COLABORACIÓN || María Díaz Bello

Los pueblos los construyen diariamente las personas que los habitan.

Pomar nunca amanece tarde. A tempranas horas de la mañana ya pueden escucharse los primeros pasos en las calles, todavía tranquilas. De fondo, algún gallo, la campana de la Iglesia y el leve arrullo de alguna tórtola acompañan a los más madrugadores.

La panadería de Miguel, la agricultura y la ganadería con Faustino, Jesús, Santi, Basile y otros al frente son quienes primero despiertan.

Acuden puntuales a la cita de un nuevo día, pero llegan despacio. Así es la vida en Pomar, así es la vida en un pueblo. Requiere trabajo, mucho trabajo, pero no se corre. La prisa no es bienvenida en un entorno que baila su propia danza con el tiempo.

Dentro de los hogares, poco a poco, también se va desperezando la mañana y pronto comienzan a sentirse señales de vida.

Niños que preparan sus mochilas para ir a la escuela ignorando todavía que en ellas van metiendo dosis de futuro. El Rincón de Toño y el Rubio, flanqueando el pueblo, uno a cada lado, esperando a sus convecinos con las puertas abiertas y el café recién hecho. O Jesús, que enciende las luces del conocimiento, de la fantasía, de los relatos, aguardando a sus lectores impaciente por alimentar y saciar su imaginación, su curiosidad.

No tardará tampoco en oírse el bullicio del ayuntamiento, del centro de salud y las pequeñas empresas que salpican el suelo pomarino. La farmacia de Ana, Covadonga y Sonia, la carpintería de Eusebio y Juan Manuel, la herrería de Sebastián, la peluquería de Nuria o la tienda de alimentación de Agne, lugares, todos ellos y entre otros, en los que es habitual encontrarse y que, sin duda, son los puntales que sostienen la oportunidad de que Pomar pueda seguir siendo un pueblo vivo.

Así comienzan los días en Pomar. Así transcurre la vida en un pueblo. En armonía con el entorno, en calma, pero con la determinación de seguir adelante, de no detenerse, de continuar ofreciendo un porvenir.

La naturaleza, el entorno rural, guarda en sus entrañas el secreto de una vida con sentido.

Si observamos con detenimiento, encontramos las claves. Las raíces son seguridad y soporte. Los tallos, los troncos, por los que fluye la savia, el alimento, los nutrientes. Las hojas, símbolo de crecimiento, de libertad, de apertura. El fruto, resultado del trabajo bien hecho, la meta alcanzada.

Vivir en un pueblo es conectar con esta sabiduría natural, con nuestra esencia. Es adecuarse al ritmo y a las leyes que garantizan el equilibrio.

Debemos cuidar de nuestros pueblos. Garantizar su supervivencia. Comprender de dónde venimos. Hacerlo es cuidar de lo que nos hace humanos.

 

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