OPINIÓN || Angélica Morales. Escritora
Recuerdo el olor a pastas dentro de casa, ese perfume a anís que lo inundaba todo cuando hacíamos tortas y galletas de navidad con nuestra vecina. Pedíamos prestadas las bandejas al horno del barrio. Nos pasábamos toda la noche amasando y decorando y haciendo viajes con aquellos dulces en mitad de la oscuridad, alumbrados tan solo por esa luz pálida de las cuatro farolas que jalonaban la calle.
Me sentí mayor formando parte de esa tribu que confeccionaba dulces. Luego, una vez horneadas, nos repartíamos el botín y los depositábamos en unos barreños. Había dulces hasta finales de enero y cada día perdían más su textura hasta convertirse en una masa blanda en la boca. Eso era la navidad, algo que crecía de pronto y luego se apagaba como si fuese un sueño.
De aquellos años recuerdo la inocencia, su peso de plomo dentro del pecho, elaborar la lista de reyes y desear con todas mis fuerzas que apurasen las copas de mistela y se comiesen los turrones. Imaginaba los camellos estirando su cuello hasta llegar a mi balcón, sus lenguas de esparto dándole lametazos al azúcar, masticando la lechuga o los pedacitos de manzana. Pensaba que hablaban y que mientras engullían los manjares decidían si había sido merecedora de los regalos que cargaban o por el contrario debían obsequiarme con la cestilla de carbón.
Definitivamente la navidad es una luz que lucha contra la sombra que somos el resto del año, un prado donde solo tiene cabida la dicha, un espejismo que nos recuerda que, las espinas, de vez en cuando, también son comestibles.






















