COLABORACIÓN || Rubén Ajates. Maestro y escritor
…el último día de clase, abandonando el desierto florido, toma asiento. Poniendo en orden sus emociones, con la única compañía del vacío, el maestro observa, congelados, los momentos allí vividos.
En la biblioteca todavía quedan piratas, dragones, cowboys espaciales… leyendas de ayer, cuentos de hoy que navegan entre las manos de quienes recibieron el título de príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra.
A tres baldosas de distancia, dos mesas bajo un toldo hicieron las veces de mercado, no solo en las clases de Matemáticas, también en las de Literatura, donde el atrezo terminaría por convertirlos en Quijote y Sancho ante la venta de Juan Palomeque.
Allí, entre las ventanas que, alcanzando el patio, amortiguaron el efervescente bullicio de las clases de Educación Física, un gran mural —fruto de la última unidad de Ciencias— mostraba el proyecto que los había acercado a la vida en el faro.
Cerámicas, acuarelas, óleos… eran el perfume con el que las clases de Plástica habían ido impregnando cada uno de los poros de aquel crisol de voces. Voces todavía poderosas, como la interjección «¡Vuelen alto!», lema, reto, que los había acompañado ese curso y que, avanzando hacia la puerta, parecía despedirse de todos ellos y sin excepción al sonar la campana.





















