Descubierto un polvorín de la Guerra Civil en La Cartuja de Las Fuentes

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Consta de tres zanjas con una profundidad media de 1’5 metros y 80 centímetros de ancho que habrían sido utilizadas por el ejército republicano durante la contienda. El descubrimiento se hizo a finales del año pasado, durante las tareas de desescombro de la bodega del edificio de obediencias de La Cartuja de Las Fuentes.


El monasterio alberga tesoros inimaginables. Si en noviembre del pasado año, se descubría en la bodega un molino de aceite, a finales de año el hallazgo del polvorín  permite, a su vez, una correcta interpretación de un espacio situado en el sótano del edificio de obediencias, inmueble destinado a cocina, comedor y residencia de los sirvientes del conjunto monástico, así como a usos agropecuarios.

Según Alberto Lasheras, guía de La Cartuja, José Miguel Pesqué, coordinador de los equipos de actuación de la Cartuja de Las Fuentes, con criterio arqueológico, al hacer una exhaustiva limpieza de la bodega, en su día destinada al almacenaje de los productos procedentes del campo, y oculto bajo toneladas de escombro, analizo todos los escombros que se hallaban, descubriendo la bodega subterránea donde se ubicaba el polvorín enterrado por los milicianos para que los franquistas no entraran ni lo utilizaran.

Conforme se avanza en la restauración del recinto, de casi 60.000 metros cuadrados, aparecen nuevos descubrimientos que ayudan a comprender la historia de este monasterio.

 

Una vez limpia la estancia, de unos 100 metros cuadrados, y tras reconstruir la escalera de acceso, que estaba parcialmente destruida, se pudo acceder a ella para descubrir que el recinto había sido utilizado como polvorín por el ejército republicano durante la Guerra Civil. Pero ante el avance de las tropas franquistas, el ejército popular había inutilizado esta infraestructura colmatando el habitáculo de escombros y destruyendo la entrada a la misma.

 

Este polvorín consta de una zanja principal que arranca a los pies de la escalera, recorre la nave este de la bodega y finaliza en un primer nicho de munición ubicado bajo el muro norte del edificio. De su parte central arranca otra en dirección oeste de 18 metros de longitud que, atravesando el muro del edificio hacia el exterior del recinto, finalizaría en el depósito principal de municiones que también fue destruido por los republicanos. Una tercera zanja, de traza semicircular, comunicaría el primer depósito de municiones con la zanja que llevaría al depósito principal.

 

Los hoyos, que tienen una profundidad media de 150 centímetros y una anchura de 80 centímetros, estaban protegidas por un sistema de entibado de madera que, a su vez, estaba protegido por una  capa de tierra.

 

El edificio de obediencias, o procura, se ubica al noroeste del recinto de La Cartuja de las Fuentes. Con más de 1.000 metros cuadrados de superficie, esta construcción consta de una planta baja, donde se ubicaban las dependencias de los sirvientes y las cuadras; una primera planta destinada a almacenaje de productos agrícolas y de una bodega, de unos 100 metros cuadrados, que se ubica en el ángulo noreste del edificio y que consta de dos naves abovedadas comunicadas entre sí por tres arcos de medio punto.

Si desde un punto de vista arquitectónico, el valor de la Cartuja, declarada Bien de Interés Cultural, resulta muy relevante, especialmente la parte escultórica cuya obra es de Carlos Salas; además de los 2.000 metros de decoración pictórica que llenan de contenido los techos y muros de todo el monasterio constituyendo el mayor conjunto mural del siglo XVIII de Aragón por su extensión, los descubrimientos hallados hasta la fecha, como la veleta original, el molino de aceite y ahora el polvorín de la bodega subterránea, Lasheras asegura que siguen saliendo gratas sorpresas, “y que pronto saldrán a luz”.

 

 

 

 

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