Se aceptan voluntades (IV)

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OPINIÓN ||Agustín Vidaller

(Yo ya ven, por amor al arte)

Como todos los que no suelen despertarse antes de mediodía, se proyecta sobre mí la sospecha de la pereza, la amoralidad e incluso la medianía. El Mundo gira, lo sé, a una velocidad que hace de los hombres atletas keniatas. Siempre hay un león hambriento tras de cada hombre común, intentando atraparlo bajo el disfraz de encargado, policía o moralista. Antes como ahora, la Civilización tiene hambre. Dicho de otro modo, y puesto que cuido en exceso mis manos de pianista, se me seguirá pagando el día 25 mientras España se perpetúe como potencia de segundo orden. Hasta aquí mi dosis de provocación. Ahora mi vindicación, mi protesta. Y es que por nada más que por amor al arte estoy escribiendo esto a las dos de la madrugada, con el balcón abierto al cierzo, plenamente sabedor de que el malvado José Antonio Almunia no se alargará ni para un vaso de agua y un palillo. Lejos quedan los tiempos en que los reyes llenaban la boca de oro a sus poetas. Fue en Persia, en India…Los guerreros de Tamerlán elevaban pirámides de calaveras, pero su cabecilla no olvidaba dedicar cada año parte de su PIB a mantener a cualquiera que supiese componer unas cuartetas en honor suyo. Aparte de que así te librabas del genocidio le hacías ver a tu madre que había valido la pena criar a un hijo un poco rarito. Eran los buenos tiempos de la literatura. Actualmente sólo la Monarquía Británica tiene pensionado a un poeta de su elección. El resto de los líderes parecen carecer de interés por el oficio, quizás ante la evidencia de que las bellas letras no ganan tantas elecciones como las fake news. Lejos quedan los tiempos en que los bardos irlandeses podían destruir reputaciones por medio de sus temibles sátiras. En fin, una de dos: o me matan a vecinal o me hacen rico por suscripción popular. De momento lo que no sé es cómo se me deja escribir todavía.

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