OPINIÓN || Carlos Loncán

Presidente de la Asociación Belenista Isaac Lumbierres

En estos días, todo parece ir demasiado rápido. Llegan las luces, las prisas, los eventos… y casi sin darnos cuenta, la Navidad se convierte en algo que pasa por fuera y no por dentro. Pero hay un gesto sencillo que nos ayuda a recordar lo esencial: montar el belén.

Cuando abrimos la caja y vamos colocando las figuras, algo se calma. Ese pequeño pueblo nos habla sin palabras. Allí nadie presume de nada. La mujer que amasa pan, el artesano que trabaja la madera, el pastor que cuida su rebaño… Todos hacen su vida con sencillez, con cuidado, con dedicación. Y aun así, todos tienen algo que ofrecer.

Y al fondo, casi en silencio, el Niño. Tan pequeño, tan frágil. No llega con ruido, sino con ternura. No reclama nada, solo nos invita a acercarnos. Su presencia nos recuerda que lo más valioso no se compra: se comparte. El tiempo, la escucha, la compañía, la mesa…

Quizá la Navidad sea eso: volver a mirar a los demás con más paciencia, más cariño, más verdad. Recordar que nadie tiene por qué estar solo. Que la alegría no viene de tener más, sino de estar más cerca los unos de los otros.

Montar el belén es, cada año, decirnos a nosotros mismos que todavía creemos en la luz. Y que, mientras la busquemos juntos, seguirá brillando. Feliz Navidad.

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