Texto: María Díaz Bello. Fotos / Álvaro Calvo.

“La naturaleza es sabia”. Durante siglos, los seres humanos, hemos contemplado con asombro su equilibrio y hemos anhelado incesantemente descifrar sus leyes, explicar el origen de tanta armonía, de tanta belleza.

Tal vez fue esa conciencia colectiva tejida durante siglos la que provocó que Nicolás lo supiera nada mas verla: “La Castañera” había germinado en Lecina por voluntad propia. Decidió deliberadamente crecer entre sus gentes y beber de las aguas que, desde la sierra, nutren el nacimiento del Vero. Y tal vez fue comprender esa verdad lo que llevó al heredero de Casa Carruesco a entregar diariamente –como hicieron sus antepasados–  su tiempo y su respeto a una carrasca milenaria.

 

Nos adentramos en la larga historia de un árbol que se agarró a una tierra noble, cuyas ramas, todavía hoy, son techo bajo el que cobijarse, carpa natural de celebración y danzas, cómplice mudo de amores y alianzas. Testigo de la historia de un pueblo al que dio nombre, Lecina, y de una casa en la que encontró un hogar donde proteger su grandeza.

LA CASA

El olor a café recién hecho se cuela por todos los rincones de la casa. En la sala, resuenan todavía los ecos de voces y risas de otro tiempo. María Jesús se deleita, tras la ventana, con el cotidiano paisaje de su pueblo mientras Felisa desgrana los recuerdos.

Casa Carruesco y “La Castañera” comparten ya más de 500 años de historia en común. Hay quien dice que fue el azar quien cruzó sus caminos y acompasó su andadura, sin embargo, Nicolás Arasanz jamás dudó de que fue fruto de una elección natural y no titubeó a la hora de proteger a “La Castañera” de una quema asegurada en aquella época en la que los carboneros codiciaban su madera. Fue en ese momento cuando se creó un vínculo indestructible entre él y la naturaleza. Y cuando eso sucede, ya no hay retorno. “La Castañera” muestra su gratitud en forma de frutos. Los ofrece generosamente al pueblo que ha sabido quererla, alimentando a sus gentes en momentos de escasez. Nicolás y su mujer lo aprendieron de sus antepasados y, ahora, sus hijas, Felisa y Maria Jesús, cuidan la casa, la hacienda y su memoria.

¿Era Nicolás un visionario?

“Nuestro padre era un enamorado de las plantas y de los animales y era respetado por todos. Le recordamos siempre entre libros o recolectando plantas aromáticas para curar dolencias. Gracias a su pasión por la naturaleza, viajábamos al Pirineo en busca de algunas plantas que aquí no se encontraban”.

LAS GENTES

“La Castañera” observa paciente el transcurrir de los tiempos. Desde su rincón, ha visto nacer y crecer a sus gentes y ha comprendido el sentido de la vida. En su savia todavía se siente el paso de quienes buscaron inspiración bajo su copa y, por ello, sabe de la importancia de trabajar el presente para labrar un futuro.

“La Castañera” acompaña a sus vecinos, les ha visto llorar y reír, celebrar, despedir, luchar y resignarse. Y ahora, convertida en el árbol europeo del año, se erige como adorable consejera. Su elegancia natural parece susurrarles que sigan cuidando lo cercano, lo cotidiano. Que disfruten y celebren los flashes, las cámaras y espots de televisión, y que después, regresen a la calma, a la dicha, a la tranquilidad de un pueblo convertido ya en un símbolo del amor por la naturaleza”.

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