión ejercida por el propio peso de los brazos y la gravedad.

Puede explorarse también la zona baja de la espalda (lumbar) elevando una pierna, desplazándola por el aire, flexionándola sobre el abdomen o las dos a la vez, de modo que sea cada persona la que en función de las sensaciones que perciba pueda realizar unas u otras acciones. Puede explorarse la cadena muscular de un lado, elevando y desplazando brazo y pierna del mismo lado, así como hacerlo explorando ambas cadenas a la vez, elevando los brazos y las piernas de un modo libre y lento, buscando en todo momento aliviar los dolores y picores de la espalda.

Cada persona tiene que dejarse orientar por sus propias sensaciones, no teniendo ninguna prisa, sino todo lo contrario, obrando con suma lentitud. Además, tiene que tomarse todo el tiempo del mundo para ir evolucionando poco a poco, sabiendo que mientras hay vida, cualquiera que sea la edad, siempre hay margen para la mejora, para la evolución positiva. Incluso cuando se manejen con soltura ambos brazos y piernas a la vez, puede intentarse desplazar las caderas al mismo tiempo y entonces el proceso se convierte en un festín sensitivo al alcance de cualquiera.

Se trata de un ejercicio muy bueno, barato y sumamente divertido, pero lo mejor de todo es que cada persona se convierte en el mejor guía y maestro, pues es la propia vida la que va señalando el proceso a seguir. Es como volver a la infancia, pero ahora de adulto, teniendo plena consciencia de cada minúscula acción motriz que se realiza. ¡Fantástico!

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