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Asociación Ejercicio y Bienestar

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La pelvis es el centro de la vitalidad, el lugar en donde se gesta la vida, no en vano se ubica allí el aparato digestivo, el aparato reproductivo sexual y el músculo respiratorio por excelencia, el diafragma.

Los tres motores de la vida están ubicados en el receptáculo que constituye la pelvis: el diafragma es el músculo respiratorio por excelencia y constituye la frontera entre el abdomen y los pulmones, actuando como émbolo para oxigenar la vida de manera natural; el aparato digestivo que con los nutrientes genera el combustible de la vida; y la sexualidad que es la responsable de perpetuar la vida humana sobre el planeta.

En el ámbito de la cultura física la atención y cuidado de la pelvis ha constituido una necesidad básica desde tiempo inmemorial, actitud imprescindible para lograr una vida de bienestar, especialmente en la sociedad moderna en la que el sedentarismo se ha convertido en un comportamiento mayoritario, gracias al desarrollo de la tecnología y el sector económico de los servicios, pero conviene recordar que el ser humano es una manera peculiar de ser vivo y que la naturaleza humana es una forma especial de vida.

Si las personas interesadas en vivir con bienestar logran activar y agilizar la pelvis de manera cotidiana, su centro vital, gran parte del camino hacia el adecuado ajuste postural, el equilibrio emocional y la relativización de arquetipos y prejuicios, estará dispuesto para lograr la adecuada optimización y sentirse cada día un poco mejor.

Para conseguir estos fines resulta necesario que las personas se entrenen cotidianamente para sentir su pelvis, no para pensarla, sino para notar su presencia en cualquier momento que se desee. El entrenamiento es relativamente sencillo. Consiste en tocar el anillo pélvico pasando los dedos por el pubis, trocánter, cresta iliaca y sacro a tres niveles.

El primero a nivel de la piel acariciando, tocando e incluso frotando ese anillo, estimulando los terminales nerviosos. El segundo presionando con las yemas de los dedos estimulando el tejido muscular y tendinoso. El tercero golpeando con las palmas de las manos, para estimular las estructuras óseas.

Después de este sencillo ejercicio basta con cerrar los ojos y sentir un torbellino de sensaciones muy diferentes, según de qué persona se trate, pero todas ellas sumamente benefactoras y gozosas. Una vez se tiene conciencia del anillo pélvico, es el momento de sentir todo aquello que se encuentra alojado dentro de esa caldera o copa de la vida que constituye la pelvis.

Para lo cual basta con dar un suave masaje a nivel de la piel alrededor del abdomen, empezando por el bajo vientre, entre el pubis y el ombligo, continuando por el lado derecho, hígado, el plexo solar, estómago y bajando por el lado izquierdo, bazo páncreas y colon descendente; después presionando con los dedos en el mismo sentido y finalmente golpeando con la mano extendida. Finalizado el proceso, se dedican unos segundos a sentir los efectos del trabajo realizado.

Para acabar se hace el mismo trabajo sobre la zona lumbar, riñones, frotando, presionando y golpeando suavemente.

Calor, bienestar, energía, emoción, paz, tranquilidad y otras muchas sensaciones positivas inundarán durante un buen rato su vida. Es así de fácil.

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La cintura escapular más conocida como hombro, configura un complejo sistema de articulaciones, huesos, tendones, ligamentos y músculos que hacen encajar y funcionar como un todo integrado al cuello, la parte superior del tórax, la zona dorsal de la espalda y los brazos.

El hombro comprende dos articulaciones que otorgan dinamismo, flexibilidad y versatilidad a los brazos, antebrazos y manos, se trata de la articulación acromio clavicular, el extremo de la clavícula que se articula con la apófisis de la escápula denominada acromion, una extensión de la espina escapular que actúa como una especie de freno de seguridad; la otra es la escápulo humeral, en la que el cóndilo del húmero se articula con la fosa escapular.

Estas dos articulaciones del hombro están íntimamente relacionadas con la funcionalidad de las vértebras cervicales y dorsales a través de las cadenas musculares posteriores y del anillo escapular: clavícula, escápula, esternón, primera costilla y primera vértebra dorsal.

Es por esto que siempre que se tenga alguna molestia en el cuello, el hombro, el brazo o la zona dorsal hay que llevar a cabo alguna actuación casi inmediata mediante recursos prácticos basados en el ejercicio sostenible, como pueda ser abrir y liberar estas dos articulaciones para eliminar congestión y molestias, o bien, en el caso de que se trate de un dolor persistente, llevar a cabo un masaje profundo de toda la zona con una pelota de tenis de baja o media presión, procurando no hacerlo con un objeto o pelota dura.

La ejercitación sostenible más común y necesaria es la liberación del hombro, ya que este modo de actuar implica a la vez una acción preventiva que elimina mucha tensión y rigidez en la zona, origen de la mayoría de congestiones, molestias y dolores.

La liberación del hombro se puede llevar a cabo de pie, de manera breve y reiterada; sentado sobre un taburete cuya base sea dura y así mismo sobre el suelo en postura de restauración.

Cuando se libere el hombro, en cualquiera de las tres modalidades, estando bajo los efectos de algún dolor, hay que tratar de actuar siempre con lentitud, prudencia y máxima atención, sin actuar  directamente en el punto doloroso, es preferible rodearlo suavemente, tal y como hace el agua cuando inunda una depresión.

Hacer rotaciones de las manos, antebrazos y brazos, hacia adentro y hacia afuera, suele ser un buen comienzo, tanto de pie como sentado; subir y bajar los hombros, alternados y juntos; rotarlos hacia adelante y hacía atrás y poner una mano en la otra axila mientras se baja lentamente el brazo hasta presionarla, son acciones sencillas para abrir el hombro.

En la postura de restauración, tendido supino con las piernas flexionadas y los pies apoyados en el suelo, pueden llevarse a cabo las mismas acciones que sentados y de pie, pero además, puede elevarse un brazo y dejarlo inerme mientras la otra mano lo sujeta por la muñeca para ir haciendo rotaciones del hombro en todas direcciones, aumentando progresivamente la amplitud de la circunferencia. Si el dolor es muy agudo bastará con esto, pero si se trata de una molestia leve, puede ponerse una pelota blanda o semiblanda de tenis debajo de ese hombro y con la otra mano hacer rotar lentamente todo el brazo.

En definitiva, cualquier persona es capaz de experimentar libremente diversas acciones de modo que le permita descubrir las que le proporcionan mejoría en su dolencia. Todas las personas pueden y saben hacerlo, es solo cuestión de decidirse a practicar y experimentar para a continuación, en los días posteriores, entrenar regular y concienzudamente, con mucha paciencia y prudencia.

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La ciencia ha creado la noción de sistema para explicar los procesos globales de la vida altamente complejos, en los cuales todos sus componentes están en equilibrio, ordenados y en constante interacción, de modo que lo que afecta a un simple componente influye de inmediato en todo el conjunto, en su totalidad. En el caso de los seres humanos, se les considera que su organismo funciona como un sistema inteligente en el que todas y cada una de los noventa billones de células que lo componen interactúan entre ellas y colaboran activamente para mantenerlo en un estado óptimo de salud y vitalidad.

El cuerpo humano está constituido por millones de células que actúan del mismo modo que cualquier ser unicelular, con la propiedad de llevar a cabo entre ellas de manera constante interacciones colaborativas de carácter positivo.

Cuando un ser unicelular se encuentra en un medio favorable rico en sustancias nutritivas se abre y esponja para alimentarse, mientras que si se encuentra en un medio desfavorable con sustancias tóxicas o de alto riesgo, huye del lugar o se enquista y paraliza para protegerse.

Los billones de células del organismo humano actúan mediante estos mismos procedimientos de ahí la importancia de escuchar y sentir las reacciones del cuerpo, dado que todos los tejidos y órganos están formados por células.

El cuerpo humano, incluida la mente, actúa como un solo ser, como unidad indivisible que tiene características singulares y únicas que le diferencian de todos los demás, aunque su funcionamiento fisiológico sea muy parecido, similar. De modo que lo que ocurre en un recóndito lugar del cuerpo, una lesión, herida o congestión, afecta a todo el cuerpo aunque el dolor o la inflamación se localice en un punto concreto.

Sin embargo la mente humana, al tener grandes dificultades para captar e interpretar fenómenos globales, por estar más estimulado el hemisferio cerebral izquierdo que el derecho, se empeña de manera insistente en analizar y trocear la realidad pretendiendo de este modo comprenderla mejor, pero al actuar así la realidad, que se presenta ante la conciencia mediante fenómenos altamente complejos y misteriosos, se confunde y desvirtúa.

Conviene mantenerse en sintonía con el propio cuerpo y si se entrena diaria y convenientemente también en armonía, dado que el yo, por muy construído que esté por la cultura y la socialización es habitante perenne del organismo vivo, del cuerpo sintiente y palpitante.

Resulta de alto interés para la supervivencia, pero sobre todo para vivir bien, con calidad, detenerse a observar el propio cuerpo, escucharlo, sentirlo para saber qué conductas y hechos protagonizados le sientan bien y cuáles le sientan mal, qué alimentos le sientan mejor o peor que otros, qué se siente cuando se descansa convenientemente, qué sustancias y líquidos tienen consecuencias positivas para el cuerpo y cuáles las tienen lesivas o cuanto menos molestas, a pesar de que su sabor resulte agradable y su ingestión atractiva, qué ejercicios y prácticas motrices generan bienestar a corto, medio y largo plazo y cuáles producen fatiga, dolores y lesiones, a pesar de que gusten mucho y resulten divertidas.

Estar en contacto sensible con el propio cuerpo es estarlo con todo el ser, sin pensarlo, dejando pasar los pensamientos y quedarse percibiendo todas las señales sensibles que constantemente emite el cuerpo a poco que se le preste atención.

Pero si este contacto diario con el propio cuerpo sintiente resulta necesario para vivir mejor, lo más atractivo de esta experiencia sensible que tan solo requiere algunos segundos al día de atención, es que con su entrenamiento cotidiano resulta una auténtica delicia, un festín sensitivo como pocos en el decurso de la vida humana plenamente consciente.

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En la vida todo empieza y todo se acaba con la respiración. Tener consciencia de ella todos los días, aunque se limite a algunos breves momentos, es el modo más sencillo de sentir la propia vida, de darse cuenta del existir, de sentirse no de pensarse.

Cuando se está quieto sin hacer nada, caminando, cocinando o sacando el polvo de los muebles, lo más probable es que la mente no descanse ni un solo momento de generar pensamientos, la mayoría de ellos sin sentido y sin control. Una especie de excrecencia mental que genera mucho ruido y consume mucha energía, que envuelve la vida cotidiana de humo y de niebla que priva la contemplación del fondo del ser de cada persona con la clarividencia y luminosidad necesaria.

Nada más darse cuenta de que un torbellino de pensamientos incontrolables envuelven la vida, conviene aferrarse al inmutable ciclo respiratorio, el constante y regular llenar y vaciar los pulmones de aire, para anclarse a la tierra, el territorio de la vida, para dejar de vagar y volar de pensamiento en pensamiento de inmediato.

Del mismo modo que el ancla sujeta una nave al fondo del mar, a la tierra submarina, la respiración es el ancla que de inmediato hace que nuestra vida aterrice de nuevo en la tierra, en lo real de la vida sensitiva.

La respiración es el principio básico para volver a sentirse vivo, no para pensarse vivo, sino para sentir el palpitar de la vida. Es como volver a la casa, a la propia, la única.

Una vez anclado sobre la tierra firme, puede dirigirse la atención hacia la planta de los pies, la base de sustentación del cuerpo que soporta todo su peso más la columna de presión gravitatoria que se ejerce sobre la cabeza y se distribuye por todo el cuerpo hasta llegar a los pies.

Sentir la cabeza, la cara y la masa interna, el cerebro, es una experiencia sensible fascinante, que otorga mucha tranquilidad y satisfacción. Basta con prestar atención a los labios, pasar suavemente la lengua por ellos para hidratarlos, sentir la humedad de la lengua, su densidad y textura. Poco a poco se van sintiendo las diversas partes, blandas y duras, cóncavas y convexas de la cara, para posteriormente sentir el pelo y el cuero cabelludo.

Cuando el sentir conecta con la masa cerebral es una experiencia inédita y sumamente excitante. Puede aprovecharse esta íntima conexión sensible con la propia vida para tratar de vaciar la masa interna de la cabeza con cada exhalación, hasta tener la sensación de que la cabeza está completamente hueca, vacia.

Sentir la vacuidad de la cabeza resulta una experiencia placentera y tranquilizadora, que puede repetirse siempre que se desee cuando una persona se sienta excitada e intranquila y necesite recuperar la calma para emprender cualquier tarea que requiera alta concentración o simplemente necesite dormir apaciblemente.

Lo realmente atractivo y bello de cualquier experiencia sensible como la que se acaba de relatar, es que resulta sumamente sencilla de aplicar, basta con sentirse en soledad y en disposición de dejar pasar los pensamientos inagotables, escuchar con atención durante unos segundos la propia vida y disponerse a pasar unos minutos tranquilamente, sentado o de pie, quieto.

También se puede tumbar sobre el suelo protegido por una manta o una alfombra en la postura base de restauración, con las piernas semiflexionadas, las plantas de los pies apoyadas en el suelo y una cuña de dos o tres centímetros debajo de la cabeza, aunque existe el riesgo de pasar de la relajación a la postración y de ésta al sueño.

Aunque el sueño puede resultar reparador no es el propósito de este ejercicio, dado que al perder la consciencia se pierde la posibilidad de contemplar con clarividencia y profundidad la propia vida, algo así como ir al cine y perderse la interesante película que se pretendía ver por quedarse dormido.

Tener conciencia de la propia vida sensitiva, la única con la que se puede interactuar, supone un chispazo de luz y bienestar que reconforta a cualquier persona. Tan solo es cuestión de entrenarse cada día un ratito, durante unos segundos, para probar el deleite de sentirse, un auténtico néctar vital al alcance de cualquiera.

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Toda persona, sea de cualquier condición social, cultural, ideológica o religiosa desea vivir bien, gozar del buen vivir. Para lograrlo las personas consumen gran parte de su capital vital.

Pero el buen vivir no es un premio, ni una recompensa, no es algo objetivo fuera de sí, aunque muchas ilusiones materiales así lo parezcan, todo lo externo a sí mismo son meras apariencias, sueños ilusorios que se cree otorgan felicidad, pero no, el buen vivir, un estado confortable de felicidad, está alojado en lo más profundo de cada ser humano, en su sentir, en su inteligencia sintiente.

Vivirse bien es relativamente sencillo de lograr. Se trata de una actitud vital que conviene cultivar, para ello hay que entrenarse diariamente para lograr el buen vivir de manera estable y permanente.

Si se dispone de los bienes necesarios para vivir con dignidad (alimentos, casa y trabajo), resulta imprescindible que las personas asuman la necesidad de centrarse en lo que realmente cada cual posee desde el nacimiento hasta la muerte, el propio cuerpo, la auténtica casa que se habita mientras se esté vivo, pues tiene fecha de caducidad y hay que devolverlo algún día a la madre tierra.

Resulta un auténtico sofisma creer que para vivir con felicidad se necesita poseer cada vez más y más cosas, sean bienes materiales, como dinero y posesiones diversas, como inmateriales, sea fama entre los otros o poder sobre otros, convirtiéndose en el pensamiento más tóxico para el logro de la dicha cotidiana, ya que considerar que sin la necesaria orientación hacia estos logros se pierden los estímulos para mejorar la calidad de la vida cotidiana no hace más que provocar angustia, estrés, frustración y tristeza en millones de personas.

Es necesario que cada persona sea capaz de sentirse satisfecha con aquello que posee y por ello no necesitar acaparar más bienes de cualquier tipo. En definitiva, ser capaz de vivir mejor con menos.

Tener suficiente es lo mejor que le puede ocurrir a cualquier ser humano. Se trata de un estado que predispone a gozar de la vida en plenitud sin afectar al de otras personas, excepto para ayudarlas a mejorarse sin acaparar más de lo necesario.

La sensación de tener suficiente es exclusiva, solo depende de sí mismo por mucho que una persona pueda sentirse presionada por el entorno. Basta con una respuesta corta con tono amable y cortés: ¡Gracias, tengo suficiente!

Una vez se ha consolidado esta sensación hay que pasar de inmediato a la práctica de la acción, sin ella no existe avance ni cambio.

El modo más eficaz, sencillo y natural de entrenarse cada día para lograr un estado continuado de buena vida, de buen vivir, es centrarse en sí mismo en cualquier situación y momento del día.

Conviene disponer de unos minutos para sí mismo tratando de eludir la compañía de otras personas y permanecer quieto y  tranquilo para contemplarse a sí mismo sin la mediación de la mente, tratando de dejar pasar todos y cada uno de los pensamientos que acudirán en cascada a interrumpir la escucha silenciosa y atenta de sí mismo.

Es necesario prestar atención a la respiración y a continuación a cualquier parte de la anatomía tratando de conectar con las sensaciones que emite. Se cierran los ojos para evitar distracciones y se conecta con el sí mismo, de pie, sentado, caminando, parado en la cola del autobús…, da igual, se trata de prestarse atención y sentirse. Esto es todo. A partir de aquí se trata de entrenarse todos los días para mejorar de manera constante y continuada.

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La carrera es una de las prácticas motrices más sencillas y vigorosas que existen, pero es fundamental entrenarse de manera sostenible para obtener todos los grandes beneficios que reporta.

A los pocos minutos de iniciarse una carrera a pie se desencadenan en el organismo humano toda una serie de reacciones bioquímicas de gran trascendencia para la vida, es por esto que resulta muy importante que las personas se entrenen explorando con atención los sucesos sensitivos que aparecen en cascada cuando se corre si se realiza con una actitud zen, es decir, plenamente consciente.

Actualmente puede observarse de manera habitual a dos o tres personas correr por las calles, jardines y caminos charlando amistosamente, y si se realiza esta práctica motriz en solitario, también es frecuente observar que la persona que corre lleva puestos unos auriculares para oir la radio, música o seguir una conversación mediante el teléfono móvil.

A la vez que se practica la carrera con gran distracción exterior, y por ello, falta de atención al interior de sí mismo, abundan las personas que al correr llevan colocado en el brazo sofisticados aparatos para controlar el pulso, el número de zancadas dadas o el tiempo invertido para analizar a posteriori las consecuencias e intensidad de la ejercitación realizada. La tecnología al servicio de una información sofisticada y controlada con todo detalle, sin embargo este modo de proceder aleja cada vez más al practicante de la información más valiosa, la de sus propias sensaciones.

No resulta fácil en el mundo de hoy eludir tantas distracciones por eso es necesario llevar a cabo un entrenamiento sistemático para lograr correr mediante una actitud zen y hacerlo con naturalidad y sencillez. El método más accesible para conseguirlo consiste en la carrera estática o sin desplazamiento.

Tiene como gran ventaja que puede entrenarse en la propia casa a la hora que se estime conveniente durante el tiempo y la intensidad que sea mejor para cada practicante. Hay quién lo practica en el gimnasio sobre un tapiz rodante pero no es necesaria tanta sofistificación tecnológica. Lo más natural y sostenible es la carrera sobre el propio terreno en la misma casa, incluso en la misma habitación en donde se duerme, una vez esté bien ventilada.

La persona se prepara como si fuese a correr por la calle, por un jardín público o a participar en una carrera campo a través. Se viste y calza las zapatillas, libera las articulaciones, especialmente las que van a estar más comprometidas; tobillos, rodillas, coxofemoral; tonifica de manera general su musculatura y estira las cadenas musculares posteriores. Elige un lugar de la sala y fija su mirada en un punto determinado de la pared frente a sí, sea en una mancha, la esquina de un cuadro o cualquier otra referencia estática que esté ubicada a la altura de los ojos.

Antes de iniciar la carrera estática puede mirarse en un reloj, que no esté a la vista, la hora exacta y se empieza a correr del modo más natural y relajado posible.

Al correr, se intenta prestar atención a la planta de los pies con cada zancada, al modo de pisar y a las repercusiones sensitivas que se desencadenan desde los pies hasta la cabeza. Puede aumentar o disminuir la cadencia de sus zancadas como se sienta mejor, con soltura y vitalidad. Además de los pies conviene prestar atención a la respiración, procurando que sea confortable, equilibrada y fluida. En el momento que se empiece a percibir fatiga hay que bajar el ritmo y la intensidad de cada zancada. El mejor recurso para saberlo es silbar suavemente al correr, si se hace con dificultad es síntoma inequívoco de que se necesita bajar el ritmo.

Otro punto de la anatomía humana que conviene prestarle atención durante la carrera estática es la pelvis. Sentir el anillo pélvico y la articulación coxofemoral tratando en cada pisada de bascular la pelvis en retroversión, es decir, desplazando el pubis hacia adelante y arriba a la vez que se baja el sacro. También se presta atención a la parte alta del pecho, los hombros, el cuello y la cabeza, procurando evitar cualquier tipo de crispación en esta zona que es la directora y gestora de la carrera.

Los hombros completamente relajados en todo momento. Brazos, antebrazos y manos con el tono justo, el necesario para acompañar y acompasar las zancadas, procurando que no aparezca la crispación en el rostro, entreabriendo la boca, sonriendo y notando el maxiliar inferior suelto, sin tensión alguna.

No es necesario beber ni mascar nada, tan solo segregar saliva y tragarla cuando se estime conveniente. El cuerpo tiene de todo para realizar un esfuerzo continuado adaptado a las posibilidades de cada cual, sin forzar. Cuando se perciban los primeros síntomas de fatiga se para la carrera, haya durado un minuto, diez o treinta, permaneciendo unos minutos completamente inmóvil sintiendo la respiración y las sensaciones que ha desencadenado el esfuerzo realizado.

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Si sostenible es aquello que se sostiene por sí mismo, que se mantiene firme, en equilibrio constante, y cuidar de sí mismo es una responsabilidad de cada persona para lograr sentirse bien en sí y poder gozar en plenitud de la vida en cualquier circunstancia de su realidad cotidiana, cabe deducir que los cuidados sostenibles resultan necesarios para que las personas sean autónomas, equilibradas y felices a lo largo de toda su existencia.

Se necesita en primera instancia comer, dormir y ejercitarse, como  triada básica para sobrevivir en condiciones, pero si lo que se pretende es vivir en bienestar de manera constante y prolongada, tanto la alimentación, como el descanso y el ejercicio tienen que ser sostenibles.

Los cuidados sostenibles tienen en cuenta en todo momento este rasgo fundamental. Ya no es el gusto el indicador de un cuidado sostenible, pues existen múltiples gustos tóxicos, sino la sostenibilidad de la vida, las consecuencias bondadosas y positivas de este proceder.

Cabe tener en cuenta que la experiencia diaria muestra con claridad qué alimentos sientan bien y aquellos que, aunque gusten, se digieren mucho peor, si se duerme y descansa de manera confortable de modo que al despertarse la persona se encuentra alegre, despejada y vital, así mismo, qué prácticas motrices sientan bien y cuáles, aunque resulten divertidas y gusten mucho, generan excesivo cansancio y quebrantos poco gratos como lesiones, accidentes o variadas dolencias.

En relación al entrenamiento diario para lograrlo hay que empezar por  asumir  que  resulta  necesario llevar a cabo una práctica motriz adaptada a la edad y características personales como una parte sustancial de la vida cotidiana, pero no como un hábito más, sino como una práctica motriz consciente, sostenible, sintiéndose en plenitud.

Es preciso tener en cuenta que cada practicante requiere llevar a cabo un proceso personalizado, pues no existen las recetas universales, los ejercicios, estiramientos y posturas adecuadas o inadecuadas, sino las respuestas ajustadas a las necesidades de cada persona, generadas por la propia idiosincrasia personal, por  el  carácter, por la morfología o por la propia biografía, la historia de cada cual.

Además, cuidarse puede constituir una fuente incesante de gozo y placer, no se trata de llevar a cabo un esfuerzo desmesurado de disciplina, sino de buscar y encontrar el punto de satisfacción personal en todo momento y circunstancia.

¿Cómo lograrlo? Esta es una cuestión crucial. Se trata de vivir el presente cuando se está cuidando de sí, dejando pasar los pensamientos, por bellos y bonitos que resulten, para quedarse con las sensaciones, con la información que reportan los sentidos, sin juzgar, tan solo aceptar lo que se presenta y gozarlo. Si no resulta grato, modificando ligeramente lo que se hace para que la  molestia se transforme en placer.

Las personas necesitan experimentar que una ejercitación adecuada a sus características, realizada diariamente con plena conciencia, no de modo mecánico y estandarizado como se aprenden machaconamente algunas habilidades deportivas, la vida puede discurrir con armonía, equilibrio y salud.

Si los cuidados personales resultan necesarios, cuando los cuidados son sostenibles se convierten en un acto de generosidad y responsabilidad con la sociedad, con todo el género humano y con la comunidad de la vida, dado que mientras se esté viviendo en bienestar sintiéndose bien cuidado se está en condiciones de poder ayudar a los demás con plena autonomía y libertad, sin hipotecas y refuerzos ajenos, contribuyendo a que la vida sobre el planeta sea sostenible y cada día mejor.

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En la vida cotidiana puede suceder con cierta frecuencia contratiempos y situaciones problemáticas que agudizan y estimulan el estrés, la tensión o la preocupación. En todas estas situaciones lo habitual es que el diafragma, el músculo respiratorio por excelencia, se contraiga, incluso llegue a bloquearse, se respire de manera agitada y se trague aire, en vez de respirarlo.

También es habitual que en las vacaciones estivales se viaje y se ingieran alimentos poco habituales y en algunas ocasiones en cantidades excesivas.

Tanto el estrés, en cualquiera de sus formas y manifestaciones, como las comidas copiosas o ingeridas precipitadamente, provoca que en el abdomen se generen burbujas de aire que pululando desordenadamente por el aparato digestivo afecten en diversos grados y modos, tanto al larguísimo tubo hueco existente entre la boca y el ano, como a muchos órganos que le son próximos o incluso que comparten la función digestiva.

Las burbujas de aire abdominales generan un intenso malestar, tanto que a veces llega a generar alerta y miedo a algunas personas que incluso visitan al médico de urgencias.

En el abdomen están alojados casi una docena de metros de intestino y más de media docena de órganos blandos, de modo que si no se encuentra inflamado, ni tenso como un tambor, ni se padece fiebre, lo más probable es que las molestias, incomodidad e incluso dolor se deba a la ingestión de aire y a la presión abdominal provocada por estas burbujas.

Un modo muy sencillo de saber si se trata de burbujas de aire es llevar a cabo un masaje abdominal con ayuda de una pelota de goma espuma o bien, si no se dispone de ella, fabricando una de forma casera enrrollando una toalla mediana, un retal o incluso unas hojas de periódico.

Se baja lentamente al suelo, equipado con una alfombra o una manta, y una vez en la postura cuadrúpeda se tiende en decúbito prono, boca abajo, colocando la pelota en el bajo vientre, entre el pubis y el ombligo, presionando justo a la altura de la vejiga y el útero en las mujeres y de la vejiga y la próstata en los hombres. Este punto es el centro energético del organismo.

Tan solo hay que concentrarse en llenar y vaciar el abdomen, nada más, permaneciendo centrado en sí mismo y en las reacciones del propio cuerpo.

Después de varios ciclos respiratorios, entre tres y cinco, o más, a voluntad, se desplaza la postura ligeramente sobre el lado izquierdo para colocar la pelota en el costado derecho, justo a la altura del hígado, en el hueco blando formado por la cadera, la costilla flotante y el ombligo.

Posteriomente se hace la misma operación para ubicar la pelota justo debajo del estómago y finalmente se hace una rotación del tronco sobre el lado derecho para situar la pelota sobre el costado izquierdo debajo del páncreas, el bazo y el colón descendente, sobre su flexura espliénica, el retrete del organismo, donde se ubica la materia orgánica residual lista para ser evacuada.

De este modo se sigue el sentido de las agujas del reloj, el mismo que siguen los intestinos al enrrollarse en la cavidad abdominal.

La persona no tiene que efectuar ningún tipo de presión, tan solo permitir que el peso corporal y la gravedad hagan su trabajo sin forzar, respirando profundamente, tratando de llenar el abdomen como un globo, vaciándolo lentamente, procurando en todo momento que el umbral del dolor sea tolerable e incluso gratificante. Si resulta excesivamente agudo e intenso hay que elevar la pelvis para que la presión sea menor. Nada más.

Una situación de ansiedad, de estrés, una mala digestión o cualquier otra situación que provoque bloqueo diafragmático y malestar abdominal puede solucionarse de manera sencilla y eficaz.

¡Experiméntelo, por favor!

 

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Entrenar supone practicar algún tipo de procedimiento de manera consciente, continua y sistemática para conseguir una aspiración o un logro que resulte especialmente atractivo y significativo para la persona que lo lleva a cabo.

Todos los seres humanos aspiran a mejorar la calidad de sus vidas. Pretenden lograr seguridad, mantener la salud y conseguir sentir en plenitud la dicha de vivir.

Las personas se afanan por buscar estos dones de la vida fuera de sí: estudios, trabajo, negocios, dinero, fama,… pero la auténtica calidad de vida no se encuentra fuera sino dentro de sí, en el interior de cada persona, en sus afectos, articulaciones, creencias, emociones, músculos, pensamientos, órganos y sentires.

No obstante, resulta evidente que se requiere de unos recursos mínimos que permitan disponer de alimentación diaria, vivienda habitable y los bienes imprescindibles para vivir dignamente. Es a partir de estas condiciones básicas que cualquier persona puede ser capaz de sentirse a sí misma de manera consciente y sistemática.

Estar dentro de sí significa conectar y sentir el propio cuerpo, dado que se nace a la vida siendo cuerpo y se abandona la existencia cuando el cuerpo deja de vivir, se muere.

Se vive en sociedad, en grupo, de manera que hay necesidad de relacionarse con los demás y por ello, someterse a múltiples presiones de todo tipo para guardar las apariencias sociales, sin embargo, no todas las personas reaccionan y se comportan socialmente del mismo modo.

De manera que si se tiene la firme convicción y el deseo de vivir bien, de vivirse en plenitud y felicidad, resulta fundamental comenzar a entrenarse diariamente para lograr este maravilloso estado vital, sin necesidad de comportarse de manera descabellada o extraña.

Lo que importa tener en cuenta es que sentirse feliz de vivir cada día no es un fin en sí mismo, sino que se trata de un proceso que desde que se inicia no se detiene jamás, sino que se mejora día a día de manera infinita, aunque sea infinitesimalmente, de modo que desde que se toma la decisión de entrenarse cada día y se lleva a cabo, la vida deja de empeorar y comienza a mejorar, sea cual sea el estado y condición física en el origen del proceso.

El estado inicial del proceso es muy importante. Si una persona tiene muchas dificultades para bajar al suelo y levantarse de manera autónoma, aunque sea muy lentamente y con ayuda o apoyo de una pared o una silla, debido a su aguda e intensa compresión articular que ha ido acumulando a lo largo de muchos años e incluso décadas, no puede pretender restaurarse con un  entrenamiento, sino que inicia un nuevo camino vital que le va a permitir cambiar y mejorar su vida abandonando las prácticas que le ocasionaban la compresión y comenzar a entrenar para restaurarse, lenta pero contantemente.

La receta resulta bien sencilla. Comer y beber lo suficiente, moderadamente, sin excesos; dormir lo necesario, de manera confortable y plácida, finalmente entrenarse cada día para mejorar las condiciones de la vida cotidiana.

¿Cómo entrenarse cada día? Practicando ejercicio físico de carácter sostenible, dado que se trata de una necesidad vital, no de una actividad conveniente o sana, sino de una práctica necesaria como comer o dormir.

Para que el entrenamiento diario y consciente sea de carácter sostenible se requiere:

a) Preparación previa: desanudarse, liberar las articulaciones y tonificarse antes de salir a la calle a caminar o a correr.

b) Que la ejercitación principal sea moderada, sin llegar a superar los límites de la propia fatiga, se trate de caminar, bailar, correr, nadar,  desplazarse en bicicleta o cualquier otra ejercitación. No hay que llegar a superar los propios límites de esfuerzo. Esto lo percibe y sabe cada persona, en cualquier momento y circunstancia, tan solo con prestarse atención, sin pensar, sintiéndose desde los pies a la cabeza. De manera que es preferible no proponerse metas sino situar los objetivos detrás o a merced de las propias sensaciones de fatiga o de bienestar.

c) Después de llevar a cabo la ejercitación principal, se trate de un paseo por la ciudad, de una carrera zen o de una sesión de tai-chi, hay que restaurarse, recuperarse del esfuerzo vital, de la compresión articular o de la fatiga muscular. El modo más sencillo y seguro de hacerlo, es bajar al suelo y tumbarse sobre una alfombra, manta o colchoneta y permanecer en decúbito supino centrándose en la propia respiración, haciendo en ese momento lo que el cuerpo demande y necesite de manera exploratoria, sin pensar, intuitivamente, para que sean las propias sensaciones las que marquen lo que hay que hacer de manera espontánea y natural, durante el tiempo necesario hasta recuperarse y restaurarse.

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La inmensa mayoría de españoles adultos varones con una edad superior a los cincuenta años han sido formados como personas fuertes y seguras, como soldados aguerridos y competidores belicosos. Los preparaban para asumir la responsabilidad de ser el cabeza de familia, el líder y defensor del clan.

Todos los españoles que nacieron y crecieron durante el franquismo tenían que convertirse en hombres hechos y derechos. No se podía llorar, eso lo hacían las niñas, ni tampoco mostrar excesivo cariño por los demás, fueran estos familiares o amigos. Había que guardar una cierta distancia emocional y afectiva en las relaciones sociales.

Las expresiones más genuinas de la ternura se reservaba a las mujeres, aunque siempre estrictamente limitadas a la intimidad familiar. Sin embargo, la ciencia ha mostrado de manera contundente que la afectividad y sus expresiones más comunes (besos, abrazos, caricias…), forman parte del rasgo más sólido de la condición humana, constituyendo la materia prima básica para desarrollar una personalidad armónica, equilibrada y feliz.

 

 

Sentir amor supone una realidad cotidiana necesaria para sobrevivir desde el nacimiento, cuando la delicada ternura de la madre protege al recién nacido del choque tan brutal que supone el acceso a un mundo en el que el nuevo ser tiene que aprender a vivir de manera autónoma.

Nacer a la vida representa un brusco cambio ambiental, que algunos autores han denominado como el trauma del nacimiento. Pero con la protección de los brazos maternos, el toque delicado de sus dedos, el dulce arrullo de su voz o la serena contemplación de su mirada el recién nacido, gracias a la protección de la ternura materna, va adaptándose a la vida extrauterina.

De este modo, la ternura se presenta en la vida como la expresión más serena, bella y firme del amor, mostrándose como la protección incondicional por excelencia, puesto que es a través del cuidado y el afecto que se hace presente para comunicar al otro su confianza plena.

La ternura brilla con luz propia pues sus destellos muestran lo mejor del ser humano, sea la fuerza incondicional del amor, la generosidad como bien supremo o la dicha de compartir la vida con otros seres.

La calidad de una relación afectiva se expresa del modo más claro y contundente a través de la ternura, que requiere una buena autoestima y confianza en la vida para poderse expresar con libertad. Lejos de suponer un signo de debilidad, la ternura es indicador de la fortaleza interior y el coraje vital necesarios para lograr la dicha plena.

Cuando las personas se convierten en autónomas es el momento de consolidar el cuidado personal, pero para que fructifique y se haga fuerte requiere mucha ternura.

Dirigida hacía la misma persona que la genera, supone un excelente entrenamiento para reforzar la confianza personal, para que fluya con facilidad hacia otras personas y hacia toda la comunidad de la vida, naturaleza incluida.

Practicarla diariamente facilita alcanzar una vida plena de dicha y satisfacción, tan necesarios en estos momentos de encrucijada de la civilización humana que se encuentra sometida a múltiples cambios y tensiones, lo que requiere como nunca antes en la historia que se ejercite la ternura para cuidar de sí, de las otras personas y del planeta.

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