El Nido enamora al público del SoNna Huesca

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La energía incontenible de los burgaleses convierte el concierto número 200 del Festival Sonidos en la Naturaleza en una auténtica fiesta de folk contemporáneo; una verbena moderna desaforada que logró contagiar al numeroso público presente en la Finca Valonga (Belver de Cinca) hasta llevarlo a una sensación de felicidad absoluta. 

Las decenas de pavos reales que aún quedaban en las inmediaciones del espacio escénico corrían despavoridos a esconderse a sus dormideros. Se sentían amenazados por la energía desbordante de cinco seres humanos, castellanos recalcaron que eran, que desplegaban una alegría de vivir contagiosa y cómplice. Los “pollos” de El Nido no solo beben del folklore castellano, sino que lo convierten en un elixir que garantiza la eterna juventud.

No fue el de ayer un recital al uso, con un ritmo “in crescendo” hasta llegar a algún tipo de “climax”. Con estos burgaleses, el éxtasis se alcanza en el primer tema y ya no se abandona hasta un caótico final en el que no se distingue a los músicos del público. Acabaron y se pusieron a vender pimentón al respetable en su parada de merchandising. El pimentón es uno de los ingredientes básicos de las morcillas de Burgos (a las que no citaron), y ellos lo usan como metáfora de su vocación de Kilómetro 0. Usaron latas de pimentón grandes de pandero y alguna más pequeña para situarla sobre el Chaston de la batería y provocar un efecto de platillo “volante” rural.

Sin embargo, el resultado ni siquiera se acercó a lo bizarro. Detrás de esa apariencia de banda de instituto, de un ir y venir constante, y de cantar o tocar en el micro del otro, hay un trabajo musical importantísimo. Todo está medido, todo entra perfecto, a pesar de que todo parezca espontáneo y loco. Todos tocan con las manos y con los pies. Con los pies, la electrónica, las bases; y con las manos, instrumentos al uso: batería, guitarras, bajo, violín; y otros instrumentos menos habituales: palos, morteros, cucharas, azadas y latas.

Fue imposible hacerles una foto que no saliera movida, excepto a mitad de recital, cuando cantaron Arrorró, una nana que dedicaron a todas las madres y las abuelas que han sido y serán la correa de la transmisión oral de la cultura, en Castilla y en el resto del mundo, como bien dijeron. El compás de la nana lo marcaba el percusionista-baterista con una herradura golpeando una azada (más bien azadón). Fue quizás el único momento de austeridad folklórica que tuvo el concierto 200 del SoNna Huesca.

El Nido presentaba en la Finca Valonga su nuevo trabajo, La Constancia, en el que jotas, charros y agudillos se transforman con elegancia en material de rave folklórica mesetaria. “Después de un verano de camión y escenario, tocar en un sitio como este, a pie de hierba, es fascinante”. Eneko Lecumberri -dirección y voz- no habló mucho, pero todo lo que dijo fue desde el corazón. Tuvo palabras para bomberos y agentes forestales; para la Castilla comunera, para Palestina y para todos aquellos pueblos que defienden su lengua y su identidad. Viniendo de castellanos, la cosa tenía más valor.

La única versión que tocaron la presentaron con devoción y respeto histórico. El Somos castellanos que Orégano sacó en plena transición (1977) y que se transformó en el himno de una Castilla que surgía como pueblo. “No somos un pueblo que oprime, solo oprimen los tiranos”. El tema original sonó de fondo luego cuando el concierto había terminado.

El final fue apoteósico. Se dejaron para último bis el tema que grabaron con Rodrigo Cuevas en 2024, Tucucu, y con él llevaron al público a un éxtasis verbenero que fue intergeneracional y entrañable. El público se agachaba, cantaba y saltaba como poseído. Si se lo cuentan al psicólogo, esta semana se podrán saltar la terapia.

El Nido no habló de vino. No mentaron ni a la Ribera del Duero, ni los Arlanza burgaleses. Se supone que, aunque no participaron en la cata y visita guiada que organizó la bodega de Valonga una hora y media antes del concierto, quizá estaban impresionados por la finca, que cada año que pasa luce más bonita.

Los viñedos, los nogales, los olivos, los frutales… Aquí la biodiversidad se llama agricultura. En las paredes de la parte noble de la bodega hay varios cuadros con fotos antiguas de la mayor de las tres Teresas de la familia, que hoy son un tinto roble de Garnacha, Tempranillo y Syrah (Las Tres Teresas). Son fotos de la madre de Ferrán y Teresa Ferrer en el viñedo. Fotos de la familia que desde hace tres generaciones (1931) regenta la Finca Valonga. Esas “Teresas”, que son el ejemplo palpable de aquellas mujeres a las que El Nido poco después les dedicó su Arrorró.

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