La magia de las llamas danzando controladamente con el telón de fondo espectral de la oscuridad nocturna volvieron a hacer acto de presencia el pasado fin de semana en el Pirineo aragonés para conmemorar el solsticio de verano, la llegada de esa mítica Noche de San Juan con su eterna promesa de regeneración y renacimiento.
Recuperando un año más un rito de origen inmemorial, los habitantes de un puñado de pueblos pirenaicos renovaron su compromiso con los dioses de la naturaleza y de los montes ofreciéndoles el tributo de las llamas propiciatorias como símbolo de la purificación a través del fuego. Son las fallas de los Pirineos, una tradición que nos retrotrae a la noche de los tiempos y que ha sido preservada con celo y pureza en este entorno pirenaico donde la espectral procesión de las teas encendidas recorriendo sendas milenarias ha alumbrado los anhelos, los miedos y las esperanzas de innumerables generaciones de sus habitantes. Las fallas han sabido preservar su esencia y ello hizo el año pasado que la UNESCO decidiera incluirlas en su catálogo de celebraciones que son Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. El reconocimiento ha supuesto un espaldarazo para su mayor conocimiento por parte del gran público, traducido en un importante incremento de visitantes en los festejos de 2016 multiplicado sustancialmente este año al caer la fiesta solsticial en fin de semana, algo que de momento no está masificando en exceso los recorridos falleros.
Las gentes de San Juan de Plan, Sahún, Laspaúles, Villarrué, Suils y Montanuy iniciaron la noche del viernes el ritual fallero en el Pirineo aragonés y los de Bonansa tomaron el relevo el sábado en un ambiente extremadamente cálido a todos los niveles dadas las altas temperaturas de estas jornadas, el calor de las hogueras y las llamas de las teas falleras, el del numeroso público que arropó las bajadas –baixadas- desde el faro u hoguera madre y el acalorado fervor de los portadores de las fallas como ígneos heraldos de la renovación sanjuanera.
Rituales todos ellos similares y todos diferentes, con elementos que los singularizan unos de otros y que hacen todavía más atractiva esta propuesta mágica. Todas son espectaculares, con el punto espectral que les confieren las lenguas de fuego que se dibujan en los montes mientras bajan las fallas llameantes a los distintos pueblos. Pero las que presentan unos elementos más singulares son las de Sahún. Allí, la noche del pasado viernes y como manda la tradición, el último casado del pueblo prendía el faro y comenzaba el recorrido de unos 70 falleros –por razones de seguridad se ha controlado su número- para iniciar un descenso marcado por los espectaculares volteos de las fallas dibujando unos círculos de fuego que quedan grabados en la retina de los presentes.
Pero las otras fallas no tienen nada que envidiar de las de Sahún en lo referente a espectacularidad y belleza. En Laspaúles, donde este año fueron más multitudinarias que nunca, con gente llegada desde los rincones más insospechados de la geografía nacional que había reservado alojamiento desde hace varios meses, se pudo contemplar una vez más desde la Plaza Mayor la “baixada” de las fallas propias desde el faro y también las que bajaban por los vecinos montes de Villarrué y Suils, localidades cuyos habitantes –celosos de su intimidad- viven unas fallas casi “en familia”. Y espectaculares son el círculo mágico de fuego de Montanuy, la “corrida de la falleta” de San Juan de Plan, o el salto de la hoguera en Bonansa que contaron también estos días con el apoyo de numerosos residentes y visitantes para arropar su desarrollo.
Aún quedan celebraciones falleras en el Pirineo aragonés. Castanesa las ha programado para este próximo viernes día 30 y la vecina localidad de Aneto el sábado 8 de julio en un ciclo que se cerrará el 5 de agosto en el núcleo de Ginast.
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