De oriente a poniente, cuentan los sabios del lugar que hubo un donde y un cuando en que una luz tan potente y cegadora como para silenciar cualquier fuerza oscura deslumbró a la humanidad.
Hoy la música suena en compás de espera, preludio de un nuevo ataque, tiempo suficiente para recordar.
Desde el exterior vidrio, el de un nuevo escaparate, desde la mesa nieve iluminada y escarchada que se acumula en las escuadras de un ajedrezado tablero de cristal que ocupa el ancho de la fachada.
Calor, refugio, esperanza y deseo bajo luces que deslumbran y ciegan, eran en lo que esos muros en forma de escaparate, tras los que ya no se apilan los televisores, se habían convertido. Y en ellos y a través de ellos como niños, con ojos de gorrión, podían escapar y aterrizar.
Escapar del ruido, que no alborozo, el que a una madre le hace levantar de la mesa, cerrar los ojos y recordar, revivir voces, recorrer junto a una mano menuda las amplias avenidas iluminadas… Un ruido de nostalgia que la impuesta distancia conduce al llanto.
Aterrizar en un futuro con aromas, dulces, a pasado. Futuro en paz, sin luces que consumen y violentan, un futuro en que ninguna luz compitiera con aquella que… “cuentan los viejos del lugar que hubo un tiempo en que una luz, potente y cegadora, cruzó el cielo con un mensaje de paz”.























