COLABORACIÓN || MARTA ARMINGOL
Hace años acudí a la concentración convocada por el Observatorio Feminista de los Monegros el 8 de marzo. Al salir de casa, envié un mensaje a mi pareja para decirle adónde había ido, y olvidé, o quise olvidar, decirle que viniera. Que ese también era su sitio. En la plaza estábamos un puñado de mujeres, algún hombre y unas pocas chicas jóvenes que leyeron un emotivo manifiesto, y aplaudimos. ¿Dónde estaban las personas que conocía y que sabía que podían compartir este sentimiento con nosotras? De regreso a casa, añoré que la plaza no hubiera resonado como el primer día de fiesta.
Supongo que esas personas no estaban o no vinieron porque no lo consideraron importante. O tal vez porque prefirieron no significarse, ya que en el entorno rural este tipo de actos siempre acaban reñidos con lo correcto, con lo que se debe y lo que no. Sus ausencias me han acompañado años después, cuando yo misma me convertí en una de ellas, y no dejo de preguntarme: ¿Qué no hemos hecho bien? Nada, me digo cuando me siento optimista y pienso en mis amigos y amigas que coeducan a sus hijos e hijas, comparten responsabilidades y siembran la semilla para que un mundo mejor germine en los Monegros.
El problema es que el pesimismo me invade con mayor frecuencia. Siento que nada cambia, que todo está estático, incluso que retrocede. Y quiero salir a las calles y gritar como Simone de Beauvoir: “No olvidemos jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”. Parar a jóvenes y viejos, a hombres y mujeres, para convencerlos de que el próximo 8M se planten en la plaza de su pueblo y que no vayan solos, que se lleven a sus amigos, a las vecinas, a su padre, a su hermana. Y cuando duden, decirles que sí, que el 8M es feminismo. Que es la lucha por una sociedad más justa. Una sociedad que nos represente a todas y todos.






















