La salvaje agresión sufrida por la Giganta Filandera, una obra de Ana Béjar creada este pasado verano para completar el sendero escultórico de la emblemática Fontaneta de Ayerbe y que en los escasos meses transcurridos ha sufrido hasta cinco agresiones, nos hace salir a la tribuna pública para denunciar un lamentable estado de cosas que al parecer está pasando de recurrente a endémico.
Esta actuación vandálica se suma a otras sufridas en un tiempo no tan pretérito, por más que la pandemia alargue los plazos de la memoria. Solo hay que recordar el destrozo del reloj de la estación, repuesto muy recientemente gracias a las gestiones realizadas desde esta asociación, la anterior agresión y el espolio sufrido por la instalación escultórica denominada Ayerbe Puerta del Reino de los Mallos en la plaza Baja de la villa, cuya reproducción de la Virgen de Casbas, copatrona de la población, hubo de ser restaurada por tres veces, hasta que la autora se dio finalmente por vencida, dejándola tal como muestra la imagen adjunta.
Más reciente ha sido el ataque sufrido por la obra que estaba culminando la también escultora Sandrine Reynaud, destinada a homenajear al mundo de la Micología carnicraba. Sin olvidar, como nos recuerda la misma Ana Béjar, las agresiones sufridas anteriormente por su Dama de Ayerbe o el abandono de los cuatro monumentales artesanos tallados en piedra que duermen el sueño de los justos desde 2005 en un almacén municipal, donde han sido indignamente graffiteados y alguno hasta ha perdido la nariz.
Sumados todos estos incidentes y otros que pasan más desapercibidos, resulta sangrante que estas obras realizadas con talento, cariño y esfuerzo por sus creadoras, pagadas con dinero público y pensadas para embellecer el entorno en el que convivimos, sufran ataques tan ignominiosos ante la aparente indiferencia general y la inoperancia de las autoridades, quienes aducen falta de testigos para llevar a cabo una investigación al respecto. Como si los delitos requiriesen de testigos presenciales para ser investigados y en su caso resueltos.
Este penoso incidente refleja algo de mayor calado y profundidad, como es la cesante conciencia ciudadana sobre la importancia de defender el bien común, nuestro patrimonio más valioso. Fenómeno que igual se refleja en la escasa reivindicación de buenos servicios bancarios para nuestros mayores, una eficiente comunicación a través del ferrocarril que atraviesa el territorio, la renovación de nuestras vetustas carreteras o la defensa de obras de arte destinadas a hacer más hermosa y atractiva esta villa, a la que tan orgullosos nos sentimos de pertenecer.
Mientras los ciudadanos miremos para otro lado, los agresores del común camparán a sus anchas convencidos de disfrutar de impunidad, resignándonos a concluir que nada que se haga en nombre de la belleza puede perdurar en Ayerbe.
Son ya demasiadas agresiones a un patrimonio artístico, pero también cultural y hasta religioso, vilipendiado por una bárbara minoría que está dejando injustamente en mal lugar la trabajada fama de villa amante del progreso que ha alcanzado Ayerbe en sus ya largos siglos de historia.
Una lamentable situación que quienes detentan la autoridad en nombre de todos deberían ser capaces de corregir.























