Expectación en la Baja Ribagorza con la devolución de las primeras obras religiosas retenidas en Lérida

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La Baja Ribagorza asiste expectante al proceso de devolución de los bienes religiosos que está haciendo –por indeseadas entregas como en un mal serial televisivo- el Museo Diocesano y Comarcal de Lérida a requerimiento de los jueces. Las veintitrés piezas que han sido devueltas en el primer lote tienen en común tanto su modestia como su procedencia bajorribagorzana ya que, salvo tres de ellas que salieron en su día de Capella, originalmente se encontraban en distintas localidades que andando el tiempo se integraron en el municipio vecino de Graus.
Hace ya más de medio siglo que los núcleos de Erdao y Bafaluy perdieron la batalla contra la despoblación. Surgidos en la alta edad media a la sombra de la civitas fortificada de Fantova como una avanzadilla de la reconquista cristiana en tierras ribagorzanas, sus tierras abruptas y pobres no les permitieron tener nunca muchos habitantes. Por eso también las escasas pertenencias de sus parroquias, románica y muy interesante -a pesar de su actual ruina- la de Erdao, con trazas renacentistas en su modesta fábrica la de Bafaluy, no destacaron por su riqueza ni factura primorosa, pero ello no fue óbice para que fueran consideradas dignas de incrementar los fondos del museo diocesano que el obispo Messeguer estaba impulsando en Lérida en el último tramo del siglo XIX y principios del XX.
Cinco décadas después de su abandono definitivo, con sus pobladores originales y sus descendientes dispersos por toda España, no queda siquiera en la zona memoria de lo que marchó en su día a la sede episcopal ilerdense pero la relación de lo que ha regresado nos habla de objetos de culto modestos y, en la época en que emprendieron el viaje, muchos de ellos relativamente nuevos. La escasez de parroquianos y el mal estado que ya entonces debían presentar las iglesias debieron aconsejar o justificar el traslado de estas piezas que ahora regresan al Alto Aragón.
Similar circunstancia debió de ocurrir en la vecina localidad de Abenozas, también sumida por entonces en un proceso de emigración de sus vecinos que acabaría a comienzos de los setenta del pasado siglo con su despoblación definitiva. De allí salieron hacia Lérida dos de las piezas que ahora regresan, una pequeña campana de bronce del siglo XVI o XVII y un cáliz de plata, también del XVII, procedentes no se sabe si de la iglesia románica del pueblo o de la vecina ermita de la Virgen de los Baños que, todavía hoy, conserva una honda devoción en la zona.
Al otro lado de la sierra se encuentran los caseríos, disperso el uno, compacto el otro, de Güell y El Soler que -con muchos avatares y problemas- han conseguido mantener hasta hoy una población permanente pero desde donde también salieron sendas piezas de metal para recalar en Lérida. Y algo más al sur, cada vez con menos vecinos pero todavía habitada, se alza la localidad de La Puebla del Mon de cuya modestísima iglesia marchó un pequeño píxide plata del siglo XVII que es, posiblemente, la obra más singular de las ahora retornadas con el primer lote llegado de Lérida.
Mención aparte merecen las dos piezas retornadas desde Portaspana, otro de los despoblados integrados en el municipio grausino, no tanto por su regreso como porque los descendientes del pueblo tienen constancia fehaciente, y muy dolorosa en lo personal, de la salida de otras obras de más valor artístico y sentimental de las que no se hace mención en la relación de los objetos llevados en su día a Lérida. Recientemente fallecido, Andrés Salinas, de casa Montanuy, comentaba a quien quisiera escucharle la bronca que él y su padre habían tenido con unos representantes del obispado ilerdense que llegaron un día al pueblo, entonces habitado, y arramblaron con varias piezas de gran devoción en la localidad. «Mi marido –recuerda su viuda, Pilar Baldellou- contaba cómo se llevaron una preciosa talla de la Virgen del XVI que coronaba un pilaret –peirón- a la entrada del pueblo y el disgusto que tuvieron, que le duró toda su vida». También salieron hacia Lérida desde Portaspana otras muchas piezas, entre ellas un juego de candelabros de notable valor donados en su día a la iglesia por los de casa Montanuy y un retablo de traza gótica «muy bonito» cuya fotografía conserva Pilar en el patio de su hogar grausino.
Completan el primero –es de desear- de los lotes que remite el obispado ilerdense tres piezas, también menores, procedentes de Capella donde, como recuerda el cuidador de la preciosa iglesia parroquial de San Martín, José Gascón, se vive «con la misma expectación que en el resto de la diócesis» este demorado y accidentado retorno del patrimonio aragonés. Con una población que se ha mantenido estable en los últimos doscientos años entre los 300 y los 500 habitantes, Capella no ha sufrido problemas de despoblación pero sí padeció de varios saqueos de su patrimonio religioso. Especialmente famoso en los últimos tiempos por la instrumentalización que hizo la Generalitat de su compra ha sido el caso de un pequeño retablo gótico procedente de su parroquial de san Martín que ya a comienzos del siglo XX estaba en manos del político e historiador catalán Salvador Sempere y que posteriormente se ubicó en la neoyorquina Marie Sterner Gallery. Pero José Gascón recuerda otras piezas que él sí vio en la iglesia cuando era crío como un «extraordinario» misal «del que luego ya nunca se ha sabido nada».

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