Expectación y mucha ilusión ante la vuelta de las fallas a Ribagorza

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La alcaldesa de Montanuy, Esther Cereza, se muestra rotunda al expresar lo importante que es para los vecinos de su municipio poder volver a bajar las fallas tras dos años de ausencia. «Es una tradición muy querida y una seña de identidad que se ha mantenido desde tiempo inmemorial por lo que estamos muy contentos de poder recuperarla», comenta la edil recalcando que esta celebración está «muy arraigada» tanto en Montanuy como en sus núcleos de y que se ha revitalizado todavía más desde que en 2015 las fallas pirenaicas obtuvieran la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Una concesión y reconocimiento que les ha servido de caja de resonancia para hacer llegar su singularidad al gran público que, hasta el parón provocado por el Coronavirus, se acercaba cada año en mayor número desde los lugares más insospechados para compartir con los habitantes del entorno pirenaico estas celebraciones sosticiales.
Ahora, tras dos años de dolorosa interrupción, las fallas vuelven de nuevo al territorio de los Pirineos. En Ribagorza ya se han dado a conocer las fechas en que se bajarán desde los “faros” que dominan las distintas localidades que las preservan como algo mágico. Laspaúles, Suils, Villarrué, Montanuy y Sahún –y también la sobrabense San Juan de Plan- lo harán la noche del 23, Bonansa la del 25, Castanesa la noche del 1 de julio, Noales la del 2 para concluir el ciclo fallero ribagorzano la noche del 9 en Aneto.
Con el fuego como elemento primordial simbolizando el poder generador del sol y la regeneración de la vida en el momento en el que se inician las cosechas agrícolas, la ceremonia de las fallas fue muy común en los pueblos pirenaicos. En Ribagorza todavía hace cuatro décadas se vivía con mucha intensidad en Villanova y algo antes en el pueblo vecino de Sesué, aunque ahora en ambas localidades la conmemoración no es sino un recuerdo. También hay constancia documental de fallas en una población tan sureña como Graus, lo que pone de relieve su popularidad y extensión por toda Ribagorza.
Sahún es una de las poblaciones donde las fallas han tenido siempre una mayor respuesta popular. Su alcalde, José Luis Rufat, reconoce que en este solsticio de 2022 hay «muchas ganas por recuperar algo que nuestra gente vive intensísimamente». Por las reservas en la hostelería local y por las demandas de información que se están recibiendo se espera aquí que la afluencia de público para vivir en directo esta ceremonia sea enorme. «Con que consigamos una celebración tan apoteósica como la del 2019, para nosotros será suficiente», comenta el alcalde con una sonrisa mientras recuerda que se está trabajando en el rodaje de un documental «creativo» sobre las fallas en los cinco municipios altoaragoneses que las celebran cuyos responsables aprovecharán esta edición para rodar algunos planos «aunque está previsto que la mayor parte de la producción se desarrolle el año próximo».
Todas las localidades presentan singularidades en las teas que se utilizan para bajar las fallas desde el faro. En Sahún, por ejemplo, el extremo de estas teas de madera está recubierto de corteza de abedul que originalmente bajaban portadas por los mozos del pueblo desde los montes y bosques cercanos. En los últimos años los bosques se han ido cerrando lo que hace peligroso el paso por sus inmediaciones y ha obligado a que las fallas acorten su recorrido sin perder por ello su magia y su poder de evocación como de comunión con las costumbres ancestrales en esta noche del fuego y el agua.
En el cercano municipio de Laspaúles la tradición de las fallas nunca ha corrido peligro de desaparecer. Los habitantes de la cabeza municipal y los de los núcleos de Suils, Villarroé y Neril siguen viviendo con mucha intensidad esta ceremonia mágica y mistérica. «Después de dos años, poder volver a bajarlas supone para todos nosotros una enorme ilusión», reconoce Ignacio Espot apuntando que «por precaución» -y más en un pueblo que pasó muy malos momentos en la primera oleada del coronavirus- se van a suspender este año algunos actos paralelos como la gran cena de hermandad. Aún así, es consciente de que los vecinos tienen muchas ganas de vivir actos sociales «y este de las fallas es uno de los más significativos de nuestro municipio».
Aquí, la gente joven hace limpieza de trasteros recogiendo cualquier cacharro susceptible de ser quemado y todos los zarrios recolectados se llevan hasta el faro que se prende a la caída de la noche en la jornada de San Juan y estas llamas sirven para encender las tiedas o teas que se han fabricado los participantes con madera de avellano. Desde allí la comitiva desciende en una procesión ígnea hacia la plaza mayor de la localidad donde las fallas sirven para encender un segundo faro especular del primero.
Montanuy, y sus núcleos de Castanesa y Aneto, y Bonansa son las otras localidades ribagorzanas donde se conserva esta tradición de las fallas que, con sus peculiaridades locales, se ajustan en líneas generales a un mismo guión que se suele iniciar con la instalación de los faros –troncos de árboles cortados y enhiestos como base de una hoguera en la que acumulan materiales diversos- cuyas ramas sirven para confeccionar las fallas, falletas o antorchas con las que los vecinos, una vez encendidas con los faros, descienden hacia los pueblos creando una suerte de camino de fuego.

En ese recorrido, los jóvenes hacen girar las fallas sobre sus cabezas para trasmitir las propiedades purificadoras del fuego original a todo lo que les rodea. Una vez en el pueblo, las fallas recorren las calles hasta llegar a la plaza donde encienden una gran hoguera en torno a la cual se suele bailar y compartir una cena de hermandad.
Como recuerdan desde el área de Cultura de la Comarca de La Ribagorza, las fallas que se celebran en los distintos pueblos de este territorio son en esencia muy similares, pero es interesante poder ser testigo de todas ellas ya que muchas presentan particularidades propias. Unas fiestas ancestrales, más que milenarias, que ya fueron condenadas por paganas en el Concilio de Constantinopla, en el año 680, pero que han sabido sortear obstáculos y prohibiciones para llegar más vitales que nunca a un momento actual en el que se encuentran bajo el amparo de la Unesco y esa revitalizadora declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Cabe recordar que el nombre de “falla” alude a las antorchas y al juego que se realiza con ellas iluminando fantasmagóricamente la noche más corta del año. La tradición fallaire está relacionada con los cuatro elementos primordiales -fuego, agua, aire y tierra- que son claves de la alquimia y la base del conocimiento esotérico antiguo. Su control y su dominio han sido símbolo de poder y de magia desde tiempos prehistóricos y a su arrimo se ha creado una mitología cuya pervivencia y rastro sigue siendo bien evidente en la actualidad.
En este contexto se enmarca el mantenimiento de la tradición de las fallas en la noche mágica por excelencia, la de esa festividad de San Juan que es una cristianización de la conmemoración ancestral del solsticio de verano y en la que la oscuridad parece vencida definitivamente sólo para ir creciendo paulatinamente en días sucesivos hasta la llegada del solsticio de invierno seis meses después.

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