El fuego de las fallas iluminará de nuevo la Ribagorza pirenaica la noche de San Juan

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El fuego, el agua, el aire y la tierra son los cuatro elementos claves de la alquimia y la base del conocimiento esotérico antiguo. Su control y su dominio han sido símbolo de poder y de magia desde tiempos prehistóricos y a su arrimo se ha creado una mitología cuya pervivencia y rastro sigue siendo bien evidente en la actualidad.
Una de estas evidencias es la del mantenimiento de la tradición de las fallas en la noche mágica por excelencia, la de esa festividad de San Juan que es una cristianización de la conmemoración ancestral del solsticio de verano y en la que la oscuridad parece vencida definitivamente sólo para ir creciendo paulatinamente en días sucesivos hasta la llegada del solsticio de invierno seis meses después.
Sahún, Laspaúles, San Juan de Plan, Montanuy, Suils y Villarroé –donde los festejos se celebran en la intimidad y sin trascendencia pública- son las localidades altoaragonesas que vivirán su fiesta solsticial en la noche previa a San Juan, la del 23, mientras que Bonansa celebrará las fallas la noche del 24, Castanesa la del viernes 30 y Aneto el sábado 8 de julio para concluir el ciclo fallero con la programación, ya más alejada en el tiempo, de las fallas del núcleo de Ginast el 5 de agosto.
Todas ellas preservan una tradición que históricamente estuvo muy extendida en toda la cordillera pirenaica pero que se ha ido perdiendo en muchos lugares, sobre todo a lo largo del pasado siglo XX.
Con el fuego como elemento primordial simbolizando el poder generador del sol y la regeneración de la vida en el momento en el que se inician las cosechas agrícolas, la ceremonia de las fallas fue muy común en los pueblos pirenaicos. En Ribagorza todavía hace tres décadas se vivía con mucha intensidad en Villanova y algo antes en el pueblo vecino de Sesué, aunque ahora en ambas localidades la conmemoración no es sino un recuerdo. No obstante, en otras poblaciones próximas siguen conservando toda su pujanza y en los últimos años están cobrando incluso nuevos bríos que garantizan su pervivencia en el tiempo.
En Sahún, por ejemplo, las fallas son unas grandes teas de madera cuyo extremo está recubierto de corteza de abedul que originalmente bajaban portadas por los mozos del pueblo desde los montes y bosques cercanos. En los últimos años los bosques se han ido cerrando lo que hace peligroso el paso por sus inmediaciones y ha obligado a que las fallas acorten su recorrido sin perder por ello su magia y su poder de evocación como de comunión con las costumbres ancestrales en esta noche del fuego y el agua.
«Esta noche es fantástica, es pura esencia y pura emoción que te retrotrae a un período en el que el mundo era joven», comenta Lourdes Ascaso quien recuerda que es característico de estas fallas el que los porteadores las volteen por encima de sus cabezas creando unos fantasmagóricos dibujos con el telón de la noche como fondo en una jornada doblemente especial ya que es también el día grande de unas fiestas patronales «que no serían lo mismo sin ellas».
«La costumbre es que sea el último hombre que se haya casado el que prenda el faro u hoguera» explica, apuntando que existen diferentes tipos de fallas y diversas maneras de vivirlas en las localidades que las han preservado, pero que en todas ellas sigue vigente una especial comunión entre las gentes, los montes y el fuego. ««Las fallas –recuerda- jamás han provocado un incendio porque la gente sabe cómo hacerlas, cómo llevarlas y cómo voltearlas».
En el cercano municipio de Laspaúles la tradición de las fallas nunca ha corrido peligro de desaparecer. Los habitantes de la cabeza municipal y los de los núcleos de Suils y Villarroé siguen viviendo con mucha intensidad esta ceremonia mágica y mistérica. «Durante toda la semana previa, la gente joven hace limpieza de trasteros recogiendo cualquier cacharro susceptible de ser quemado y todos los zarrios recolectados se llevan hasta el faro que se prende a la caída de la noche en la jornada de San Juan y estas llamas sirven para encender las tiedas o teas que se han fabricado los participantes con madera de avellano» explica Raquel Alegrete, vecina de Laspaúles, recordando que desde este faro la comitiva desciende en una procesión ígnea hacia la plaza mayor de la localidad donde las fallas sirven para encender un segundo faro especular del primero.
Montanuy y sus núcleos de Castanesa, Ginast y Aneto y Bonansa son los otros municipios ribagorzanos donde se conserva esta tradición de las fallas que, con sus peculiaridades locales, se ajustan en líneas generales a un mismo guión que se suele iniciar con la instalación de los faros –troncos de árboles cortados y enhiestos como base de una hoguera en la que acumulan materiales diversos- cuyas ramas sirven para confeccionar las fallas, falletas o antorchas con las que los vecinos, una vez encendidas con los faros, descienden hacia los pueblos creando una suerte de camino de fuego.
En ese recorrido, los jóvenes hacen girar las fallas sobre sus cabezas para trasmitir las propiedades purificadoras del fuego original a todo lo que les rodea. Una vez en el pueblo, las fallas recorren las calles hasta llegar a la plaza donde encienden una gran hoguera en torno a la cual se suele bailar y compartir una cena de hermandad.

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