Luis Ruíz Príncipe: “Mi vida ha sido una película, un cuento con suerte”

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Luis Ruíz Principe.

El pasado 25 de febrero, Luis Ruíz Príncipe (1925-2020) desgranaba con un café en la mano todas sus vivencias frente a la grabadora. Habían pasado 86 años desde aquél día en que, mientras acompañaba a su padre, perito electricista encargado de poner en marcha la presa de Mediano, su vida dejó de ser normal. Una guerra, la huída a Francia por Bielsa, campos de refugiados, bombardeos y convertirse en el único testigo vivo de la historia de las cabezas de diamantes de Mediano, marcarían a un niño que –como tantos– vivió desde su inocencia la realidad de un país que caminaba hacia el desastre. Lector diario de periódicos, de curiosidad inagotable, Luis murió a causa del COVID-19 el 4 de agosto.

 

De aquella época en Mediano no hay fotos, solo recuerdos. Tampoco de la geografía francesa a la que la guerra llevó a Luis y su familia a través de Bielsa. Corría el año 1934 y nada ni nadie -y menos un niño-, presagiaban lo que iba a suceder. “De aquella época recuerdo que Mediano era un pueblo de montaña con poca agricultura y muy pocos habitantes. No había luz, la puso mi padre”.

Su padre, Francisco Ruíz, era perito electricista y trabajaba en la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE). Fue el responsable de poner en marcha todo el sondeo de la presa, labor que llevó a cabo junto a Ernesto Marcén López, su cuñado y fundador del PSOE en Aragón. “Una de las primeras cosas que hizo fue llevar la luz al pueblo. Vivíamos realquilados en una casa. Llegaron muchos obreros por la obra. Serían alrededor de 1.500 operarios más los que iban al trabajo desde pueblos como La Fueva o Samitier.”

El pollo del cura

Doña Josefina –la maestra– enseñaba lo normal de la ciudad, las cuatro reglas. Don Gregorio, el cura, no podía ver mucho a mi padre porque no iba a misa”. Con todo ese panorama, un día saliendo del catecismo, a Luís se le ocurrió lanzarle una pedrada al pollo del cura: “Los del pueblo me enseñaron a tirar piedras, encorríamos a los pollos y a las gallinas que iban sueltos por el pueblo. No sé donde fue a parar el pollo, quizá nos lo comimos, pero mi padre, que era muy recto, cuando se enteró me mandó a que se lo pagara al cura y éste no lo quiso cobrar. Años más tarde, mi padre, lo salvaría en plena guerra”. Aquel acontecimiento no le llevó a perder la afición por las piedras, solo cambió de objetivo. Comulgué en el pueblo y no paso nada, seguía tirando piedras. A mi hermano mayor menudas le daba (risas)”.

Llegó la guerra

Luis Ruíz vivió la guerra como una película, en la que las decisiones, apresuradas, las tomaban los adultos. Sus vivencias se concentran en unos cuantos recuerdos. Nunca, más allá de su familia, con la que los compartió en contadas ocasiones, hablaba de ello. Aprendió el silencio de sus padres, de una posguerra marcada por la represión y el sinsentido.

“Como niño no le dabas importancia. El miedo, el bombardeo, todo eso de ver muertos…”.

En Mediano, donde anarquistas y socialistas se repartían la afiliación de los más de mil trabajadores, la vida no fue fácil. “Al estallar la guerra, los anarquistas fueron a quemar la iglesia. Mi tío y mi padre les dieron orden de que no se acercaran, que al que se acercase, lo echaban del partido. Don Gregorio –el curase escondió en el entremón, mi padre lo mandó llamar y se hizo responsable de su vida. Lo tuvo trabajando de paisano en la oficina de la UGT que había en el pueblo hasta que se pudo ir a Barcelona, donde tenía familia”.

En aquellos años, Luis vivió en primera persona los acontecimientos que marcaron su carácter. Cuando la División 43 tomó Bielsa, entre sus filas estaban “Longás, (alcade de Tauste), Marín (Alcade de Ejea) y, de chófer, Lerín, el mítico portero del Zaragoza. Mi padre había recogido todas las armas del pueblo, que estaban en mi casa. Todos conocían a mi tío, que lo habían fusilado en Zaragoza. El comisario Castillo nos dijo que nos avisaría para evacuar…cogimos por la orilla del Cinca, andando con las tropas, íbamos toda la familia, mis primas, mis tíos, mis hermanos y mis padres”.

Luis recuerda la madrugada del 13 de abril del 38. En Parzán, les sorprendió una nevada. Los soldados estuvieron toda la noche haciendo senda, para que civiles y tropas pudieran pasar a Francia. Él no lo sabía, pero no iba a ser la única huída a Francia durante la guerra. Ocho meses después, en la Navidad del 38, volvería a andar, esta vez entre Barcelona y Gerona, para acabar en un campo de refugiados de Bretaña y luego de Dunquerque (junto a Bélgica). Su memoria de niño se llenaría de nuevo de imágenes trágicas, pero también de solidaridad, de odio e ignorancia…de respeto a pesar de la guerra.

La historia de las cabezas de diamante.

Francisco Ruíz y Ernesto Marcén eran los responsables de custodiar las cabezas de prospección de las obras de la presa. Aquellas cuatro cabezas tenían incrustados diamantes industriales de gran valor. Las custodiaron secretamente entre el escaso equipaje de la familia, cuando cruzaron a Francia por Bielsa. Ocho meses después, volvieron para entregarlas en Barcelona, en la CHE. “Los de la Confederación dijeron que las habían robado, que menuda vida se iban a pegar en Francia con lo que sacaran de los diamantes, pero la verdad, como se demostró posteriormente, es que mi padre y mi tío las entregaron en Barcelona”. Un ejemplo de cómo, la honradez, a pesar de lo trágico de la vida, es uno de los valores más apreciados de nuestro tiempo. Para la CHE, los encargados del Pantano de Mediano nunca existieron. Nunca cobraron una jubilación y tuvieron que buscarse otros trabajos con los que sobrevivir.

Luis Ruíz Príncipe aprendió en la guerra y en las diferentes geografías, a las que la vida le llevó. Aprendió a lanzar pedradas a las gallinas, a hablar francés, que usaba en el campo de refugiados para ir a por las medicinas que necesitaban los españoles, aprendió la importancia de los silencios y la virtud de la honradez…  y acabó siendo, dicen sus hijas, “uno de los mejores torneros mecánicos de Zaragoza”.

Me hubiera gustado leer junto a Luis esta entrevista. Un relato corto para la vida que adiviné en casi dos horas de café compartido. Por eso, he mantenido sus frases intactas, acompañadas de unas comillas que buscan hacernos escuchar -todavía- su voz quebrada por los años. Su único interés al concederme esta entrevista fue, quizá, demostrarnos que las circunstancias trágicas de la vida también consiguen construir buenas personas. (Gracias a Belén y Pilar, sus hijas, por la oportunidad de conocerle y escuchar su historia). D.E.P.

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