Tormentas de recuerdos

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Mi época favorita del año en España es el verano, los días se hace interminables, el ánimo de la gente mejora, las chicas estrenan sus ligeros vestidos y cualquier noche es «noche de cañas».

Al estar lejos de casa me asaltan los recuerdos de mis veranos en Barbastro: imágenes de la piscina «del Sancho Ramirez» como yo le llamaba, donde disfrutábamos de las tardes en familia y al salir pasábamos por casa de mis abuelos donde nos esperaba grandes vasos de leche merengada, lo que supuso que el aroma a canela y limón infusionados quedaran identificado en mi memoria con mi sonriente abuela.

Más adelante, aparecen memorias de noches en las que salíamos al «banco de ñamñam» a hablar durante horas, contar historietas y pasar los calores veraniegos. Increíble como pasaban el tiempo sin necesidad de la «play» o «youtube». Y es que, el que más, tenía un «alcatel one touch». Después de esas largas charlas, las noches acababan yendo a las 4 de la mañana al horno de la panadería El Pilar a buscar napolitanas recién salidas del horno. No he probada napolitanas mejores.

En México DF no existe esa montaña rusa emocional alentada por los cambios de temperatura. El clima es increíblemente estable, en invierno las temperaturas mínimas solo bajan de los 10º en enero y febrero y durante todo el año, en las horas centrales del día, las temperaturas llegan hasta los 26-27º.

Paradójicamente, el verano es sinónimo de lluvias, de mayo a noviembre si estás por el DF es muy aconsejable llevar paraguas, aunque la mañana augure un día soleado el avance del día con toda probabilidad traerá grandes nubarrones. Las nubes se van formando a lo largo del día cuando el sol empieza a calentar el suelo y el aire caliente y húmedo asciende, por la tarde el cielo se cubre y sobre las 6 o las 7 cuando vas a salir de la oficina comienzan los típicos tormentones veraniegos acompañados de rayos y truenos.

Es entonces cuando el tráfico del DF se torna más caótico, las alcantarillas se taponan y las calles se convierten en ríos, de repente te descubres a ti mismo atrapado por la lluvia, refugiado en una marquesina de la avenida de Reforma esperando que afloje. Y te das cuenta que estás a primeros de agosto y seguramente tus amigos están comenzando a tomar los primeros vinos de la noche antes de los conciertos.

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