La tradicional entrega del “Papelón” pone un final festivo en Graus a un complicado curso escolar

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Sin ánimo de controversia, no hay una ceremonia más singular en Aragón para conmemorar el fin de curso escolar que la entrega del “Papelón” con el que, desde hace casi un siglo, los grausinos agradecen a su convecinos más jóvenes la dedicación y el esfuerzo en los meses anteriores. Un atadijo de papel que envuelve un tesoro de galletas y chucherías que tiene para los escolares tanto valor en lo material, por su dulce y sabroso contenido, como simbólico, como refrendo de la llegada de las ansiadas vacaciones, y cuya ceremonia de entrega es recordada por todos los habitantes de la villa ribagorzana –sin excepción- como uno de los momentos más mágicos de sus años de infancia.
Muchos grausinos se llevan una sorpresa cuando, al establecer contacto con otras personas de fura del municipio, comprueban, incrédulos, que esto del “Papelón” es algo exclusivo del pueblo. Así lo reconoce, por ejemplo, Sergio Olivera, un joven treintañero que nunca se había planteado que lo del “Papelón” fuera algo excepcional hasta que sacó el tema con amigos de otros sitios «que fliparon cuando se enteraron del tema».
Este año han sido 352 papelones repletos de dulces los que se han repartido entre los alumnos de la Escuela Infantil -46- y los 306 del colegio público “Joaquín Costa” de la localidad en unos actos con menor trascendencia pública que otros años –al no poder asistir los padres y familiares por lo de las limitaciones sanitarias-, pero con idéntica carga emotiva que todas las ceremonias precedentes. La alcaldesa y muchos de los concejales del consistorio no se quisieron perder este viernes este “Papelón” que ha puesto punto y final a un curso convulso y complicado pero que aquí, como en la práctica totalidad de Ribagorza, ha discurrido con muchos menos incidentes sanitarios de los que se temían a comienzos de septiembre.
El director del colegio grausino, Alfonso Alés, reconoce esa complicación derivada de todo el operativo para afrontar la pandemia «especialmente a nivel de planificación», pero también subraya que el discurrir de este período lectivo 2020-21 «ha sido mucho menos extremo de lo que se esperaba».
«En general, el curso ha ido bastante bien; tuvimos que cerrar un aula, lo que causó un cierto revuelo, y también contamos con algunos alumnos y profesores afectados en distintos momentos pero, siguiendo los protocolos establecidos que han funcionado muy bien, las situaciones de crisis se solventaron sin más problemas», sostiene el director del colegio, muy satisfecho también de la «implicación y responsabilidad» mostrada por los alumnos de todas las edades.
No todo ha sido idílico en estos últimos nueve meses; las dificultades de planificación ya comentadas, el rompecabezas permanente para cuadrar unos espacios que se tenían que adaptar a las necesidades docentes y a los requisitos sanitarios, los problemas que tuvieron en muchos momentos los profesores para coordinarse o, simplemente, reunirse en grupo para intercambiar experiencias y pareceres, el propio proceso de acostumbramiento de toda la comunidad escolar a las nuevas medidas…, todo formará parte en un futuro de ese anecdotario que, para bien y para mal, va a acompañar el recuerdo de estos largos meses de pandemia.
También en la Escuela Infantil “Ninins” hacen un balance «muy positivo» de este curso en el que, como recuerda su directora Ana Cabria, fue necesario cerrar en dos ocasiones un aula «por contagios externos que no se tradujeron en contagios internos». La seguridad sanitaria, lo confirma su compañera Belinda Gil, ha ido venciendo poco a poco la reticencia de muchas familias lo que ha permitido que a lo largo del curso se haya incrementado «de manera significativa» la matrícula al ver los padres cómo iban evolucionando –sin problemas significativos- los acontecimientos. «Al final –comenta Gil-, las familias han estado muy satisfechas en un curso que ha sido muy complicado, que se ha llevado bastante mejor de lo que preveíamos y que nos ha permitido desarrollarnos mucho a nivel organizativo».
Una tradición especialmente querida
La del Papelón es una de las más queridas –y más mágicas y singulares- de las tradiciones que se conservan en una población que tiene un especial apego a su legado patrimonial y que preserva como pocas en Aragón las costumbres de sus mayores.
En este caso, la tradición del papelón se remonta al primer tercio del pasado siglo, cuando se empezó a repartir un atadijo repleto de deliciosas galletas entre los estudiantes más jóvenes como una manera de agradecerles su desempeño durante el curso escolar. Y fue especialmente importante tras la guerra civil, en las décadas de los cuarenta, los cincuenta y los sesenta, cuando las pastas y dulces que encerraba el envoltorio suponían un gran regalo para los más pequeños por la escasa disponibilidad que había de ellos en la España de entonces.
Luego, los dulces han sido ya habituales en las dietas españolas, pero, aún así, el papelón sigue manteniendo su aura mágica entre los grausinos más jóvenes que hacen de este día una de las jornadas más inolvidables de toda su etapa escolar.

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