Por Irene Díaz Bello.
Como cada domingo, Lola yacía junto al Caballito de la Lonja. Amaba ese lugar. Sólo una fachada separaba los turistas, hambrientos de fotos y frutas de Aragón, de su lugar de fantasía. Soñaba con galopar aquel corcel y conquistar las cimas de la princesa Pirene. Dando un respiro al libro de Óscar Sipán, alzó la mirada. Enfrente, Manuel. En el puente de Piedra, custodiado por dos leones, sus dos voces: amor contra cordura. Ahí se encontraba él, en el centro de sus dos mitades, tan virtuoso como siempre. Mirándolo, Lola gritó en silencio: “Cruza a mi mundo, caballero testarudo. Abandona el tuyo de mentiras de piedra”.

Manuel caminaba deprisa. Pasos decididos. Sus piernas de gigante  dejaban sin tregua al suelo empedrado del centro de la ciudad. A la altura del puente, el río Ebro tarareó un tema de Charles Aznavour y la vió. “¿Qué leerá?”, se preguntó. Sólo Lola despertaba al egiptólogo que un día vivió en él, para así, lograr comprender, cada uno de los jeroglíficos que ella escondía. “Podrías comprar palomitas y sentarte a su lado” dijo uno de los leones. “La vida no son caballos alados ni tardes de lectura” dijo el otro. Manuel la admiró a lo lejos y pensó aquello que jamás le diría. Castigando su destino siguió caminando, impertérrito, haciendo de sus vidas dos líneas paralelas.

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