COLABORACIÓN || Andrea Sorinas. Nutricionista
Llega el verano y, con él, los horarios se descolocan. Cenamos más tarde, comemos fuera, picoteamos en la piscina, brindamos en las fiestas del pueblo. Y casi sin darnos cuenta aparece esa «tripilla del chiringuito» que a la vuelta a la rutina se desinfla sola. Hasta ahí, normal.
Lo que no es normal es llevar meses, incluso años, conviviendo con una tripa hinchada que no sabes de dónde viene, acompañada de gases, diarrea o estreñimiento, cansancio y dolor. En verano simplemente le prestas más atención: al quitarte capas se hace evidente, te incomoda escaparte una y otra vez al baño, y comer fuera dispara síntomas que en casa controlabas a duras penas.
Es fácil pensar «será el calor» o «es la edad». A veces sí. Pero cuando los síntomas se repiten verano tras verano, detrás puede esconderse otra cosa: estreñimiento crónico, SIBO (sobrecrecimiento bacteriano), una intolerancia real o una celiaquía sin diagnosticar.
Lo sé de primera mano: soy nutricionista celíaca y conozco lo que es pasarse años sin entender qué le ocurre a tu cuerpo.
Por eso te pido tres cosas: no normalices esos síntomas, acostumbrarse no es estar sana; no retires alimentos por tu cuenta —y menos el gluten, porque sin diagnóstico puede esconder una celiaquía durante años—; y busca a un profesional que mire el conjunto.
Tu tripa no es tu enemiga. Es la mejor mensajera que tienes.





















