El sorprendente Museo de Iconos “Virgen de la Peña”, un canto al ecumenismo en Graus.

0
1363
Constancio e Itziar en una de las salas del Museo (Foto: Angel Gayúbar)

Ribagorza es tierra de sorpresas y de descubrimientos. La más nororiental de las comarcas altoaragonesas encierra un riquísimo legado paisajístico, histórico y patrimonial muchas veces injustamente infravalorado cuando no totalmente desconocido, incluso por los propios ribagorzanos.
Es también tierra de museos; impactantes unos, curiosos otros, interesantes todos. Entre la veintena larga de espacios museísticos existente en la actualidad, los hay de arte religioso -algunos tan majestuosos como el conjunto catedralicio de Roda-, de antropología y usos y costumbres del territorio, de dinosaurios, de maquetas navales y aéreas, de la electricidad, de historia y tradiciones, sobre las brujas que existieron en el entorno del Turbón, el delicioso de los juegos tradicionales, etnográficos, del traje, de la fauna…; una sugerente oferta que permite al interesado otra manera de conocer y disfrutar esta comarca.
Uno de estos museos, el grausino de Iconos enclavado en la basílica de la Virgen de la Peña, acaba de cumplir ahora veintiún años, una edad que hasta hace no tanto otorgaba la mayoría de edad y a la que ha llegado con una profunda remodelación para esta nueva campaña de verano que permite una mirada diferente sobre su cada vez mayor y más variada colección expositiva.
El Museo de Iconos no engaña con su nombre; es eso, uno de los mayores espacios expositivos e interpretativos existentes en España sobre el arte ortodoxo por antonomasia. Enclavado en las antiguas dependencias hospitalarias –de hospedaje de y parada de peregrinos- de la basílica de la Virgen de La Peña que le da nombre, este museo propone una aproximación didáctica y estética al arte del cristianismo oriental a través de una cuidada selección de obras originales y de reproducciones que nos acercan a varios de los ejemplos emblemáticos de lo que en España se vino en denominar “arte bizantino”.
Lo hace sin especiales pretensiones de apabullar al espectador y visitante con la riqueza de sus colecciones artísticas, aunque guarda algunas obras de indudable mérito, sino con el ánimo de interesarle en esta manifestación artística y en su alcance religioso como plasmación para el creyente de la palabra de Dios. Y también con la voluntad explícita desde el primer momento de su puesta en marcha de convertirse en punto de encuentro ecuménico e interconfesional.
En esta nueva temporada, el museo grausino presenta una remodelación y ampliación de sus colecciones, aunque mantiene incólume su vocación didáctica, y ha reorganizado especialmente la séptima de sus salas permanentes dedicada al arte de los coptos etíopes. Según comenta el director del espacio, el profesor y teólogo Constancio Arigita, esta parte del conjunto expositivo ubicada en el torreón que domina el edificio «tiene mucho que agradecer a la colaboración del museo con dos ONGs volcadas con los niños abandonados de Etiopía; Enterachen y Cielo 133». Por su mediación han llegado a Graus una singular representación de las repujadas cruces de metal y madera y de los característicos iconos pintados sobre piel de cabra, además de vestimentas sacras, amuletos, dagas y otros objetos que acercan al espectador sus costumbres y obsesiones religiosas, «muy alejadas de las occidentales e, incluso, de la ortodoxia oriental ya que están influenciadas por el animismo africano o el judaísmo falasha».
Para Constancio, Etiopía y su versión de la iconografía y del arte litúrgico tiene «un punto exótico, precioso», que merece la pena dar a conocer con su referencia permanente a la lucha contra unos demonios que pueden ser ángeles caídos, djins o duendes malignos o las almas de los antepasados que no encuentran consuelo. El montaje definitivo de esta sala ha obligado a posponer para próximos años la exposición temporal que acompaña hasta ahora la inauguración de las temporadas estivales pero el museo es mucho más que la colección etíope y, aborda con idéntico afán pedagógico y de acercamiento a través del conocimiento, otras escuelas y otros modos de vivir un arte ortodoxo que parece inmutable pero que presenta múltiples facetas y significados.
Merece la pena dejarse guiar por sus salas de la mano de Constancio o de su esposa Itziar Vázquez, cuyas doctas explicaciones permiten contextualizar y disfrutar plenamente de lo expuesto en las paredes y vitrinas de las salas. En el orden de visita recomendado, la primera de estas salas permite apreciar el contraste entre la forma de entender el arte religioso en Oriente y en Occidente, mientras que la segunda se centra en las generalidades del arte ortodoxo, en la –a menudo inexistente- diferencia entre arte o artesanía o en la profundización sobre la importancia que tienen los iconos en la devoción popular y en la explicación teológica del mundo. La tercera de las salas se centra en el mundo bizantino, en los iconos de los talleres monásticos y en los iconos populares y en la cuarta la exposición aborda el mundo eslavo y la renovación de la iconografía, aunque también alberga varios iconos antiguos y una representación del de Katzán, el de las mujeres, de gran veneración en esta parte de Europa.
En la quinta, un monumental iconostasio de factura reciente –realizado siguiendo los modelos clásicos- preside el recinto y propone al espectador una reflexión sobre el contraste entre los iconos y los retablos. Además, entre otro elementos más que remarcables, exhibe una interesante copia occidentalizada fechable en el siglo XVI del icono de Santa María la Mayor, la patrona de Roma «ciudad –apunta Constancio- que conserva una inimaginable cantidad de iconos de gran calidad y de remarcable devoción popular». El espacio expositivo aún cuenta con otra sala que comunica el oratorio con el torreón y en la que está expuestos iconos, cruces, sellos, anillos y otros elementos artísticos y litúrgicos de Siria y Armenia y en la destaca la especial presencia de San Jorge «cuya devoción es universal».
Son espacios creados para dar a conocer la enorme diversidad existente bajo ese paraguas genérico de “arte ortodoxo”. Un paseo por las salas de este museo permite descubrir, por ejemplo, que el proceso de elaboración de un icono guarda siempre una tradición inmutable a modas y a artistas aunque las diferentes escuelas marcan distintos caminos de aproximación a este objetivo.
«La perspectiva invertida o falta de perspectiva, la rareza o irrealidad o desproporción en los iconos quiere hacernos mirar hacia las gentes que no suelen dar la talla de nuestras expectativas, metafóricamente “desproporcionados”, para que reconozcamos en ellos el icono preferente de Dios», sostienen el director del museo señalando que cada icono forma parte de un proceso de realización artística con un alto valor simbólico para su ejecutante porque va a ser considerado posteriormente como un instrumento de oración por los fieles. Por eso, el arte ortodoxo se permite pocas veleidades a la hora de plantear el hecho artístico y ahí radica, básicamente, el punto de inflexión, de ruptura, con el arte religioso occidental.
Partiendo de un modelo estable, delimitado tras los movimientos iconoclastas que asolaron el imperio bizantino en los siglos VII y VIII de nuestra era, la iconografía planteó un patrón, unas reglas y unos modos de acercarse a la ejecución de una tabla que se han mantenido prácticamente inmutables hasta nuestros días. Entiéndase bien: a lo largo de estos 1400 años sí han existido escuelas, modas y usos diferentes, como queda patente en este museo grausino, pero todas las obras mantienen una cierta idea y las técnicas y conceptos que se utilizaron entonces son perfectamente válidos en el arte ortodoxo de este siglo XXI.
Apunta Itziar que este museo no tiene vocación multitudinaria. «Por el santuario de la Virgen de la Peña –comenta- no se han visto, y creo que no se verán, multitudes, no soñamos con parecernos al de Montserrat o al del Rocío, pero las personas que nos visitan facilitan la cercanía o el “cara a cara” tan propio de los iconos, cuyos protagonistas jamás aparecen de perfil».
Veintiún años después de su puesta en marcha, un recorrido por este interesante espacio expositivo supone, aparte de una enriquecedora experiencia de descubrimiento artístico, una profundización cultural en una manera de entender el arte religioso alejada de los cánones occidentales pero de la que éstos han bebido durante siglos para configurar su propia esencia.
La exposición permanente abierta en este Museo de Iconos grausino asume, además, el afán de sus impulsores de ir contando con una pequeña Biblioteca especializada que complemente las instalaciones de su Centro Ecuménico. Los estudiosos y las personas interesadas en el mundo del cristianismo oriental y en tender lazos de unión entre dos concepciones religiosas que tienen muchos más elementos en común que planteamientos diferenciadores pueden así obtener una amplia documentación. La colección bibliográfica que se está reuniendo se centra en el mundo de los Santos Iconos pero, también, en aquellas obras que tienden lazos en favor de la paz y la unidad de las iglesias cristianas, un objetivo que, siempre manteniendo la gratuidad de todas sus propuestas, se complementa con la organización y celebración de jornadas veraniegas con algunos de los más importantes teólogos, numerosas conferencias y diversas exposiciones temporales específicas.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.