Se aceptan voluntades

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COLABORACIÓN || Agustín Vidaller

En los africanos Montes de la Luna he visto nacer las aguas que más al norte hacen posible Egipto. Mucho más allá he pisado las Siete Ciudades de Cíbola vacías de su oro legendario. De todo eso hace mucho tiempo. Ahora soy viejo, es decir, de entre los pocos que me escuchen nadie me creerá. Lo cierto es que llevo veinte años cultivando la mentira, o al menos, la ficción.

Toda civilización precisa de mentiras, cuánto más un individuo, que es un mundo en sí. La mentira tiene que ver con la piedad, y el caso es que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Frente a mi flaqueza, a mi inercia, a mi tedio, el embuste es lo único que me ha hecho partir.

Ya alguna vez he hablado de la siconáutica. Me plagiaré, por tanto, luego seré breve: siconáutica es el viaje mental al cual uno se somete no con la finalidad de hallarse en otra parte, sino de no estar en ésta. No hay contradicción alguna para un pueblerino cuyos conocimientos planetarios se reducen a los atlas universales. Como en el sueño del opio, se trata de perder pie, de acceder al vacío. Entre tal riesgo y la resignación propia de otros más sensatos aldeanos, me quedo con el vértigo de la imaginación, ésa que viene siendo mi patria. España queda a un lado, como antiguo ruedo en el que cierta pusilanimidad me privó de espacio habitable.

Qué diré pues de Huesca, ese naufragio de mi misticismo. Hubo en nuestra provincia un desierto celebrado por los mapas y una noble serie de montañas raramente holladas. Los actuales regadíos (a los que por lo demás debo mis estudios y, ahora, mi pensión) acabaron con el primero; el turismo masivo con las segundas. Hará poco más de medio siglo que Huesca es fea. Es el destino de todo sitio fascinado por el Progreso. El nuestro es un lugar donde no estar.

Aclararé que están ustedes hablando con un implacable romántico. También, que solamente los diez mil dólares prometidos me han movido a escribir para una tan localista publicación. Reconocerán al menos que si se quiere dejar una impresión no hay otro remedio que llevar la contraria. Y qué gusto da.

Reconocerán al menos que si se quiere dejar una impresión no hay otro remedio que llevar la contraria. Y qué gusto da.

 

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