RELATOS PARA VIVIR EN VERANO
Por José Antonio Almunia

Clara miró los números de la habitación mientras giraba el pomo de forma decidida. Como si de un presagio se tratara, en los dos primeros números veía el 8 infinito dividido entre dos y el siete, su eterno número de la suerte. Nada podía fallar. La sonrisa con la que el joven de recepción le había pedido los datos, iba más allá de la simple cortesía. ¿O formaba parte de su imaginación?¿Los demás podían verle la mente?¿Leer en sus ojos aunque los ocultara tras una enormes gafas negras?

El viaje hasta esa esquina de la ciudad le había parecido eterno y a la vez un suspiro. Cuando hizo su pequeña maleta de viaje realizó el viejo ritual de mirar bajo la cama, pero esta vez no era para comprobar que no había monstruos, sino para dejarlos definitivamente en aquella habitación cuyas paredes había llenado de sueños.

En el metro, repasó cada una de las caras intentando adivinar historias de amor. Las vidas que se escondían en los instantes, alumbradas por las luces frías de los fluorescentes. La megafonía la despertó de su labor detectivesca sobre las vidas ajenas.

– Próxima estación Puerta del Ángel.

Hasta las baldosas blancas que tantas veces había recorrido en busca de un grafitti que le devolviera una luz le parecían distintas. En su maleta, que la seguía atropellándose entre los que buscaban la salida, unos leguins blancos, dos blusas, el sujetador que odiaba, un par de zapatos de gala, el spray para mantener sus rizos y el cepillo de dientes. ¿Para qué más? había pensado mientras la cerraba. Se colocó los auriculares al tiempo que los edificios se abrían en la boca de metro y un ruido distinto al silencio del túnel llenaba sus oídos.

Down, de Cahoots arrancó para darle impulso a los últimos metros hasta el hotel.

Había imaginado cientos, miles de veces como seria su primera cita. En el colegio de Barcelona donde estudió, en aquel pupitre de madera y formica verde, abstraída de sus compañeras, dibujaba con su dedo índice caballeros y princesas intentado imaginar una vida que después comprobó que no le correspondía. La suya había sido una vida dura, de habitaciones solitarias, de cicatrices, de instantes perdidos… pero nunca había olvidado la sonrisa, solo la había escondido para protegerla.

Ahora, tenía toda su esperanza puesta en aquel número: 447. En su primera cita después de que hace unas semanas, Carlos, le enviara por Messenger un escueto mensaje: “Mereces ser feliz”.

La puerta se abrió suavemente. Al fondo, una lámpara competía con el fragor de la televisión que permanecía encendida. Mientras se quitaba los auriculares y devolvía la sonrisa a su cara escuchó claramente:

– “El diestro José Tomás enfila la puerta de chiqueros iniciando el paseíllo de una tarde de corrida que va a ser memorable”.

De repente, palideció.

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