OPINIÓN ||Daniel Cortés Guallar. Músico
Una comida popular y un bingo rodeado de los seres más allegados puede parecer a priori el plan perfecto para cualquier día de las fiestas, la suelta de vaquillas por las calles de la localidad también podría poner el acento a un mediodía divertido rodeado de vecinos y amigos de otras localidades cercanas, pero la cima o los verdaderos gladiadores del entretenimiento y la diversión no podrían ser otros que las atrevidas charangas y las largas sesiones de orquestas que haciendo frente a los obstáculos de apretadas programaciones parecen entran con calzador para animar solemnes procesiones, vermuts para los más mayores e interminables sesiones de concierto, tarde y noche.
Visto esto como una maratón interminable festiva, aparece invisible ante el público todo este paquete promocional y de “tarifa plana” a costa de los labios de trompetista y dedos del guitarrista que recoge “disecaseis” veces su instrumento en su maleta escondida entre las “perolas“ de la chocolatada popular o un puñado de cohetes artificiales.
Es pues que a los lomos de este tipo de músicos se sujete el verdadero pilar del entretenimiento, así como el aceite y el vinagre sería el aderezo idóneo para cualquier ensalada, la obligada presencia de este tipo de profesionales hace posible que todos los actos puedan coger el punto de cocción perfecto y de máximo esplendor gracias a melodías inmortales que, a través de los años, lejos de perder popularidad cuajan con facilidad en todo tipo de generaciones.






















