El trabajo con un buen día en la playa de Murillo ha sido de Preparación de las nabatas trabajando en la placha de Murillo de Gállego: adobar la madera, preparar las mortesas y remallar la sarga, preparar los barreros que hacen de soporte para unir los maderos, y atando estos entre sí con los berdugos para formar los trampos. 

Se han atado ya tres trampos de los cinco necesarios.

Mucho turista y muchos participantes en descensos de rafting del río Gállego han podido contemplar este trabajo artesanal.

Mañana domingo se continuará con el trabajo de la segunda nabata.

El próximo sábado se continuará aguando las nabatas y uniendo los trampos para que esté todo preparado para el XIX Descenso del domingo 23 de abril.

Tal como cuenta el historiador, Severino Pallaruelo, durante muchos siglos los vecinos de Murillo de Gállego, de Santolaria y de otros pueblos próximos se dedicaron a transportar madera flotando por las aguas del río. Los troncos procedían de los bosques de las sierras pirenaicas más meridionales. Se cortaban durante el invierno y luego eran transportados por pequeños riachuelos o por barrancos hasta al río Gállego. Allí bajaban flotando sueltos hasta Murillo donde, una vez sobrepasada la tremenda Foz de La Peña, podían ser atados formando almadías o nabatas que bajaban hasta Zaragoza o continuaban por el Ebro hacia destinos más lejanos.

En la capital aragonesa, la madera, conforme iba llegando al Ebro, se sacaba del agua y se disponía para su venta en las eras próximas al río. Allí debía competir con la que venía a la ciudad, en carros, desde Biel, y con la que bajaba por el Ebro después de haber llegado a este río por el Aragón. Entre ésta también había bastante que provenía de San Juan de la Peña, de Oroel y de las selvas de se extendían entre los dos montes.

En efecto: por el Gállego salía la madera de la vertiente meridional de ambas montañas y de los extensos bosques que crecían al sur de las dos peñas, pero la madera de las laderas septentrionales y la del valle de Atarés se conducía con bueyes hasta el río Aragón, donde eran atados los troncos para formar almadías en el ligadero de Santa Cruciella, junto al pueblo de Santa Cilia.

 El viaje fluvial por el Aragón era más largo y más costoso. Por el Gállego se llegaba a Zaragoza -desde Murillo- en dos días. Por el Aragón se necesitaban seis o siete días. En el Gállego se pagaban derechos de peaje y azutaje, pero no se cruzaba aduana alguna. En el Aragón, además de pagar peaje y azutaje, se debían entregar los derechos aduaneros que reclamaba Navarra y varios onerosos tributos que exigían los nobles navarros por cuyos señoríos pasaba el río.

 Los árboles talados en las selvas de Oroel, de San Juan de la Peña y de los montes próximos, bajaron a Zaragoza, e incluso a Tortosa, por el río hasta comienzos del siglo XX, cuando se construyó el ferrocarril de Canfranc que enlazaba la capital aragonesa con Jaca. El vapor de las locomotoras y el silbido del gigante, capaz de transportar miles de troncos a Zaragoza en pocas horas, señalaron la agonía del viejo oficio almadiero. Luego se perdió el topónimo ligadero: ya no había junto al río troncos para ligar. También se perdió la memoria del oficio: casi ningún vecino de Murillo y de Santolaria recuerda que sus antepasados se ganaron la vida conduciendo troncos por el río Gállego, ahora cortado por varias presas y amenazado por nuevos embalses.

 

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