Monzón celebra la entrega de premios del I Concurso de Relatos Intergeneracional “Salud en Letras”

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El pasado 29 de abril de 2026 se celebró en el Salón de Actos de la Casa de la Cultura de Monzón la entrega de premios del I Concurso de Relatos Intergeneracional “Salud en Letras”, una iniciativa comunitaria impulsada por el Centro de Salud de Monzón Urbano en colaboración con el Ayuntamiento, la Biblioteca Municipal Ramón J. Sender, los centros educativos de secundaria y el Hogar de la Persona Mayor.

Este proyecto, enmarcado en el trabajo comunitario que se desarrolla en la localidad y alineado con la Estrategia de Salud Comunitaria de Aragón, tiene como objetivo fomentar la reflexión sobre la salud desde una perspectiva amplia —física, mental, social y comunitaria— a través de la escritura y el encuentro entre generaciones.

El concurso ha contado con la participación de alumnado de 2º de ESO de los centros educativos de Monzón y de personas mayores de 60 años de Monzón, Selgua y Conchel. Su carácter intergeneracional ha sido uno de sus aspectos más destacados: los jóvenes han escrito relatos protagonizados por personas mayores, y estas lo han hecho sobre adolescentes, favoreciendo así la empatía y el intercambio de experiencias.

Durante el acto, que reunió a participantes, familiares, profesionales y representantes institucionales, se reconoció la calidad y sensibilidad de los relatos presentados. Se otorgaron premios en las categorías de jóvenes y mayores —primer premio y dos accésits en cada una—, así como el Premio al relato inclusivo “Salud en Diversidad”, dirigido a visibilizar la diversidad en el ámbito de la salud y promover valores de igualdad e inclusión.

El jurado, formado por representantes del ámbito sanitario, social y cultural, destacó el alto nivel de participación y la capacidad de los relatos para abordar la salud desde distintas miradas.

Desde la organización se subraya que esta iniciativa va más allá de lo literario y se enmarca dentro del trabajo en salud comunitaria, poniendo el foco en aspectos que influyen en la salud más allá del ámbito sanitario, como el entorno, las relaciones y la vida en comunidad.

El éxito de esta primera edición sienta las bases para dar continuidad a este tipo de iniciativas, que utilizan la creatividad como herramienta para fomentar el bienestar y la cohesión social.

RELATOS

VOY A SER EL CAMBIO

¡ No puedo más ! , ¡ estoy desbordada !

En casa no ayudo lo suficiente,  me dicen mi madre y mi abuela. Debo cuidar de mis hermanos, ayudarles en sus tareas escolares, acompañarlos al médico, a las tutorías del colegio. Hacer la compra con mi madre o con mi padre, asistirlos en todas las gestiones administrativas (banco, Ayuntamiento, Servicios Sociales, permisos de trabajo, suministros, etc.) porque soy la que mejor habla, lee y escribe español, ¡vamos!, que soy la intérprete oficial de la familia. Sin descuidar las tareas domésticas, porque soy mujer.

En el colegio, debo esforzarme al máximo para obtener buenos resultados académicos y compensar la falta de tiempo y medios para estudiar, además de intentar encajar con los compañeros de este nuevo curso –cómo me visto, cómo y de qué hablo, cómo huelo, con quien voy en el recreo y con quien me junto para los trabajos en grupo y para la gimnasia-. Menos mal que por lo menos me gusta estudiar. Mi hermano mayor lo tiene mejor: es chico y con un balón en los pies, en el campo de fútbol o en el patio, se le abren puertas y diluyen barreras.

En la calle, sigo yendo a la mezquita, me pongo el hiyab, salgo en grupo con los míos pero intento participar en algunas actividades del “Espacio Joven”, voy a la Biblioteca, hago algo de ejercicio físico y empiezo a relacionarme con otra gente.

Sólo tengo 14 años. Hace cinco años que vinimos desde Fez, mi madre, mi abuela, mi hermano mayor y mis dos hermanas menores; mi padre ya llevaba unos cuantos años en España. Y siento que no soy de allí ni de aquí, no sé a cuál de los dos mundos o culturas pertenezco, no encajo en ninguno de ellos pero, un día oí, “que el verdadero cambio debe venir de la mano de las mujeres”…

Me llamo Nour, que significa “luz” o “resplandor”. Yo voy a iluminar, acompañar y abrir camino tendiendo puentes, soy de allí pero puedo y quiero un futuro aquí. Aprovecharé las oportunidades que se me brindan, sin olvidar las costumbres y creencias de mis mayores pero adaptándolas e incorporando conocimientos, valores y nuevas ideas de igualdad, respeto y tolerancia.

Voy a ser el cambio.

BARALIA (Ana M.ª Próspero Gavín – Ganadora premio Categoría Premio al relato inclusivo “Salud en Diversidad”)

NO CREZCAS ES UNA TRAMPA

Tengo 13 años y siempre tengo mucha prisa, prisa por salir con mis amigos, por acabar los deberes rápido, que llegue el fin de semana, y que empiece el verano. Tengo prisa en crecer. Realmente los días me pasan volando. A veces es lunes y cuando me doy cuenta ya es otra vez viernes, y aun así quiero que pase el tiempo más rápido.

Para mi bisabuela el tiempo no pasa igual para ella los días son largos.

Ella me cuenta que por las mañanas se queda mirando por la ventana, desde ahí ve a los chicos y chicas bajando hacia el instituto, hablan rápido, se ríen fuerte, caminan deprisa. Le recuerda a cuando ella también tenía prisa por crecer.

Y yo creo que tiene razón.

Cuando voy a su casa todo parece más lento, el reloj suena fuerte, la tele baja y no hay móviles. Al principio me parecía raro pero ahora me gusta.

Mi bisabuela tiene 85 años me gusta sentarme con ella en el sofá, sabe muchísimas cosas, yo le digo a ella que es mejor que un libro de historia, siempre se ríe. Me cuenta como era Monzón cuando ella era pequeña, cuando casi no había coches, ni internet, las noticias tardaban días en llegar, los niños jugaban en la calle hasta que anochecía, que la gente hablaba más entre los vecinos y que la vida no iba tan rápido, parece que me habla de otro planeta.

A veces repite cosas, pero no me importa. Sé que le gusta recordarlas. Cuando sonríe parece que vuelve a ser niña otra vez. A mí me encanta escucharlas.

Un día le dije que yo nunca paraba de hacer cosas que siempre tenía algo que hacer, ella sonrió y me dijo: no tengas tanta prisa en crecer. La vida corre sola.

No entendí muy bien lo que quería decir hasta que me explico que cuando te haces mayor el tiempo cambia, recuerda que ella no tenía nunca tiempo para ella y ahora tiene demasiado.

Que lo más difícil no son los dolores o las pastillas sino el silencio, cuando la casa se queda callada y nadie entra por la puerta.

Eso me hizo pensar que la salud no solo es estar enfermo también es sentirse solo.

Nosotros vivimos con el móvil en mano contestando mensajes y viendo vídeos. Si algo tarda más de unos segundos ya nos parece lento. Vivimos corriendo y nos olvidamos de los que caminan despacio. Pero cuando estoy con ella el tiempo parece diferente, hablamos sin mirar la hora y a veces en silencio miramos el castillo por la ventana.

Antes yo pensaba que hacerse mayor era tener arrugas y andar más despacio. Pero mi bisabuela me ha hecho entender que es mucho más que eso, es tener muchos recuerdos lejanos y experiencia de la vida, Echar de menos a personas que ya no están y muchas cosas más.

A veces para estar bien de verdad solo hace falta parar y escuchar.

Un día antes de irme me agarró de la mano y me dijo:

No tengas tanta prisa por crecer. La vida corre sola.

Sombra del Castillo (Iker García Gibanel – ganador 1º premio Categoría Jóvenes 2ºESO)

APRENDER A QUEDARSE

Irene tiene quince años y vive en una ciudad que no siente suya.

Cuando sus padres se trasladaron, todo parecía sencillo. Un cambio, una oportunidad, empezar de nuevo. Ella también lo pensó. Creyó que bastaría con aprender nuevas calles, unos nuevos horarios. No imaginó que lo más difícil no sería orientarse en el mapa, sino entender a las personas.

En clase escucha más de lo que habla. El idioma le llega a medias, como una canción mal sintonizada. A veces reconoce las palabras, pero no el sentido. Otras veces entiende la frase entera, pero no el tono. Las bromas pasan rápido, se apoyan en gestos, miradas, referencias que ella no tiene. Cuando cree que debería reírse, los demás ya están hablando de otra cosa.

Entonces sonríe tarde. Y eso también se nota.

Hablar le da miedo. Equivocarse delante de todos. Pronunciar mal, usar una palabra que no encaja, responder algo que no era lo que se esperaba. Cada frase es un cálculo. Cada silencio, una forma de protegerse.

En el instituto nadie la espera. Nadie dice su nombre al verla llegar. Se sienta dónde queda un sitio y procura no llamar la atención. Aprender a ocupar poco espacio, a pasar desapercibida, a no interrumpir conversaciones que no la incluyen.

A veces oye su nombre dicho de forma distinta, con acento exagerado, acompañado de risas. Otras veces no oye nada, pero nota las miradas. El idioma la delata incluso cuando no habla. La deja fuera aunque esté sentada en la misma aula.

Sus compañeros se mueven con naturalidad. Se interrumpen, se entiende sin terminar las frases, se ríen sin explicarse. Irene observa desde fuera, intentando memorizar cómo se pertenece a un sitio. Le gustaría entrar en esa normalidad, pero no sabe por dónde.

En los recreos se queda sola. Saca el móvil sin encenderlo, como si esperara un mensaje que no llega. Escucha conversaciones fragmentadas que no son para ella. El ruido del patio le resulta lejano, como si estuviera detrás de un cristal.

Sus notas han bajado. Antes estudiar era algo automático, ahora las palabras del libro se mezclan con las del aula y ninguna termina de quedarse. Lee despacio, vuelve atrás, se cansa rápido. Hay un agotamiento que no se va durmiendo y una tristeza que aparece sin avisar.

Algunos compañeros se ríen de cómo pronuncia, de su acento, de que siempre vaya sola. A veces son comentarios sueltos, otras veces imitaciones, risas compartidas que no necesitan palabras. Irene aprende que el silencio también puede herir. Que no hace falta insultar para dejar a alguien fuera.

Ha perdido su vida anterior. No de golpe, sino poco a poco. La ha ido perdiendo en los detalles: en no saber a quién contarle algo, en no tener a dónde ir después de clase, en no sentirse parte de nada. La vida que tenía antes sigue existiendo en su cabeza, intacta, pero demasiado lejos.

La echa de menos como se echa de menos a alguien que ya no va a volver. El camino conocido, las voces familiares, la facilidad de ser. Aquí todo cuesta mucho.

Un día va al médico. No porque ella lo haya pedido, sino porque ya no puede esconderlo. Le hacen preguntas que contesta con frases cortas. Le dicen palabras que no termina de entender del todo, pero que pesan. Después empieza a ir al psicólogo.

Las primeras sesiones son incómodas. Se sienta en una silla y mira alrededor. No sabe por dónde empezar. Piensa que lo suyo no es tan grave, que hay personas con problemas de verdad. Hablar de lo que ha perdido le parece exagerado, como si no tuviera derecho a quejarse, en realidad se siente avergonzada, piensa que a lo mejor es culpa suya.

Poco a poco entiende que cambiar de idioma no es solo cambiar de palabras. Que quedarse callada también cansa. Que vivir sin pertenecer duele. Empieza a darse cuenta de que lo que siente es una pérdida, aunque no haya funerales ni despedidas.

Nada mejora de repente. Sigue sin encajar. Sigue habiendo días en los que no quiere ir al instituto, días en que la tristeza pesa más que la mochila. Sigue estando sola muchos recreos. Pero ahora sabe que no está rota. Que es capaz de seguir. Que está atravesando algo.

Está pasando un duelo, no ha perdido a nadie, pero ha perdido, su vida anterior y esa versión de ella misma, el sentimiento de pertenencia. Ahora todos es provisional, incluso ella.

Le dijeron que adaptarse lleva tiempo pero no le dijeron que también duele. Ni que, a veces, aprender a quedarse es lo más difícil.

Seudónimo: Pandora (MªNieves Pociello Bafalluy – ganadora 1º premio Categoría Mayores de 60 años)

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