El retablo de la iglesia de Capella sí tiene quien le escriba

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Numerosos especialistas consideran que el retablo de San Martín que se conserva en la iglesia parroquial de Capella, en Ribagorza, es una de las obras cumbre de la pintura de la Corona de Aragón en el primer tercio del siglo XVI. Razón no les falta; este monumental conjunto pictórico ya plenamente imbuido de los aires renacentistas que triunfaban en toda Europa es de una exquisita factura técnica y de una delicada estructura compositiva en las que hasta el más profano en materia artística adivina la mano de un gran maestro.
Dedicado al titular del templo capellense, en cuya vida y milagros se centra el piso superior, cuenta con escenas complementarias sobre los gozos de la Virgen y la infancia de Cristo, la Pasión –desarrollada en la predela o bancal inferior-, y la Resurrección, Ascensión, Pentecostés, Dormición de la Virgen y la Coronación de María. Dos grandes tablas a modo de puertas con las imágenes de San Pedro y San Pablo enmarcan la predela y completan la iconografía de este retablo encargado originalmente al prestigioso pintor alsaciano-borgoñés instalado en Barcelona Juan de Borguña. No obstante, su fallecimiento antes de que comenzara a trabajar para la “universidad” o concejo ribagorzano hizo que el encargo recayera en el portugués Pedro Núñez –o Nunhes- quien, en colaboración con Enrique Fernández, inició su trabajo a partir de 1527 tras comprometerse a ello en un pormenorizado contrato por el que se garantizaba la finalización de la obra en un plazo de tres años.
Como contratante, el concejo de Capella fijaba, entre otros aspectos, las calidades de los materiales utilizados en el retablo, la cantidad de azur –muy costoso en la época- y de oro fino «de calidad» en la mazonería y en los adornos y nimbos y las escenas que tenían que aparecer y se fijaba el coste de este conjunto pictórico en la considerable cantidad de 8.500 sueldos jaqueses.
Como Boguña, Núñez estaba considerado entonces como uno de los grandes maestros ejercientes en el reino de Aragón y gozaba de un considerable prestigio que, a tenor de la maestría con que ejecutó este retablo de Capella, no era en absoluto inmerecido. Una maestría que no ha escapado a los estudiosos del arte que, como Sanpere, Del Arco o Madurell, ya desde comienzos del pasado siglo advierten de la importancia de este conjunto pictórico ribagorzano mucho más desconocido entre los profanos, e incluso entre muchos de los aficionados y expertos en arte, de lo que debiera.
Para tratar de revertir este desconocimiento, el profesor y divulgador Francisco Martí Fornés acaba de publicar el imprescindible libro “Capella y su retablo” editado por la Editorial Pirineo y que era presentado oficialmente in situ este pasado fin de semana ante una atenta concurrencia en la propia iglesia que lo acoge y a la que el autor ha cedido los derechos de la publicación.
El párroco titular, mosen Julián Sepúlveda, introducía esta presentación y agradecía a Martí esta publicación que, recalcaba, «permite descubrir de manera científica, histórica y artística el enorme patrimonio que atesora Capella» y que no se circunscribe únicamente al citado retablo porque el libro abunda también en otros elementos del legado patrimonial de la localidad como su monumental puente medieval de ocho arcos –«uno de los cinco mejores que se conservan en España de esa época», según Martí- o el sorprendente conjunto de edificaciones religiosas de estilo románico que atestiguan el esplendor y pujanza del pueblo por aquel entonces.
Tras unas breves palabras del prologuista, el profesor de la Universidad Pompeu y Fabra Francesc Mingorance, descendiente de la localidad, Francisco Martí ofreció una docta conferencia en la que profundizó tanto en la importancia histórico-artística de este retablo como en la iconografía de las dieciocho tablas que lo componen.
«Están distribuidas en cuatro calles y un banco o predela, a lo que hay que añadir las tablas laterales con los Padres de la Iglesia San Pedro y San Pablo», apunta el autor explicando que en las tablas del piso superior, las dedicadas específicamente al titular de la iglesia, se ve, de izquierda a derecha, a San Martín partiendo su capa, su consagración como obispo de Tours, su muerte y un milagro realizado por el santo por el que dos paralíticos sanan junto a su lecho mortuorio.
Una disposición de izquierda a derecha que varía en el resto del retablo porque, como señala el autor, «en los pisos inferiores el orden se altera y bajo la tabla de San Martín cortando su capa se suceden, de arriba abajo, la Anunciación y la Natividad, a su derecha la Epifanía y la Resurrección, al otro lado la Ascensión y Pentecostés y el tránsito de la Virgen y su Coronación». Ya en la predela, flanqueadas por las tablas de San Pedro y San Pablo en los laterales, otras cuatro tablas se centran en la pasión y Muerte de Jesús e ilustran la Oración en el huerto, la caída camino del Calvario, el Descendimiento y el Santo Entierro.
Todas las pinturas son de indiscutible mérito, pero lo que ya no está tan claro es la autoría de cada una de ellas porque lo que parece evidente es que el estilo del retablo no es completamente homogéneo y que hay, al menos, dos autores diferenciados. No obstante, los estudiosos no coinciden a la hora de a quien adjudicar cada tabla decantándose unos por un mayor protagonismo de Núñez y otros por Fernández, sin descartar la obvia participación –con mayor o menor protagonismo- de los ayudantes del taller. Algo que no minimiza la calidad de un conjunto pictórico que es una auténtica joya del patrimonio artístico aragonés.

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