COLABORACIÓN || Inma Orduna

Encaro este primer domingo de mayo como mi primer día de la madre siendo mamá, y lo hago en medio de una increíble gratitud y serenidad.

Mi camino hacia la maternidad no ha sido uno de esos caminos en los que una sabe y tiene clarísimo que ha nacido para ser madre. En mi caso a medida que pasaban los años a mi me aparecían todas las dudas, tanto que hasta un día llegué a preguntarme a mi misma que a lo mejor no quería ser madre y me planteé si toda la confusión no era más que el fruto de la presión social. Y mientras yo cabalgaba con mis dudas veía a casi todas mis amigas convertirse en mamás, algo que hacía desde un amor absoluto. Vivía literalmente enamorada de las hijas de mis amigas.

Pero un día algo cambió y sentí ese deseo, instinto le llaman, del que todo el mundo habla. Y con él, más tarde, la noticia de que iba a ser mamá.

Lo que no podía imaginar era cómo la maternidad me llegaría a transformar.  Tanto que hay veces a día de hoy que tomo decisiones en las que nunca me hubiese reconocido previamente.

Jimena llegó a mi vida para darme la mayor lección de amor, para romper todos mis esquemas, mis planes y reorganizar mis prioridades. Como dice, la ya desaparecida, Amaia Arrazola en su libro El meteorito, “cuando fui madre todo voló en mil pedazos”. Así lo siento yo. Siento que con la llegada de Jimena todo voló en mil pedazos. La Inma que ha realizado seis intentos en conseguir terminar este texto nada tiene que ver con la Inma que escribió el del mes de marzo en una mañana. Y no solo por una cuestión de tiempo.

Hablando de tiempo, a quienes la maternidad nos ha llegado pasados los treinta y cinco solemos escuchar eso de que la maternidad nos ha llegado tarde y a mí me gusta recalcar que primero, no siempre las cosas suceden cuando una quiere; y segundo, que más allá de una forma de consuelo sí creo que todo sucede cuando tiene que suceder.

Tras mi experiencia siento que la maternidad llegó a mi vida en su momento perfecto. No sé cómo hubiese sido si hubiese llegado antes, pero sí sé que ha llegado en un momento de madurez personal que me está ayudando mucho a disfrutarla. También ha llegado en un momento en el que tengo ese inmenso privilegio que es el poder elegir. Elijo sin culpa, porque como hace poco me recordaba una amiga, cuando una realiza una elección ya no siente que esté haciendo una renuncia. Además, a medida que avanzan los meses hay una serenidad que me acompaña prácticamente irreconocible en mí.

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