COLABORACIÓN || Olga Asensio
Cada día debería ser una aventura, de esas que acaban bien. Cuando nos levantamos, generalmente antes de lo que nos gustaría, ni siquiera pensamos que podría serlo. Programados desde el instante en que, al abrir los ojos (a ser posible a la vez) se pone en marcha nuestra cabecita para ejecutar, como autómatas, nuestra puesta a punto para que el mundo «nos vea» (que importante nos parece la exposición pública inmediata). A partir de esa premisa conseguimos, con prisas, llegar ¿a todo? ¿y qué es ese todo? Hacer bien el trabajo, compaginar lo exterior con lo íntimo, atender las necesidades ajenas, y con un poco de suerte, las propias. Pero, maldito Tiempo -con mayúscula- que pasa fugaz: tal y como concede el día, también impone la noche.
Hay una forma de no caer en esa apresurada monotonía que impide ser consciente de la maravilla que es Vivir -también con mayúscula-. Quizá hay más formas, pero esta es la más rentable, tanto económica como emocionalmente.
Juguemos a descartar opciones: no es un sofá (pero sirve), tampoco un dispositivo electrónico (pero es una opción), no pienses en un viaje (pero podrías vivirlo) o en una buena siesta (puede provocarla). Si quieres soñar debes probarlo, si quieres sentir debes llevarlo entre manos, si quieres compartir tendrás la mejor compañía, si quieres reír-llorar porque es de lo más saludable no dejes de hacerlo cada día: LEE -con mayúsculas-.






















