Calor ambiental y calor humano en el Benabarre más “salvatge”.

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Como en buena parte de España, el calor inmisericorde acompañó durante buena parte de la jornada del sábado los territorios de la parte baja de la comarca de Ribagorza pero no desalentó a las centenares de personas que se acercaron a Benabarre para disfrutar de la representación de un remozado Ball dels Salvatges que, en la que era su puesta de largo tras la concesión de la consideración de Fiesta de Interés Turístico de Aragón, presentó interesantes novedades escenográficas que hicieron, si cabe, todavía más interesante este singular montaje escénico que tuvo como insospechados y desprevenidos protagonistas a los asistentes a una boda hispano-holandesa que se celebró poco antes de la representación en el castillo de la localidad.
Los asistentes, incluso, fueron capaces de convocar con su presencia un soplo de frescor que acompañó al desempeño actoral de los más de cien intérpretes y músicos locales que pusieron en pie esta alambicada representación de impactante estética que sirvió en numerosas poblaciones europeas desde el pasado siglo XIV para escenificar una elaborada metáfora -de hondo significado filosófico- sobre el amor cortés, el instinto y la lujuria y sobre la lucha eterna entre la imagen que el ser humano quiere dar ante los demás y los impulsos que realmente dirigen sus actuaciones.
El “Ball dels Salvatges” volvía a Benabarre tras un año de ausencia en esta cita bienal que recupera un montaje escénico cuyo origen es heredero del movimiento literario que surgió en Europa en los siglos XIV y XV transformando el modo de querer y su concepto. Si hasta entonces –en lo literario y en lo cotidiano- el caballero como espejo de costumbres había de dedicar el amor a su dama, enfrentándose a cuantas empresas le presentara el destino a modo de una novela de caballerías, ahora nacía una nueva intuición que el Hombre –como concepto etnocéntrico- debía doblegar: el instinto. Algo que se popularizó en muchos lugares europeos y se ritualizó en una serie de representaciones similares a este “Ball dels Salvatges” benabarrense que tuvieron notable predicamento hasta bien entrado el siglo XIX.
Benabarre preservó esta singular representación hasta comienzos del pasado siglo y aún quedó constancia para algún montaje parcial en la década de los cincuenta. Gracias al recuerdo de los vecinos más viejos del lugar, este montaje escénico pudo ser recuperado en 2007 con un considerable éxito que se ha mantenido desde entonces. El trabajo del antropólogo Manuel Benito resultó fundamental para conseguir sacar adelante la plasmación de una representación con la que Benabarre da pleno sentido a espectáculos similares –pero parciales- que todavía se preservan en algunas zonas alpinas de Suiza y Alemania o en la localidad española de Béjar.
Lo que el sábado se escenificó de nuevo en la villa ribagorzana tuvo como eje vertebrador a doce mujeres que fueron requebradas sucesivamente por caballeros, cazadores, forasteros y salvajes en una serie de cuadros sumamente ritualizaos y con un profundo simbolismo. Así, la representación dio comienzo con la aparición de las mujeres –simbolizando en lo genérico a la esencia femenina-, el objeto amoroso, realizando un baile de presentación. A continuación, hicieron su entrada los caballeros bailadores, que simbolizan el amor cortés y caballeresco y ejecutaron un baile de cortejo con el que no tuvieron ningún éxito ante unas damas desdeñosas. Los cazadores, menos ceremoniosos que sus predecesores, fueron los siguientes en parecer en escena procurando también –con idéntico resultado negativo- conquistar a la Mujer. En último término, aparecieron los salvajes, cubiertos con pieles de animales, motivos vegetales, suciedad y todo tipo de tocados con motivos naturales. Con los “salvatges” irrumpió también el caos en el baile y en la actuación, la subversión del orden establecido y el escarnio de los dirigentes a los que se sometió a un juicio público.
Pero las damas tomaron el control de la situación e hicieron valer su dominio iniciando la última danza del espectáculo como un –nuevo- símbolo de la recuperación x de la normalidad.
Independientemente de la carga simbólica del montaje, que resulta complicado seguir incluso para el espectador avisado, éste tiene la suficiente presencia escénica como para encandilar al público y hacer de esta representación uno de los momentos mágicos del verano altoaragonés.

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