OPINIÓN || Agustín Vidaller
Ey, tío, si no lo aguantas hazte chamán. ¿Lo recuerdan? Lo de nacer dos veces y todo eso. Sé lo que responderán: que de sus siete vidas han gastado ya no dos, sino tres o cuatro por lo menos. Un accidente de carretera, un cáncer curado por los pelos, el hijo muerto, el infierno de las drogas. También, mala suerte en las vaquillas, la mala educación de un marido celoso, la resurrección de Ciudadanos, diez gatillazos seguidos, la coz de un unicornio, el Real Zaragoza en 2ª B, enamorarse de Tamara Falcó, Hacienda somos todos… No, nadie monopoliza el sufrimiento. Frente a tal evidencia me quedo sin argumentos. Todo habrá de ser, por tanto, un nuevo y lamentable ejercicio de sofística.
La sofística es un juego de manos, una charlatanería en donde lo verdadero y lo falso no cuenta, porque el sofista se embosca y se embosca en una oratoria razonada e incluso razonable a base de palabros. Lo que se pretende es estar a la última y gozar de un piquito de oro.
Lo cierto ( y aquí empieza el sofisma) es que desde hace dos siglos el chamán en Occidente es otra cosa. El cultivo de lo irracional en las siete artes hace pensar eso. La sordera de Goya y las pinturas negras, Van Gogh o la genialidad a cambio de una oreja, la sífilis terminal del filósofo Nietzsche y su “Dios ha muerto”. Un aire de mala suerte parece haberse posado sobre la creatividad, hasta originar una moda.
Pero no saquen la lagrimita aún; a fin de cuentas esta gente se lo buscó, y eso es lo que los distingue de los demás. La mayoría solemos cruzarnos con nuestra particular temporada en el Infierno como quien no quiere la cosa; aquellos otros salen deliberadamente a su encuentro.
Como dijo el filósofo, yo soy yo y mi circunstancia. Un santo o un mártir son ellos a pesar de la suya. Actualmente los héroes se han vuelto laicos, pero eso no les libra de su crucifixión. ¿El resultado? Bueno, siempre se puede hacer girar la tuerca una vez más.






















